Cosas Veredes Sancho Amigo
El viejo y festivo Ocotal de don Jorge Calderón
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“¿Que por dónde empezar la historia del Ocotal jacarandoso del siglo pasado? Muy sencillo mi amigo, tiene que ser allá por los años en que aparecieron por aquí ‘los inventos’, que así llamaban a un montón de tereques y cosas curiosas que dejaban a los ciudadanos con la boca abierta” |
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El poeta Jorge Calderón Gutiérrez.
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Mario Fulvio Espinosa
“Debo decirle mi amigo, que Ocotal es o fue la ciudad más culta de Nicaragua, el primero que trajo un piano fue mi papá, adoraba la música, mi papá trajo ese piano a hombros de hombres, porque no se podía traer a lomo de mulas, lo trajo de Honduras, era un Naumann y todavía está en la vieja casa de mi mamá, ella tocaba piano. Aquí había mucha gente que tocaba piano. A mí me pusieron a recibir clases desde los siete años con don Fernando Jarquín.
Después de venir el primero se proliferaron los pianos. Había piano en mi casa, piano al frente, donde las Salcedo, piano en la otra cuadra donde don Juan Marín, piano una cuadra más al sur donde don Nacho Macías, piano donde el doctor Sotomayor, piano donde Pastor Lobo, piano donde Gustavo Paguaga, piano aquí a la media cuadra donde María Asunción Paguaga que tocaba muy bien, piano donde Mariíta Elvir, piano donde don Cipriano Vílchez, piano donde el doctor Emilio Gutiérrez, piano donde Bertita Lovo... ¡Dios mío! En una ciudad tan pequeña de mil habitantes... ¡Tanto piano!”
Don Jorge Calderón ríe de buena gana y su risa resuena y tiene eco dentro de la extraña casa que se ha construido en la calle principal de Ocotal. Entrada de roca viva, puertas de doble ancho, pasillos recubiertos de piedra zopilota, vericuetos van, vericuetos vienen y al fin el estudio y la computadora del poeta.
LA “MUNDA” MURIÓ DE AMOR
El tema de los pianos apasiona a nuestro personaje. “¿Qué te parece?” En la otra esquina había un piano que era de las señoritas Escobar, ahí vivía doña Munda Escobar, quien murió acostada en una cama cuando el novio la abandonó. Fue una decisión trágica. Ella se acostó en la cama y no volvió a levantarse. Ahí languideció como la Niña de Guatemala de José Martí, falleció tras una larga agonía de tristeza. Doña Munda tocaba el arpa divinamente, yo alcancé a oír sus interpretaciones.
— Cuénteme algo más sobre la historia de doña Munda
— En esa esquina donde está ahora el Banco Confia, veinte varas después de mi casa, vivían las señoritas Escobar. Era una familia integrada con mujeres y ninguna dejó sucesión. Yo alcancé a recibir clases con doña Pancha Escobar y recuerdo que cuando me equivocaba en las lecciones me arrodillaba en arena con los brazos abiertos cargando en ambas manos pesados libros.
Alcancé a conocer la cama de la señorita Munda. Se encerró “de pena moral”, decía la gente. Lo cierto es que a la cama le llevaban la comida que ella rechazaba, se enfermó por su propia voluntad y por su voluntad también murió.
UN “INVENTO ESCATOLÓGICO
“Había mucha ingenuidad primitiva. Aquí la gente de aquellos años hacía sus necesidades en el solar, frente a un cajón lleno de olotes. Y las muchachas de mi tiempo, chavalas que ahora son honorables matronas, usaban semillas de mango humedecidas para mayor suavidad en la limpieza, y había reciprocidad de servicios entre ellas, porque siendo muy niño escuché, detrás de unos matorrales, a la Ángeles decirle a la Angelita: “Si vos me limpias el mío, te limpio el tuyo”... Inocencia pura, amigo mío, en la que no había ninguna maldad”.
“Mi primer encuentro con un ‘invento’ fue en la pulpería de mi tía Camila, donde fui a comprar café. Ahí estaba Alfonso Lovo Cordero, que fue triunviro al lado de Somoza Debayle y me va enseñando un rollo que yo jamás había visto en mi vida: ‘¡Miraaaaa jodidó! —me dice— ¡Miraaa el invento!’. ¿Y qué es eso? le pregunto, ¡Papel higiénico!
“Yo, Mario Fulvio, jamás había oído esa palabra. ¿Y para qué sirve? Le pregunto. “Para limpiarse el...”, me dice con toda la boconada, y yo llego a mi casa asombrado contando lo del invento. Mi papá no se quiso quedar atrás y encargó un rollo ahí nomás al Paraíso. Al principio nos daba una hojita a cada uno y uno tenía que ingeniárselas para salir bien librado del asunto.
LA LUZ QUE NUNCA LLEGÓ
“Ni idea teníamos de lo que era la luz eléctrica, nos alumbrábamos con bagazos de caña, leña y ramas de ocote. Un señor Ortez viajó una vez a Managua y se quedó maravillado al ver la luz eléctrica, la encendían a las 6:00 p.m. y la apagaban a las 10:00 p.m. Yo no había nacido todavía, pero me contaban mis abuelos que andando por el mercado el señor Ortez entró a una ferretería y vio una bujía con su “soquet” y su alambre, y compró las tres cosas. Regresó con el ‘invento’, lo colgó de una solera e invitó al vecindario a ver la novedad. “A mí no me pregunten cómo funciona —explicó—, pero verán que se enciende a las seis y se apaga a las diez”.
“Y la gente congregada, y ahí estaba mi tía abuela María, esperando. Dieron las seis y las siete y las ocho y aquello nunca encendió.
“Otra cosa, no había agua potable, pero creíamos tomar agua pura porque la pasábamos en los filtros de piedra de Mosonte. El agua se traía en burros desde Paso Real, le llamaban así porque en ese lugar se bañaba la esposa del alférez real, Isabel Bobadilla, la llevaban en andas sus esclavos.
“Pero bueno, como no había agua todo el mundo tenía un ‘portón’ ancho y grande para sus burros, con dos cojinillos hechos de latón a uno y otro lado, y cada quien tenía su ‘burrero’ que era el que conducía los burros que iba a cargar agua al río. Lo cierto es que una vez fui al río y encontré como a cien burreros bañándose y haciendo sus necesidades fisiológicas junto con los burros. Cargaban los cojinillos y decían: “Vitaminas para mi patrón” y creo que por eso los ocotaleanos tenían una salud a prueba de bombas y así por el estilo.
EL CARRO DE PASTOR EL “IMPAUTADO”
“Otro ‘invento’ lo trajo de Honduras don Pastor Lovo Vallecillo, era un carro desarmado, y trajo también de Honduras un experto para que lo armara, pero éste lo armó dentro de la casa y el carro no pudo salir por la puerta, tuvieron que derribar la pared y la gente cuando miraba pasar el carro por cada esquina gritaba: ¡Viva el carro! ¡Viva el carro!
La gente de bajo estrato cultural decía que eso era brujería, que cómo podía andar ese trasto sin que lo halasen un buey o un burro como hacíamos acá, de ahí corrió el cuento que don Pastor estaba ‘impautado’ que así le llamaban a los que hacían pacto con el diablo.
—¿Cómo eran las diferencias sociales en ese tiempo? ¿Se mezclaban con naturalidad los ricos con los pobres?
— Debes recordar que esta ciudad fue fundada por españoles igual que León y Granada. Aquí había rancia aristocracia. Eso no iba con mi papá que nos contó su historia. Junto con sus hermanos, él quedó huérfano de padre y madre y los crió la tía Mariquita. Ellos salían a vender por las calles del pueblo la cosa de horno y las golosinas que hacía la tía para la subsistencia de la familia. Así se criaron. Uno de sus hermanos, mi tío José, se hizo barbero; otro de corazón muy noble, se hizo zapatero, el otro entró a la Guardia Nacional como soldado raso y mi papá se fue a León y llegó a ser dependiente de la Casa Jader, con el tiempo lo habilitaron con mercadería en consignación y así pudo educar a sus hijos. Tenía mi padre una gran cultura, era autodidacta, leía mucho, sabía de teatro, cantaba, declamaba, y nos pudo educar a todos. Por ejemplo, el Hospital Roberto Calderón lleva el nombre de mi hermano mayor que desgraciadamente murió hace cinco años.
— ¿Y hubo muchas solteronas en este pueblo?
— Sí, se llamaban Hijas de María, vestían de blanco y, claro, mantenían el olor de castidad... Y de santidad. Eran muy buenas gente, yo alcancé a conocer, bastante nerviosa por cierto, a la Susanita Marín, hija de don Juan Marín. Velaba por las Hijas de María un sacerdote muy virtuoso que duró añales, el padre Madrigal, muy venerado por todo el mundo, era tan severo que había misa para varones y misa para mujeres, había puerta de entrada en la Iglesia para varones y puerta de entrada para mujeres. En ese entonces qué capaz que una mujer se atreviera a andar en bicicleta, o se pusiera pantalones.
—¿Y los sacristanes?
— Los sacristanes eran más bravos que el cura. Estaba don Braulio que tocaba las campanas a la hora que se le antojaba. Yo alcancé una regañina del padre Madrigal en 1951. En esa época publicaba la revista Cumbres y tenía una sección que se llamaba Aquí tijereteamos. En ella yo intentaba componer entuertos, por ejemplo, lo del “Peso del Coronel”, los juegos de dados, los estancos, etc.
—¿Quiénes eran los más famosos cuentacuentos de Ocotal?
— Yo tengo como una hermana mayor que vino a mi casa muy chavala, se llama Angelita Tercero, vino a la casa y aquí se crió.
Siendo chavala la Angelita nos hacía hacer una ronda bajo un palo de jocote que había en el patio, ahí estaban la Lucilita, la esposa del doctor Madrigal; la Aurita Calderón que era prima mía, Ángeles Gutiérrez, la Amparo Jarquín, la Teresita Lovo, la Nelly Jarquín, la Hazel Moncada, la María Luisa, que fue noviecita mía, montones de cipotes y cipotas.
Pues la Angelita nos ponía a todos agarrados de las manos, porque “la caristía” —decía— iba a venir. Ni sabía qué cosa era eso, pero decía que ya venía por Managua. Y nosotros con miedo, pensábamos que la tal “caristía” era algún monstruo y ella nos decía: “Agárrense muy duro, recen con los ojos cerrados para que no venga la “caristía” y den vueltas al jocote. Después agregaba: “La caristía dicen que ya viene por Estelí, sigan rezando. Los rezos aumentaban y casi llorábamos cuando la tal ‘caristía’ venía por Totogalpa, o cuando iba entrando al puente del Coco. Y nadie sabía, ni ella, en qué consistía la tal ‘caristía’”.
EN “GENERALANDIA”
“A nosotros nos llevaban a pasear a menudo por “La tierra de los generales”, que así le decían a Honduras donde todo mundo era “general”, comenta don Jorge.
“Un día conocimos a un general catracho, andaba de cotona blanca y con sus bandas de balas atravesadas en el pecho, muy fachento, pero descalzo y chapín”, concluye con ironía.
LOS CUATRO “PACO”
En Ocotal hubo grandes criadores de mulas y burros. Por ejemplo, aquí vivieron “los cuatro Francisco”, que eran Francisco López González, “El Tejero”; Francisco López Jarquín, “El Carretero”; Francisco López Montoya, “El Rezador”, porque nunca salía de la Iglesia; y un tal Francisco López “El General”, que era un raso que tiraba más ínfulas que balas porque andaba con un rifle.
UNA PUNTADA DEL PADRE MADRIGAL
Don Jorge Calderón Gutiérrez cuenta de cómo un día, por gajes del oficio, se metió en líos con el veneradísimo padre Madrigal, de Ocotal:
“Con referencia a los sacristanes, yo escribí preguntando: ‘Dígame monseñor: ¿Por qué hay domingos que repican campanas a las cinco para salir celebrando misa a las ocho?
Con eso tuvo monseñor. El domingo que voy a misa con mi mamá me dedicó todo el sermón. “Aquí ha aparecido —dijo—, un periodista, peiodiquista, periodicuchista, con una revistucha, revistista, revista, que pregunta porqué repicamos aquí a las cinco para salir celebrando misa a saber a qué horas. No pueden esperar al Señor el tal periodiquista, no pueden estar en comunión con Dios.
Pero —el Padre sabía de todo a través de las confesiones— para estar en la “Timochenko” ahí si no, ahí si puede pasar toda la madrugada, y ya no digamos donde la Carmen Moncada y cuidado se va para donde la Chepa Chacón. Y yo gozando porque el Padre mencionaba las cantinas que yo frecuentaba. Y cuando llegó el segundo número de Cumbres, me dice Juancito López que todavía vive: “Dice el Padre que no te olvidés de dedicarle otro párrafo”. Después nos hicimos buenos amigos.

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