Golpes en la mesa
Compromisos de “furulla”
Alberto L. Alemán Aguirre
Con su decisión de “retirarse temporalmente” de la Corte Centroamericana de Justicia, Honduras acaba de dar otro golpe a la integración, aunque su decisión merece respeto por ser soberana.
Los mismos magistrados de la CCJ reconocen que el anuncio afecta negativamente la imagen de la Corte.
En principio, todo parece indicar que la causa inmediata de la decisión tomada por el Gobierno del presidente Ricardo Maduro tiene que ver con una demanda de un diputado suplente parlacénico contra el Estado hondureño. El tribunal emplazó al mandatario a responder a la demanda, hecho que muy poco debió agradarle.
Es un asunto legal complejo.
En ciertos círculos políticos se especula que lo que hay de por medio es una estrategia catracha para desacreditar al alto tribunal, antes del fallo de la Corte Internacional de Justicia en la disputa con Nicaragua. Se trataría de demostrar que el tribunal es inefectivo.
Hay que ver más allá. Lo que vemos no es sino una evidencia más de las deficiencias de la integración centroamericana.
Una integración que nació y fue forjada como una construcción mental noble, pero que fue firmada como si se iba de compras a un supermercado.
Los países firmaron el Protocolo de Tegucigalpa, el tratado constitutivo, pero lo hicieron con reservas en varios aspectos.
Sí compro jabón, detergente, pan y queso. Compro esta camiseta porque me gusta, pero aquel pantalón está feo y no me lo llevo. Sí firmo pero no acepto estos aspectos comerciales o aduaneros; mandaré delegados al Parlacen pero sus decisiones no me obligarán; crearemos una Corte Centroamericana de Justicia pero no ratificaré su estatuto, ni la integraré.
Hasta hoy, solamente magistrados de El Salvador, Honduras y Nicaragua participan en la CCJ. Si bien los demás miembros del Sistema de Integración Centroamericana están –en teoría– bajo su jurisdicción, es inimaginable en este momento que Costa Rica vaya a tomar en serio incorporarse a este tribunal. Tampoco Guatemala o Panamá han incorporado magistrados.
El asunto evidencia las marrullas de la cultura política centroamericana, de la divergencia entre palabras y hechos.
Excelentemente lo resume el filósofo Alejandro Serrano Caldera: Se dice lo que no se hace y se hace lo que no se dice.
La CCJ ordenó a Honduras no ratificar el Tratado Ramírez-López que cercena 130 mil km 2 de nuestra plataforma continental y nuestro vecino incumplió. Ordenó a Nicaragua suprimir el impuesto a los productos hondureños y aunque nuestro país ya lo hizo, no fue de inmediato. Hago caso cuando me conviene, y cuando no, no.
Triste es constatar que si hay un renovado empuje integrador, responde éste más que a nuestra comprensión de las bondades del proceso, a las presiones de la globalización y de poderosos bloques. La Unión Europea exige sine qua non para un TLC, echar a andar una unión aduanera que no sea de mentiritas.
El modelo de integración más avanzado del mundo es el de Europa, pero evidentemente el nuestro no podrá ir por ese camino. ¿Dónde están esos países ricos que empujarán a los demás? ¿cederán los centroamericanos pedazos reales de su soberanía a órganos comunitarios?
Hay que repensar la integración, definir qué es lo que queremos, hasta dónde llegaremos, y, desde luego cumplir con los compromisos; no solamente, para decirlo en buen nica, “jugar furulla”.

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