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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 8 DE MAYO DE 2004
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Vuelta al pasado

.Reflexiones de la presentación del libro Nicaragua: entre el patrimonialismo de los Somoza y la corrupción de Alemán

Eduardo Marenco Tercero *

La reflexión de fondo, de éste mi primer libro, es cuál es el sentido de la historia. ¿Cíclica? ¿Lineal? ¿Hay un eterno retorno de lo mismo?

En Nicaragua, por lo visto, el presente está lleno de pasado, el espíritu de los muertos anida en el alma de los vivos, pero no debido a una condena divina, sino por la decisión de los hombres y mujeres que hacemos la historia, porque no hemos aprendido a superar nuestro pasado y muchos han aspirado a repetirlo.

Arnoldo Alemán y sus principales asesores son un ejemplo de ello. Han querido imitar al viejo Somoza. Pero si Somoza García fue una tragedia para Nicaragua, Alemán ha sido una farsa.

Somoza García fue un sultán. El erario era su hacienda privada. Las ganancias del ferrocarril, sus ganancias. Cada gira presidencial era una gira para comprar tierras, como después lo serían para Alemán, quien no pudo con el ferrocarril porque ya no existía.

Con Somoza no había ciudadanos, sólo súbditos y mercenarios en el sentido que le da Max Weber. Organizó un Estado premoderno, la administración pública era su patrimonio personal, el país mismo lo era, y al igual que Trujillo, cuya megalomanía le llevó a ponerle su nombre a todo el país, Somoza imprimió el billete de córdoba con el retrato de su hija, su fotografía se erigió en la imagen misma de la Patria, no había una oficina pública donde el omnipresente no asomara, vigilante de las lealtades a muerte, dueño de las almas, del futuro y del pasado, gracias a la plata que repartía, o gracias al terror impuesto a sangre y fuego.

La fortuna que acompañó a Somoza viejo fue ser un hijo dilecto del Tío Sam, hijo de puta le llamaron, pero nuestro hijo de puta, aclaraban; y su fortuna también fue contar con un cuerpo armado que le servía para restaurar el orden o provocar el caos, conforme a lo que resultara conveniente.

Fue Somoza un gamonal, una suerte de patrón nacional. Un caudillo tradicional con un sentido agrario de la riqueza y sería su hijo, Somoza Debayle, quien años después, encontraría en la banca una oportunidad distinta de amasar dinero.

Alemán fue un hombre de clase media en la época somocista, un abogado dedicado a gestionar licencias, un parrandero de cantina, un modesto cafetalero, y muy en el fondo, un trepador.

Encarcelado en cierto momento en los años ochenta, encontró en la Unión Nacional Opositora su oportunidad de oro, sacando del paso al ingeniero Agustín Jarquín, quien —ironía del destino— sería su más acérrimo cazador.

Una vez se hizo alcalde, organizó al Partido Liberal Constitucionalista (PLC), pero no con la identidad que le dio don Ramiro Sacasa, más bien, convirtiéndolo en una nueva versión del viejo Partido Liberal Nacionalista, el partido de Somoza, con su Hermosa Soberana y el 11 de julio incluido.

Alemán encontró su caldo de cultivo en el antisandinismo, que lo llevó a la Presidencia, y desde allí, quiso imitar a quien consideraba su modelo por geófago, según un íntimo ex asesor, y comenzó a comprar aquí y allá, tierras, ganado, y de pronto, cada gira presidencial era una gira de compras, como lo era para el viejo Somoza.

Y a los empleados públicos les tocó aportar el cinco por ciento del salario para el partido, como también lo exigía Somoza, y la oposición, en este caso el Frente Sandinista, derivó en una nueva versión del zancudismo, siendo el pacto político Alemán-Ortega una imitación de los pactos libero-conservadores.

Justamente, Donatella de Lla Porta, en su libro Democracia y Corrupción, muestra cómo en Italia y en Japón, la ausencia de una verdadera fuerza de oposición aparece como el factor decisivo para que ocurran los actos de corrupción pública, pues los pactos de connivencia entre los dos principales partidos permiten repartirse prebendas y puestos en el Estado.

Alemán, sin embargo, gracias a Byron Jerez, ese genio del mal, tuvo oportunidad de orquestar un método financiero fabuloso para saquear al Estado, con operaciones que hasta el sol de hoy, aún nos dejan aturdidos por asombrosas.

Sin embargo, Alemán era hijo de otra época, post Guerra Fría, y Nicaragua ya no era el sultanato de Somoza, el país contaba con cierto marco institucional que él habría de corromper, no tenía el favor de las fuerzas armadas, el presidente electo de su propio partido se le salió de las manos, perdió mayoría en la Asamblea Nacional, y en un error de cálculo, se convirtió en rehén del FSLN.

De manera que nuestra historia presente se llenó de pasado, y parafraseando El 18 Brumario, volvieron las viejas fechas, los viejos nombres, los viejos edictos, los viejos esbirros, que parecían haberse podrido desde mucho tiempo antes.

Pero si lo uno había sido una tragedia, lo otro no era más que una farsa.

Sirva este mi primer libro para recordarlo, porque como dice el doctor Alejandro Serrano Caldera, la historia no se olvida. La historia se supera.

*Periodista  
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Vuelta al pasado