DOMINGO 28 DE MARZO DEL 2004 / EDICION No. 23405 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




Sergio Caramagna: representante de la OEA en Nicaragua
“Nicaragua encontró la manera de digerir su dolor”

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. Después de quince años de estar vinculado a Nicaragua, primero como observador electoral, luego como pacificador y después como representante de la Organización de Estados Americanos (OEA), Sergio Caramagna se va a Colombia a ver cuánto de la experiencia nicaragüense sirve de algo al conflicto colombiano.

 

Eduardo Marenco Tercero

Sergio Caramagna está más viejo, siempre barbado, con menos ego de argentino y un abdomen más pronunciado. Está alistando sus maletas, descolgando cuadros de la oficina, haciendo un inventario de recuerdos.

Caramagna, quien dirigió durante cuatro años la Comisión de Apoyo y Verificación de la Organización de Estados Americanos (CIAV-OEA), se va del país luego de contribuir a la paz de Nicaragua, algo que le costó controversias, tensiones y enfrentamientos con el Ejército.

Va para Colombia, gracias a un mandato de la OEA, y así ve él sus años en Nicaragua.



—Los años que usted vivió acá fueron muy intensos. ¿Cuánto le cambiaron?

— Hubo muchos cambios en lo profesional y personal. Cuando uno se integra a un país como Nicaragua, con tantos problemas, pero también con tantos valores, si uno es capaz de entenderlo recoge experiencias extraordinarias, que nos enseñaron una mayor humildad, tómese en cuenta que lo está diciendo un argentino. Y recobrar la fe en el contacto y comunicación con la gente del campo, es uno de los cambios personales importantes. La experiencia nicaragüense es la primera de posconflicto después de la Guerra Fría, enseñó muchísimo pero también pagó un costo muy alto precisamente por no tener experiencias anteriores, pero el pueblo más humilde de este país nos ha dado una lección a todo el mundo. No olvidemos que después de Nicaragua vino El Salvador, y los salvadoreños aprendieron de la experiencia en Nicaragua, después de El Salvador vino Guatemala, y los guatemaltecos aprendieron de las dos experiencias. Y hoy en Colombia, los colombianos que creen en la paz, advierten y necesitan tener la perspectiva del proceso nicaragüense.



—Hubo momentos muy álgidos, tensos. ¿En algún momento llegó a peligrar su vida?

— Yo creo que tal vez sí. Pero estos temas se asumen o no se asumen. Estos desafíos deben asumirse integralmente. Lo complicado es cuando también lo asume la familia. Pero en Nicaragua siempre nosotros nos sentimos respaldados, nos sirvió de mucho no perder de vista el sentimiento de quienes sufrieron la guerra, verdaderos guías de este proceso, además contamos con personalidades extraordinarias como el cardenal Obando y doña Violeta.



—La relación de la misión con el Ejército fue tensa. ¿Se consideró que era una piedra en el zapato de las fuerzas armadas?

— La relación con el Ejército de Nicaragua pasó de complicada a buena, en una evolución positiva, de maduración de los dos lados, de aprendizaje, de salir de una etapa de desconfianza enorme, y de buscar la forma de superar hechos graves que ocurrieron en el posconflicto, creo que la oficialidad del Ejército fue madurando sobre esos temas y eso también contribuyó. Poco a poco se fue superando la relación difícil y compleja de los primeros tiempos.



—¿Llegaron a amenazarlo en alguna ocasión?

— Hubo hechos e incidentes propios de estos procesos. Hay que tomar en cuenta que los procesos de paz en el marco de una guerra civil, en un país tan polarizado, con intereses políticos muy marcados, difícilmente deja indemne a quien participa en la pacificación.



—¿Qué tipo de incidentes se presentaron?

— Los incidentes de la posguerra estuvieron vinculados a las denuncias —que eran una parte de nuestro mandato— relacionadas a homicidios a desmovilizados, con hechos graves que afectaron la vida de esas personas que en un momento determinado optaron por la desmovilización y lo hicieron en aras de que se garantizara su existencia, cuando esas cosas fueron vulneradas y se hicieron las denuncias correspondientes, eso trajo situaciones de tensión, muy serias en algunos casos, pero lo importante es que Nicaragua fue encontrando el camino de la desmovilización.



—Una denuncia importante fue el caso de La Marañosa. El día de hoy ¿qué podemos concluir? ¿Fue una masacre? ¿Fue una celada del Ejército?

— Este... Hubo casos importantes, duros, dolorosos, yo no quisiera particularizar en ninguno de ellos porque han pasado unos cuantos años, se ha cimentado en gran medida, creo incluso que institucionalmente no se han vuelto a repetir esos hechos, y para muchos debe ser una enorme enseñanza. Pero sí, uno de esos casos fue La Marañosa y otros casos anteriores, y yo creo que la enseñanza mayor de Nicaragua fue haber asumido un proceso de paz, sin que públicamente hubiera una comisión de la verdad. Nicaragua fue encontrando la manera de digerir el dolor, sobre todo en las poblaciones más afectadas por ese conflicto y eso debe ser motivo de análisis y estudio. Lo doloroso es que Nicaragua, por inexperiencia de todos, de nosotros inclusive, debió pagar un precio importante, en términos de pacificación.



—En los tiempos de mayor intensidad, allá por el año 1995, cuando se daba la transición del Ejército, llegó un momento en que a usted lo acusaban de ser de la CIA. ¿Cómo tomaba esos señalamientos?

— Hubo distintos calificativos, o éramos miembros de la Central de Inteligencia norteamericana o en algún momento se nos dijo que éramos miembros de la dictadura militar argentina que veníamos acá a identificarnos con un determinado sector. Pero no es lo más importante recordar esos hechos, en una sociedad tan polarizada, venir a trabajar es embarrarse los zapatos, salpicarse con muchas cosas, y a veces el material que te salpica es noble, es el barro, y a veces te salpican otros materiales no tan nobles, y hay que estar dispuesto a hacer eso.



—Pero su corazoncito en realidad estaba con los desmovilizados de la Resistencia. ¿No?

— Nosotros tuvimos una natural identificación con un sector de la población, que normalmente no ha tenido mecanismos de expresión ni políticos ni institucionales y que todavía lucha por resolver esos problemas, y en la medida que esos temas se vayan resolviendo me parece que Nicaragua se va a ir integrando más, encontrándose a sí misma. En parte es cierto que nos identificamos con ese sector, incluso ellos encontraron en los miembros de la misión un paño de lágrimas a veces, un funcionario que escuchaba sus lamentos, que escuchaba sus problemas, su retorno, los temores, la misión escuchó enormemente eso y escuchando con el corazón se aprende mucho.



—¿Olvidó la CIAV-OEA a los desmovilizados sandinistas?

— No, porque en la asamblea general de la OEA de 1993, el mandato se amplió a todos los sectores afectados por el conflicto. Y si bien nos costó sacarnos la calificación inicial de ser solamente el apoyo de los contras, creo que hicimos un esfuerzo considerable en atender a desmovilizados del Ejército y del Ministerio del Interior y también escucharlos. Sin embargo, la identificación de la CIAV con la Resistencia Nicaragüense quedó casi indeleble, ¿no? Sin embargo, al paso de los años, creemos tener una visión más de conjunto del proceso, porque en realidad todos fueron víctimas del conflicto.



—Ustedes aportaron a la desmovilización de grupos rearmados, pero algunos sectores señalan que hubo cierta tolerancia con ellos...

— Nosotros empezamos a ver el proceso de los rearmados ya avanzado 1991, y comenzamos a ver que la misión podía cumplir una tarea de mediación para la solución de esos temas y como el Estado aceptó esa tarea de mediación y los grupos se sentían confiados en esa posible mediación, se fueron resolviendo temas. No hay que olvidar que la posguerra en Nicaragua generó un proceso de rearme casi sin solución de continuidad entre 1991 y 1996, donde se desmovilizaron los últimos recompas, el FUAC, y los últimos recontras, lo que se llamó el Frente Norte 3-80. El haber contribuido a eso en la posguerra fue también un enorme aprendizaje, y una gran contribución. Sí algunos grupos nos veían más confiables que otros... pero lo real es que cada vez que se trabajó en una mediación, aunque en algunos casos duró más de dos años, siempre terminó en un éxito, es decir, en la desmovilización de esta gente, en la firma de acuerdos, y en el intento de su reinserción.



—¿Se le queda un poco el corazoncito en Nicaragua?

— Afectivamente uno no se desprende de Nicaragua. Acá quedan tres de mis hijos concluyendo estudios y trabajando. Uno, si ha vivido intensamente en Nicaragua, no se desprende nunca.



—Me decía que había aprendido humildad en Nicaragua. ¿Cambió entonces su ego de argentino?

— Espero que sí, porque es necesario, porque los argentinos de mi generación y la generación anterior, fueron educados mirando hacia Europa, ignorando el continente mestizo, el continente real, ojalá los nicaragüenses lo vean así, la identidad no sólo es lo que vos decís, sino cómo te ven los demás. Mi agradecimiento por haber aguantado algunos errores y desaciertos y mi agradecimiento profundo porque las lecciones del pueblo nicaragüense las llevaremos siempre en nuestra memoria y sentimientos. Me refiero a mi familia y me refiero a mí.

ASADITOS Y TANGO

Los fines de semana en Nicaragua, Sergio Caramagna solía pasarlos en familia, cocinando pastas los sábados, y el asadito argentino los domingos, escuchando los resultados del futbol, especialmente los de su equipo el Gimnasia y Esgrima de La Plata, que nunca ha ganado un campeonato. Lee de historia y “ladra” tangos, como él dice. Sus favoritos: Los mareados y Café de Buenos Aires.

Escribió unas cuarenta crónicas sobre historias de los campesinos de la posguerra en Nicaragua.



El adiós de Caramagna

Miedo. Desconfianza. Odio. Eso es lo que encontró el argentino Sergio Caramagna cuando vino por primera vez a Nicaragua, en calidad de observador electoral en 1989, días antes de las elecciones y a las puertas del desarme de la Contra.

Luego colaboró en la desmovilización de la Contra y dirigió el programa de lisiados de guerra durante dos años, atendiendo a casi dos mil discapacitados. En 1993 y 1997 fue coordinador de la CIAV-OEA, hasta cuando se acordó nombrarlo representante de la OEA.

El 23 de enero de este año se firmó un acuerdo entre el Presidente de Colombia, Álvaro Uribe Vélez, y el secretario general de la OEA, el también colombiano César Gaviria, para instalar una misión de apoyo al proceso de pacificación en Colombia, nombrando jefe a Caramagna.

Se va lleno de lecciones. “Aprendimos que la pacificación no se reduce a la entrega de las armas y la firma de los acuerdos, sino que es una tarea intensa, difícil, larga, donde tienen que superarse los odios, los rencores, las cuentas, donde la gente va viendo la imperiosa necesidad de sobrevivir”, enfatiza.

A pesar del sacrificio de miles de vidas durante el posconflicto, los nicaragüenses viven con ánimo de perdón y no de venganza, resalta Caramagna, sin olvidar el sacrificio de quienes murieron o sus derechos fueron violados después del conflicto. “Eso es sabiduría pura”, comenta.

Él agradece a su esposa, Teresita y a su familia, por haberlo apoyado en sus intensas tareas en Nicaragua.

Caramagna nació en una provincia argentina llamada Entre Ríos, hace 52 años, es sociólogo, trabajó en su juventud al sur de Argentina, en la Patagonia, en la empresa privada y la docencia, hasta que formó parte de la OEA.
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“Nicaragua encontró la manera de digerir su dolor”