La Revolución vista desde arriba
Franklin Caldera fcalderp@bellsouth.net
“La Revolución Perdida”, conclusión de las memorias de Ernesto Cardenal, es una visión idealizada de la revolución sandinista, enfocada desde ese edén rojinegro que fue para él y tantos otros poetas, el Ministerio de Cultura.
Cardenal nos habla de una revolución con economía mixta, pluripartidista, sin alineamiento a ningún bloque de poder y con libertad de prensa (p. 557). No aclara que tales principios (en los que los sandinistas no han creído nunca) formaban parte del llamado “proyecto táctico”, alrededor del cual se aglutinaron todas las fuerzas antisomocistas; el cual fue siendo sustituido tras la toma del poder por el “proyecto estratégico” (el famoso “documento de las 72 horas”), hegemónico y excluyente (la función de estos dos proyectos es fundamental para comprender la revolución sandinista. Sergio Ramírez la explica detenidamente en sus memorias. Cardenal se hace el sueco)
Muchos jóvenes o extranjeros no podrán saber, leyendo este libro, que la economía mixta sandinista fue una versión extrema del modelo populista: una relación incómoda del área estatal y la privada, en la que el Estado, mediante leyes y decretos draconianos y confiscaciones generalizadas, hizo todo por impedir el funcionamiento de la libre empresa y acabar con ella.
Tampoco sabrán que el supuesto pluripartidismo se redujo a fomentar la división de todos los partidos, para crear partidos paralelos afectos al sandinismo y proyectar una imagen de pluralismo hacia el exterior. La teología de la liberación, que ocupa un largo capítulo, fue utilizada igualmente para promover una Iglesia paralela promarxista, con el propósito de captar a la población católica.
Con respecto a la libertad de expresión, recordemos que el Diario LA PRENSA (que había apoyado al sandinismo en sus momentos más difíciles), al igual que los pocos medios opositores que lograron subsistir por un tiempo, fue objeto de censura, ataques físicos en sus instalaciones y cierres continuos.
De haberse respetado el proyecto táctico, se hubiera evitado el exilio masivo y la crisis económica (cuyos síntomas aparecieron en los primeros años de revolución: inflación galopante y escasez de divisas, medicinas y productos de uso diario); y el fenómeno de “la Contra”, cuyo origen fueron las bandas de ex guardias somocistas que huyeron antes de ser encarcelados (Cardenal da la cifra de 7,500 guardias enjuiciados), no se hubiera convertido en esa guerra multifocal (indígenas, campesinos, opositores y ex-sandinistas) que Estados Unidos aprovechó en su beneficio.
Pero el proyecto táctico sólo se pudo haber afianzado mediante una solución negociada de la crisis de los setenta. Una vez puestos en marcha los resortes de la insurrección, el destino de Nicaragua estaba marcado. Somoza, por su negativa de abandonar el poder, fue el principal aliado de la solución violenta. La victoria militar hizo que el Frente Sandinista, en palabras del mismo Cardenal, “no tuviera que negociar nada con nadie” y se impusiera como “el dueño absoluto de todo el poder” (p. 305)
Lo que Cardenal llama “errores” de la revolución: excesiva burocratización, prepotencia, arbitrariedades, dogmatismo y conductas autoritarias (p. 571), son las características de todo sistema fundamentado en el marxismo-leninismo, base ideológica del mencionado proyecto estratégico. Si el mismo no se llevó a sus últimas consecuencias fue porque la coyuntura internacional se tornó adversa.
Cardenal destaca los puntos positivos de la revolución (campaña de alfabetización, democratización de la cultura, protagonismo de las clases populares, campañas de vacunación), pero oculta sus aspectos más siniestros, que anularon el efecto positivo de todo lo bueno que se hizo o se pudo haber hecho. No hay una sola mención de las llamadas (por Daniel Ortega) “turbas divinas” que agredían a los grupos ajenos al sandinismo (sindicalistas independientes, dirigentes opositores, periodistas, empresarios, activistas de derechos humanos)
El libro narra la visita de Tomás Borge y la cantante de protesta Joan Báez a una cárcel. Allí Borge liberó de pronto a un preso, lo que la cantante percibió mal porque “así como (los sandinistas) liberaban con mucha facilidad, podían poner preso con mucha facilidad”, lo que describe con precisión el carácter arbitrario del poder revolucionario que creó un entorno sin “reglas del juego” (parte del cual eran las capturas nocturnas a las que se refirió recientemente el presidente Bolaños)
Sorprende la apología que hace Cardenal de la violencia. Pareciera que para él, el valor de un ser humano depende de su participación en acciones armadas revolucionarias. Incluso, exalta la participación de niños en la insurrección, como algo “maravilloso”.
El autor achaca la pérdida de la revolución a la llamada “piñata” (inscripción de bienes del Estado a nombre de los dirigentes “revolucionarios”) Pero la “piñata” no fue un brote de corrupción generado por la derrota electoral, sino la ratificación del usufructo de los bienes confiscados en nombre del pueblo, por parte de dichos dirigentes, a lo largo de toda la década.
Cardenal se revela como un hombre pagado de sí mismo y rencoroso. Contra los que no son santos de su devoción, emplea epítetos hiperbólicos: Miguel Obando y Bravo (sacerdote humilde y eminentemente post-conciliar) es “el archienemigo de la revolución”. Humberto Belli, activista católico, ex marxista y defensor de la economía de mercado, es “un fanático de derecha”. (Lo que Cardenal dice de PAC es inexcusable) Pero quienes encabezan su lista negra (parecida al infierno, pues quien entra allí ya no sale) son Su Santidad Juan Pablo II y Rosario Murillo, a la que, por rencillas personales, trata en forma tan despiadada que uno termina queriéndola de nuevo.
El autor es escritor.

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