Don Alberto, el Prometeo de El Tisey
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A Miguel Ángel Buonarroti, el techo combo de la Capilla Sixtina le limitaba el espacio. Don Alberto Gutiérrez Jirón es dueño de toda la luz del horizonte, que en trazos y figuras esculpe y pinta en la montaña de El Jalacate |
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Mario Fulvio Espinosa
Sobre la noble cabeza de don Alberto está el cielo profundo y azul por donde pasan, sin preocuparse del tiempo y la distancia, nubes blancas que forman figuras fantásticas que esperan ser interpretadas por los niños y los poetas.
Sin embargo, allá en su finca El Jalacate, dentro de la Reserva Natural de El Tisey, los ojos azules de don Alberto Gutiérrez Jirón han interpretado las figuras míticas de la cúpula del cielo y las ha esculpido en su montaña para recreación del visitante.
La blanca y noble cabeza, el color de los ojos y la humildad de su trato nos hacen recordar al poeta Alfonso Cortés, y también imaginar que este poeta del mazo y del cincel posee una “Ventana”, más amplia que la de Alfonso, pero que igual, en su pequeñez relativa, tiene mayor intensidad que todo el cielo.
Las referencias que me dieron de usted dicen que es casi un anacoreta que vive apartado del mundanal ruido.
Casi es así, pero no tanto. Lo que pasa es que yo era muy bueno para el licor, entonces para dejar un vicio hay que empeñarse en hacer una labor. A través de mi trabajo en la montaña me he olvidado del guaro, quiero, además, que exista un recuerdo mejor de mi vida. El guaro sólo deja perjuicios, enemistades y problemas, lo único que no he podido dejar es el cigarrillo.
¿Dónde nació usted?
En esta finca El Jalacate, de aquí fueron mis abuelos, mis tatarabuelos, de aquí soy yo y tambien mis hijos. Mi papá era el de apellido Gutiérrez, mi mamá se llamaba Antonia Rocha Jirón, aquí sigue viviendo toda la familia, somos cinco hermanos y tres hembras, ellas se llaman María Isabel, Rutilia y Cándida, los varones son Pedro Pablo, Oliver, Pablo Antonio y yo.
¿Dónde aprendió a esculpir y a dibujar?
Eso es sacado mío. Comencé a ir a la escuela cuando tenía once años, la escuela era aquí nomás en La Tijera. El profesor nos explicaba algo pero la juventud de ese tiempo no ponía aprecio, era raro el que ponía aprecio a lo que decía el profesor, yo sí ponía algo de aprecio, se me quedaba lo que explicaba, así fui comenzando a hacer dibujos en tuquitos de cartón porque no tenía cuadernos, pero comenzaron a llegar las pizarras y los pizarrines de piedra, con eso yo comencé a hacer mis dibujitos, pero luego ya no seguimos en la escuela, pero algo se me quedó para estos tiempos en que ya estoy viejo.
Nos invita a recorrer su Capilla Sixtina y desde las alturas parece un Prometeo divino que arrebata fuego del cielo para entregarlo a la emoción estética de los seres humanos.
Se queja de los humanos depredadores al decir: “Cuando yo era pequeño éste era un bosque más o menos bonito, había bastante madera, palizadas coposas y grandes, ahora sólo retoños han quedado, pero hay que estimar esos retoñitos que vienen para arriba para que vuelva a surgir el bosque hermoso que nos dejaron los abuelos, Camilo Gutiérrez y Catalina Jirón.

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