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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 27 DE MARZO DE 2004
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La Pasión en controversia

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.Mel Gibson ha hecho posible un milagro: en una época en que Dios ha desaparecido del cine (excepto en algunas comedias) y 40 años después de que Hollywood (salvo las excepciones de rigor) dejara de hacer películas bíblicas, su Pasión de Cristo ha impuesto récords de taquilla

 

Franklin Caldera*

Es claro que la muy publicitada controversia en torno al supuesto antisemitismo del filme, y el hecho de que el australiano Gibson sea una de las figuras más populares del establishment hollywoodense, son factores que han contribuido al éxito de la película (hay quienes se preguntan si Gibson promovió la controversia, pues, de otra forma, un filme sobre La Pasión de Cristo no habría recuperado una inversión millonaria). Si la misma película (con sus diálogos en arameo y latín) hubiese sido realizada por un director polaco o checo desconocido, habría tenido una distribución restringida y, quizá, pasado inadvertida.

Pero la controversia es totalmente bizantina. El Nuevo Testamento, igual que el filme de Gibson, no es antisemita (término que tiene connotaciones racistas). ¡Y cómo iba a serlo si los fundadores del cristianismo fueron judíos! El cristianismo se enfrentó a las autoridades judías (los sumos sacerdotes y los ancianos), generando una nueva interpretación de las tradiciones hebraicas, lo que desembocó en la fundación de una nueva religión. Para que tenga sentido la adopción de los libros del Viejo Testamento como fundamento del cristianismo, el pueblo judío con todos sus defectos, debe simbolizar, y de hecho simboliza desde la perspectiva cristiana, a la raza humana con todos sus pecados. En su Primera Carta a los Romanos, Pablo equipara a los griegos con los judíos: el pueblo escogido ahora somos todos.

Quizás para contrarrestar la presentación de los sumos sacerdotes como instigadores de la Crucifixión (lo cual está en los Evangelios), Gibson enfatiza la crueldad de los soldados romanos con Jesucristo (la secuencia de la flagelación es de las más crudas del filme), sobre todo camino al calvario, lo que resulta poco convincente, pues para los romanos Jesucristo era un reo más, no una amenaza para el poder del César (en una de las interpretaciones de los Evangelios se sugiere que Pilatos ordenó la flagelación para conmover al pueblo y salvar a Jesús).

En la película, la duda de Pilatos sobre si condenar o absolver a Jesucristo, no obedece a planteamientos morales (como en los Evangelios, cuya visión de Pilatos es más benévola que la de otros textos históricos), sino a su temor de que cualquiera que fuese su decisión podría provocar una rebelión de los seguidores de Jesucritos o de sus enemigos, lo que hubiera disgustado al César (Tiberio en esa época).

A pesar de la controversia apuntada, La Pasión de Cristo no es una película ideológico-religiosa. Se trata de un filme eminentemente emotivo, totalmente ajeno al distanciamiento intelectual de las películas de Roberto Rossellini para la televisión italiana en las décadas de 1960 y 1970 (una de las cuales fue El Mesías), con predominio de planos generales, con las que el célebre realizador neorrealista pretendió convertir la imagen cinematográfica en el dato puro, con la menor intromisión de las emociones o los puntos de vistas del realizador.

Con su abundancia de primeros planos (a la manera de Ingmar Bergman en La fuente de la doncella), La Pasión de Cristo envuelve al espectador para hacerlo percibir el intenso dolor que significó para Jesucristo su sacrificio por nuestros pecados. El exceso de sangre y los primerísimos planos de la enclavación se podrían justificar por el comentario que hace la enigmática diablesa: “Cargar con los pecados de toda la humanidad es demasiado para un hombre”. En este aspecto, Gibson se revela como un barroco y un primitivo. La crudeza de sus imágenes recuerda a los Cristo sangrantes y llenos de moretones de nuestra niñez (que subsisten en muchas iglesias españolas, pero que han desaparecido de las iglesias católicas estadounidenses, cuya paredes blancas en los diseños más recientes, recuerdan los templos protestantes).

Pero este énfasis obsesivo en la violencia y el dolor desplaza las consideraciones de tipo religioso, reducidas a algunos flashbacks muy breves sobre las enseñanzas de Jesucristo que la película supone del conocimiento del espectador. Y en detrimento de su director, podemos decir que, con mayor simplicidad, la secuencia de la Crucifixión en El Manto Sagrado (1953), produce un impacto mayor.

En su favor, digamos que La Pasión de Cristo logra un “look” original. Sus tonos marrones, de estilo tenebrista y gran sobriedad cromática, y su alejamiento del estilo espectacular del cine bíblico hollywoodense (hay pocas tomas con grúas y ausencia de grandes desplazamientos de masas o despliegues militares), hacen que el filme no se parezca a nada de lo que se ha hecho anteriormente.

Es curioso que, siendo Gibson católico, La Pasión de Cristo no destaca (excepto en la secuencia del huerto de Getsemaní) el papel predominante que tiene el apóstol Pedro en los Evangelios, algo que el cine hollywoodense siempre trató de minimizar para no entrar en controversia con las iglesias protestantes, debido a la relación de este apóstol con la institución del pontificado católico (en películas multiestelares como Rey de Reyes y La Historia más grande jamás contada, Pedro fue interpretado por actores desconocidos; y la única película sobre su vida, El Gran Pescador, protagonizada por Howard Keel en 1959, es hoy imposible de conseguir). También extraña el que Gibson haya adoptado el error difundido por tantas películas de Hollywood de confundir a María Magdalena con la adúltera que Jesús salva de morir apedreada.

*Crítico cinematográfico.  
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