“La pasión” y la Santa Misa
Lucía César de Boehmer
Desde que se abrieron los cines para presentar la película La pasión de Cristo, se han expresado diferentes opiniones. La mayoría de las personas que han visto la película salieron en silencio, unos llorando, otros tocados, algunos consternados y en fin una experiencia nunca jamás vista. Entre los grupos que han llenado las diferentes salas de los cines hubo uno de la secundaria de un colegio católico, y personas que estuvieron presentes dicen que no se oyó ni el ruido de una mosca pues estos muchachos y muchachas estaban también viviendo lo que han vivido infinidad de personas.
Dios se vale de toda ocasión para llevar a la conversión a sus hijos y ésta es una de ellas, ya que nos hemos dado cuenta a través de testimonios cómo las personas han tenido una experiencia con Jesús, ese Jesús que han visto anonadado y ensangrentado hasta lo último.
Es importante sin embargo, meternos un poco más adentro de lo que contiene la pasión del Señor para salir afuera de las imágenes con algo en la mano que nos lleve a un cambio de vida.
“Nos ha trasladado Dios al reino de su Hijo querido, por cuya Sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados (Col 1, 13-14)
Redimir significa liberar por medio de un rescate. Redimir a un cautivo era pagar un rescate por él, para devolverle la libertad. “Os aseguro —son palabras de Jesucristo (Jn 8, 34) — “que quien comete pecado es esclavo del pecado”. Nosotros, después del pecado original estábamos como en una cárcel, éramos esclavos del pecado y del demonio, y no podíamos alcanzar el Cielo. Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, pagó el rescate con su sangre, derramada en la cruz. Satisfizo sobreabundantemente la deuda contraída por Adán al cometer el pecado original y la de todos los pecados personales cometidos por los hombres que se habrían de cometer hasta el fin de los tiempos. Es nuestro Redentor y su obra se llama redención y liberación, pues verdaderamente Él nos ha ganado la libertad de hijos de Dios.
Sólo existe un mal verdadero, que hemos de temer y rechazar con la gracia de Dios: el pecado; ésa es la esclavitud más honda, es la única desgracia para toda la humanidad y para cada hombre en concreto. Los demás males físicos —como el dolor, la enfermedad, el cansancio—, si se llevan por Cristo, se convierten en verdaderos tesoros para el hombre. Ésta es la mayor revolución obrada por Cristo, que sólo se puede entender en la oración, con la luz que da la fe.
El sacrificio de la misa y el sacrificio de la cruz son uno mismo. En la misa es ofrecido a Dios Padre el mismo Jesús que se ofreció en la Cruz. Pero se ofrece de un modo distinto, ya que en la cruz hubo derramamiento de sangre, y en el altar se sacrifica sin derramamiento de sangre y se anonada místicamente por el ministerio del sacerdote.
De esta forma, el sacrificio de la misa es sustancialmente el mismo de la cruz, en cuanto que el propio Jesucristo que se ofreció en la cruz es el que se ofrece por manos de los sacerdotes, sus ministros, sobre nuestros altares. La santa misa “no es una pura y simple conmemoración de la pasión y muerte de Jesucristo, sino un sacrificio propio y verdadero, por el que el Sumo Sacerdote (Jesucristo), mediante su inmolación incruenta, repite lo que una vez hizo en la cruz, ofreciéndose enteramente al Padre como víctima gratísima”. (Pío XII, Enc. Mediator Dei)
Siendo el sacrificio de la misa el mismo sacrificio del calvario, sus fines son también idénticos. En la cruz se efectuó un sacrificio de alabanza a Dios. Del mismo modo, en la santa misa “los miembros se unen en el sacrificio eucarístico a su cabeza divina, y con Él, con los ángeles y los arcángeles, cantan a Dios perennes alabanzas, dando al Padre Omnipotente todo honor y gloria.
Tiene también un fin eucarístico, puesto que solamente Jesucristo, Hijo predilecto del Padre, pudo dar gracias con pleno conocimiento del amor del Padre hacia los hombres. Existe otro fin en la misa que es expiatorio y propiciatorio por nuestros pecados. Sólo el Señor pudo satisfacer de verdad a Dios Padre por los pecados de los hombres.
El cuarto fin de la misa es la impetración: acudiendo al sacrificio del altar, los hombres pueden obtener la mediación de Jesucristo, cuya petición en la cruz fue escuchada con agrado por el Padre y ahora, en el cielo, está siempre vivo para interceder por nosotros (Heb. 7, 25)
La misa es el acontecimiento más importante que cada día sucede en la humanidad. La misa celebrada por el más sencillo de los sacerdotes, en el lugar más recóndito, es lo más grande que en ese momento está sucediendo sobre la tierra. Aunque no asista ni una sola persona. Es el centro de toda la vida cristiana, y es el mejor momento para pedir tantas cosas como necesitamos, y para dar gracias por tantos beneficio que recibimos, así como para pedir perdón por tantos pecados y faltas de amor a Dios.
Quien asiste a misa todos los días de su vida, vive a diario, esa unión con Cristo y aprende a vivir con la fortaleza que imprime en el alma la eucaristía.
La autora es esposa y madre de familia.

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