La lucidez de Saramago
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 | Ensayo sobre la lucidez, polémico, no cuestiona los dogmas religiosos pero sí las democracias parlamentarias |
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Pablo Gámez*
“Es aberrante la condena a la democracia que usted hace. Soy un fiel lector de sus libros, pero en Ensayo sobre la lucidez usted abre la puerta a la amargura”. Las palabras de Miguel Veiga, abogado y militante del portugués Partido Social Demócrata (PSD), cayeron como un silencio de noche en el recinto de Oporto. José Saramago le respondió: “Los sótanos de los regímenes democráticos también están llenos de esqueletos”. Un tanto empedrada, la voz de Saramago empieza a dominar el claustro. Veiga le replica: “Su libro despierta mitos caducos”. Saramago toma las lanzas, las arroja: “No he escrito un libro en el que se defiende y se llame a ejercer el voto en blanco. Solamente planteo que debemos prepararnos porque eso puede suceder algún día”. Sepa una cosa, habla Saramago: “Cuanto más viejo, me siento más libre y cuanto más libre, más radical”.
Meses antes de que el libro empezara a circular por las librerías de Portugal, España y Latinoamérica, incansablemente José Saramago venía advirtiendo que Ensayo sobre la lucidez(Alfaguara) provocaría un conflicto mayor al suscitado con su novela El evangelio según Jesucristo.
Dicha polémica aconteció en 1992 y tuvo como resultado la enemistad entre Saramago y las autoridades políticas de su país. Antonio Sousa Lara, entonces subsecretario de Estado, había dado la orden de retirar la novela de Saramago de la candidatura al Premio Literario Europeo. Las autoridades portuguesas habían entendido que El evangelio según Jesucristo era un insulto a la moral de los cristianos.
Entonces el Nobel portugués decidió abandonar su país e instalarse en Lanzarote, en el archipiélago español de Canarias. Ha pasado más de una década, pero el conflicto con su país ha sido superado recientemente gracias a que el primer ministro de Portugal condenara públicamente las discriminaciones sufridas en el pasado por Saramago a causa de sus opciones individuales.
No obstante, el Nobel portugués sabe ahora que la piedra que arroja con Ensayo sobre la lucidez arruga, una vez más, la quieta lisura del agua. Su nueva novela no se aventura por las movedizas arenas de los dogmas religiosos: sí lo hace por las no menos conflictivas dimensiones del cuestionamiento de las democracias parlamentarias, de los políticos, del funcionamiento de los medios de comunicación y de los periodistas.
Como si el propio autor fuera repartiendo las semillas de la “polémica y el diablo”, Saramago se preocupó por arar la tierra de la crítica y fue preparándose ante el ataque de las clases políticas. Conocemos ahora la razón: los comentarios de Miguel Veiga resumen el debate que se despierta en torno a la nueva novela del Nobel portugués. Son voces que lo acusan de ser un viejo comunista que se arroja el derecho de cuestionar el sistema político occidental. Saramago les responde: “Si mis críticas no sirven porque están contaminadas por el pasado, mejor no perdamos el tiempo con ellas”.
Ensayo sobre la lucidez comienza con unas elecciones municipales, cuyo resultado causa la sorpresa del Ejecutivo, que decide tomar unas medidas que sólo al principio son legales y democráticas. La eleccción es eliminada al constantarse que un 70 por ciento de los electores votaron en blanco. Se convoca a una segunda jornada. El 83 por ciento de los electores vuelve a votar en blanco. Al reflexionar sobre la razón del resultado, las autoridades políticas imponen el estado de sitio y deciden construir un muro para aislar a los conspiradores. A partir de ese momento, Saramago extiende los hilos de la trama para crear un seductor juego de poder que lo llevará a reflexionar sobre temas medulares, como la manipulación ejercida por los medios de comunicación social hasta el extremo de un atentado organizado por el propio gobierno en el metro de la capital.
Junto con las críticas a los sistemas políticos occidentales, el voto en blanco es el personaje de la nueva novela de José Saramago. El lector no tardará en descubrir que Ensayo sobre la lucidez es un verdadero alegato contra una democracia que su autor considera herida de muerte. La asfixia del sistema hace del voto en blanco el único mecanismo popular capaz de articularse en señal de protesta.
Durante su gira por Portugal, José Saramago explicó que “el voto en blanco goza de buena salud y es de tremenda importancia. Si actualmente su valor es tan destacado, más lo será el día de mañana. La otra cosa fundamental de entender es la razón de que las personas se inclinen o decidan a votar de esa forma. ¿Lo harían porque están deseosas de que haya otro partido, o porque consideran que lo que tienen ya no sirve?”
Si Saramago despertó una noche, al filo de la madruga, imaginando la idea y el título de su nueva novela, lo que su sueño le regaló fue una devastadora realidad aún no asumida por ninguna de las democracias occidentales. Un breve repaso lo demuestra: las últimas elecciones en Perú, donde el voto en blanco fue el protagonista. En Francia, incluso, existe un partido que reclama este voto. Los Países Bajos tampoco son la excepción. La última jornada electoral en Argentina tampoco salió inmune al fenómeno. El caso más reciente e importante fue el de España, donde el pasado marzo votaron más de 600 mil personas en blanco.
Saramago: “Son algunos ejemplos. Resulta imposible cerrar los ojos e ignorar lo que está sucediendo. El voto en blanco es más que una realidad. Es la forma en que una gran masa de ciudadanos está expresando su descontento frente al sistema político que tiene. Mi libro no pretende hacerle propaganda a esta expresión, pero se trata de una opción plenamente democrática que tienen los pueblos para liberarse de sus políticos”.
Lo cual, admite Saramago, tampoco implica un cambio de sistema. ¿Por qué? Que sea el Nobel quien lo explique: “El poder real está en otro lado. Fundamentalmente en el poder económico, que como todos sabemos no es democrático. La cuestión fundamental en el poder es saber quién lo tiene, cómo llegó a él y para qué o para quiénes lo usa”.
Reflexiona Saramago: “Los gobiernos que nosotros elegimos no son más que los comisarios políticos del poder económico y financiero. ¿Qué hacemos nosotros, los ciudadanos? Hay una elección, quitamos a un gobierno y dejamos que otro asuma. Final: no cambia nada, porque al poder real no llegamos. El problema es que yo no tengo voto en la vida de las multinacionales. Y las multinacionales tampoco se presentan a las elecciones. Sería divertido, eso sí. Imagínese a Coca-Cola o Microsoft haciendo campaña. Diciendo ¡miren, señores, les presentamos a nuestros candidatos! Pero no lo hacen porque no lo necesitan”.
Ensayo sobre la lucidez es una propuesta de radicalidad y cumpliendo, a sus 81 años, con una agotadora agenda que lo ha llevado a lo largo y ancho de tierras lusas, Saramago ha querido ir desgranando los secretos y motivos de su nuevo libro. Ahora desembarca en España para cumplir con un programa no menos ligero. Le esperan ciclos de presentaciones, conferencias y entrevistas. Sin embargo, el autor sabe que la presentación de su nuevo libro en este país no puede ser más oportuna.
En definitiva, lo que el lector encontrará en la nueva obra de José Saramago es una novela y no un ensayo. Una novela que despedaza las fibras del poder de un estado y su forma de actuar. No una novela sobre una añeja melancolía. Es una novela que cuestiona, desde su inicio hasta el final, el corazón de nuestro sistema político.
Ensayo sobre la lucidez termina por cerrar el ciclo de las últimas novelas de Saramago, las cuales enseñan cómo la desbocada aceleración de la modernidad ha conducido al hombre a una velocidad de liberación tal que nos hemos salido de la esfera referencial de lo real y de la historia. Ese montaje superficial y sin sentido del mundo es el que compone el grito de denuncia del Nobel portugués. Grito desesperado, quizá, ante la miopía que pesa sobre el debate intelectual; grito desesperado, también, ante la cómoda y perezosa abulia que pesa sobre los políticos.
En definitiva, Ensayo sobre la lucidez constituye una brillante provocación intelectual. Su autor no ha dejado nervadura sin castigar y con esta novela vuelve a romper los hielos de una época de pura nada, de lasitud e indiferencia.
*Redactor de Argot –In 
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