VIERNES 7 DE MAYO DEL 2004 / EDICION No. 23,442 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




Y Además...
La mujer de César

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Luis Sánchez Sancho

Un amigo lector me pidió escribir sobre el origen de la muy conocida expresión acerca de que la mujer de César no sólo debe ser honesta, sino que también tiene que parecerlo, que se usa para indicar que la persona además de ser honrada también debe aparentarlo.

La famosa frase sobre la mujer de César se deriva de una anécdota narrada por el célebre historiador griego, Plutarco, en su Vida de Julio César.

Resulta que un revoltoso caudillo que vivió en tiempos de la última república romana, llamado Publio Claudio Pulcro, se enamoró perdidamente de Pompeya, la mujer de Cayo Julio César, el poderoso gobernante que pertenecía a dos de las familias más nobles de Roma, los Julio y los César. Pero Claudio no podía ni siquiera acercarse a la hermosa y virtuosa Pompeya, de manera que para llegar hasta ella y confesarle su amor ideó una arriesgada estratagema.

Pompeya, como casi todas las matronas romanas, rendía culto a la diosa feminista Bona Dea (Buena Diosa) en cuyas fiestas anuales, que se celebraban a principios de diciembre, no estaba permitido participar a los hombres, sólo a las mujeres.

La celebración principal de Bona Dea se hacía de noche, una vez al año, en el palacio del primer magistrado de Roma, a donde acudían las vírgenes vestales y se arreglaba el lugar con toda clase de flores y plantas, menos de mirto. Según la leyenda, Bona Dea era hija del dios Fauno, quien se enamoró de ella y quiso poseerla sexualmente. Pero como la hija se resistió al deseo de su desenfrenado padre, éste se enfureció y la flageló con ramas de mirto, luego se transformó en serpiente y pudo de ese modo poseerla.

Otra versión de la leyenda de Bona Dea indica que ella no era la hija sino la esposa de Fauno, y tenía fama de ser una dama virtuosa y casta; hasta que un día ella encontró una jarra de vino, lo bebió y se emborrachó, provocando la ira de su esposo que la golpeó con varas de mirto hasta matarla. Pero después de matarla Fauno se llenó de remordimiento y la divinizó, e instituyó su culto para rendir homenaje a la virtuosidad femenina.

Según la leyenda, la prohibición de hombres en el culto a Bona Dea era tan rigurosa que el mismo Hércules quiso participar y no le fue permitido. Entonces, para desquitarse, el héroe instituyó las ceremonias del Ara Máxima en las que prohibió la participación de mujeres.

Pues bien, siendo Julio César el gobernante de Roma la celebración principal de la fiesta de Bona Dea se hacía en su residencia. Entonces, en una de las celebraciones Publio Claudio Pulcro se disfrazó de mujer y entró al palacio de César para poder acercarse a Pompeya.

El osado enamorado fue descubierto por las mismas mujeres y denunciado a los guardias que cuidaban el palacio, pero pudo escapar. Sin embargo, Julio César, quien era un hombre de principios y costumbres muy estrictas, a pesar de que estaba claro de que su esposa no tenía culpa del hecho fraguado y protagonizado por Claudio, sin embargo la repudió públicamente y fue entonces que expresó la frase que el historiador Plutarco haría famosa y proverbial al recogerla en su obra: “A la mujer de César no le basta con ser honrada, sino que, además, tiene que parecerlo”.

O sea que las apariencias son tan importantes como las realidades, igual que las formas deben corresponder siempre a los contenidos.
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