Elevar calidad de la política
Silvio Méndez-Navarrete
El PPresidente del BID, don Enrique Iglesias comentó en París: “La razón porque América Latina no resuelve el problema de la pobreza es debido a la debilidad de sus sistemas políticos. La ausencia de una base institucional democrática ha recortado la capacidad de resolución a las necesidades de los ciudadanos”.
Los países en desarrollo en el escenario de la globalización y la consolidación democrática, deben reestructurar los estándares éticos de la política y sus líderes, lo que afecta severamente la ética y moral de la comunidad. El compromiso de nuestros líderes consiste en elevar la calidad de la política y regresarle la majestad de su ejercicio. Como decía Kant: “La verdadera política, no puede dar un paso sin rendirle tributo a la moral”.
La consolidación de la democracia debe girar alrededor de la ética, valores y cultura. La ética con la política constituye un imperativo dentro de la democracia, hacer de esto un hábito es una tarea gigantesca de transformación cultural. Los valores del ejercicio democrático que fomenten cohesión social, deben estar sustentados por hábitos de comportamiento, comunes a políticos, funcionarios públicos, ciudadanos y empresarios.
El círculo vicioso de los grandes intereses económicos financiando la política con el fin de poner en marcha políticas que no perjudiquen sus intereses, seguirá ampliando desigualdad de oportunidades que marca el desarrollo de nuestros países. En este intercambio, la única que sale perdiendo es la democracia.
Las contribuciones del sector privado no pueden ser “inversiones financieras” políticas; esto contribuye a pervertir el sistema. La democracia no debe ser mercado bursátil de lo político, no se trata de trueque donde los grupos de interés tienen algo que comprar a los políticos que tienen algo que vender. En un escenario como el mencionado, los mercaderes de la política serán los que impondrán en las decisiones públicas, desvirtuando así la razón de ser del Estado.
Elemento indispensable del problema es la situación cada día más lastimosa de los partidos políticos; apariciones de partidos durante las campañas electorales convertidos en visiones fantasmales lejanas de la ciudadanía, la incapacidad de orientar el país hacia nuevos rumbos de consistencia ideológica y de definiciones pragmáticas, su minúsculo nivel de estructuras internas, su alejamiento de la sociedad civil y ausencia del debate público aún en la arena parlamentaria, definen su condición de cadáveres insepultos de nuestra democracia.
Partidos políticos débiles nunca logran autonomía de los grandes intereses económicos, éstos continuarán siendo hipotecados y excluidos de la deliberación pública. Si no fueran instrumentos devaluados de la máquina electoral, dispondríamos de herramientas efectivas para la obtención del interés público desde escenarios más democráticos. Los partidos políticos legítimos son la base de congresos legítimos, su función legislativa, representativa y fiscalizadora tiene una relación proporcional directa con el peso específico del partido en el congreso. De otra forma, los partidos continuarán errando y los congresos periféricamente al margen de un auténtico consenso democrático.
La deserción, el desencanto y repudio hacia la política lleva a lo que Daniel Zovatto ha caracterizado como “la política bajo sospecha”, una presunción de culpabilidad hacia los políticos, que estigmatizan la profesión que los griegos llamaban “el arte del bien común”. Superar este problema tan oneroso implica una transformación cultural que va más allá del esfuerzo de una generación y sobrepasa una simple reforma normativa.
Esta tendencia constituye un campanazo a quienes pretenden romper con la apatía ciudadana que hoy hiere de muerte al sistema político democrático, es un mensaje de alerta urgente de construir ciudadanía. Sin ética ciudadana en función de intereses comunitarios no se saldrá de esta crisis de legitimidad, confianza y representación que acaban nuestros sistemas políticos.
Falta mucho por recorrer en la campaña de educación cívica y valores democráticos, capacitación de los partidos y fortalecimiento institucional de organizaciones de la sociedad civil trabajando en este campo. Se debe de emprender una labor en materia de regulación de la financiación política, una adecuada combinación integral con marcos legales efectivos, instituciones de control capaces, partidos políticos fuertes, participación activa de la sociedad civil y vigilancia permanente por los medios de comunicación, será propicio para prevenir y sancionar prácticas hasta hoy fecha, aceptadas.
Aún no estamos vacunados contra el autoritarismo ni contra las tentaciones del corporativismo. Democracias intermitentes que nos quieren hacer creer que a veces hay que salvar la democracia destruyéndola, se asoman a algunos de nuestros países, donde pretenden destruirla para después reconstruirla. Hay que contestarles con el más grande antídoto: ¡más democracia!
El autor es candidato PhD Ciencias Políticas

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