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Vértigo
Serdán Zelaya
En Nayaf el 31 de marzo, 11 días tras el inicio de la guerra un prisionero con una capucha negra medieval impuesta en la cabeza abraza a su hijo.
Las tropas le cubren hasta la cabeza para que no mire el ámbito precipitado.
El prisionero sentado en las arenas del desierto inexorable y el hijo acurrucado en el rezago del adiós.
Le arrebatan la mirada y le entregan al niño.
¿Dónde poner al niño? ¿Junto a qué muro que tenga otra persistencia humana? ¿No hay ningún payaso? ¿Las tropas no previeron un payaso para un niño? Sus brazos rodean al hijo. Recuerdo, después a Vallejos: “¿Con qué mano despertar?”
La cámara fotográfica fuera del alambrado de púas fieles.
Nadie los imita. Nadie les entrega un globo de feria. Una escena de amor en el vaho del infierno de la guerra. Y nadie los imita.
En la foto intercambian palabras de cráteres desiguales. El hombre calma al niño desde el fondo de una bolsa quieta. La bolsa no se rompe.
Un padre y su hijo intercambian palabras en un incendio clandestino y el desierto acude a la orilla de un soldado. 
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