Editorial
Son más los demócratas
A pesar del recurrente recurso de la fuerza y la violencia por parte de algunos sectores, como por ejemplo los activistas universitarios, la mayoría de los nicaragüenses son partidarios de la democracia.
En efecto, eso es lo que se deduce de los resultados de la última encuesta de la firma nicaragüense M&R Consultores, que presentó LA PRENSA la semana pasada, en la que el 85.2 por ciento de los ciudadanos consultados expresó que el caudillo liberal Arnoldo Alemán “por (el) bien de la democracia debe retirarse y dar paso a nuevos líderes”; y el 84.1 por ciento dice lo mismo con respecto al cacique sandinista Daniel Ortega. O sea que la mayor parte de los nicaragüenses rechaza el caciquismo y el caudillismo político, que son esencialmente vicios anti-democráticos de la política nacional.
Por otro lado, la información de la mencionada encuesta de M&R corrige, al menos en lo que se refiere a Nicaragua, las conclusiones de un estudio que hizo recientemente el PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo) que se conoció a fines de abril pasado, y según el cual en todos los países latinoamericanos a la mayoría de las personas no les importa la democracia, pues “más de la mitad de la gente, un 54.7 por ciento, apoyaría a un gobierno autoritario si resuelve los problemas económicos”.
Al respecto el columnista del periódico estadounidense en español El Nuevo Herald, Andrés Oppenheimer, escribió que esos datos fueron rectificados por la firma Latino-barómetro, que hizo la encuesta para el estudio del PNUD. “Estoy sorprendida de que el PNUD pareciera querer mostrar que los latinoamericanos son más autoritarios de lo que realmente son”, citó Oppenheimer a Marta Lagos, directora de Latino-barómetro, en la edición de El Nuevo Herald del jueves 13 de mayo. Y agregó que “de acuerdo con Lagos, la verdadera cifra de latinoamericanos que dijeron que apoyarían a un gobierno autoritario si les resolviera sus problemas económicos es 50 por ciento”, y no el 55 por ciento respectivamente que aseguró el reporte del PNUD a fines de abril pasado.
Como sea, en el caso de Nicaragua es alentador saber que la mayor parte de la gente confía en que el sistema democrático de gobierno es mejor que el autoritarismo, a pesar de la mala administración de la democracia y de todos los desmanes que se han hecho en la administración del Estado desde 1990, precisamente por las perversiones del caciquismo de derecha e izquierda. Y sobre todo, pese a que el sistema democrático de gobierno todavía no ha resuelto los grandes problemas sociales y económicos de la gente, como lo esperaban muchos nicaragüenses cuando comenzó el proceso de democratización, hace 14 años.
En realidad, la democracia es un sistema de gobierno —basado en la elección libre de los gobernantes, la alternancia en el poder, el pluralismo político, el respeto a los derechos humanos y el ejercicio de las garantías ciudadanas, la existencia de una prensa libre, la participación de los ciudadanos, la descentralización del funcionamiento del Estado—, no un programa y mucho menos una panacea (o sea un remedio milagroso) para resolver todos los problemas económicos y sociales de las personas y la nación.
Lo que sí representa la democracia es el marco político más apropiado para resolver de manera efectiva y rápida —en las condiciones inigualables de la libertad y los derechos individuales—, los diversos problemas materiales de la gente.
Sin embargo, las apropiadas condiciones que ofrece la democracia para impulsar el crecimiento de la economía y resolver los problemas socio-económicos de la gente, no actúan de manera espontánea e inevitable sino que pueden ser aprovechadas o desperdiciadas por las personas que gobiernan. Y esto último es lo que ha ocurrido en Nicaragua, debido a la corrupción y la perversión de la ley, la justicia y las instituciones; y por la incapacidad de quienes han administrado y usufructuado —como gobierno y como oposición— la democracia desde 1990 hasta ahora.
Los nicaragüenses en su mayoría conocen muy bien lo que significan los gobiernos autoritarios de derecha e izquierda. Seguramente por eso es que siguen confiando en la democracia y esperando que surjan, para llevarlos al poder, políticos verdaderamente honestos, capaces y eficientes.

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