Una teoría de la relatividad
Carlos Powell*
Managua, ciudad cóncava, marmita hirviente sobre fuego volcánico, donde muy poca agua mana, ardía aún a las cinco de la tarde cuando salió de la oficina. En el alquitrán semiderretido de las calles tenía la sensación de caminar sobre brasas, y el sol lo asfixiaba como el abrazo fatal de una boa.
Agradeció que no era día de corte de agua en su barrio, porque en lo único que lograba pensar era en tomar una ducha al llegar a casa. Ni Stella, la muchacha italiana (de quien estaba secretamente enamorado), ni Ernesto, el brasilero (su infame competidor), con quienes compartía el alquiler, llegaban a esa hora. Tenía garantizada la primacía del chorro de agua y la soledad de la casa.
Al entrar, experimentó el placer de desnudarse sin necesidad de cerrar ninguna puerta y fue camino a la ducha dejando una estela de ropa tirada en el suelo, como ocurre en los arrebatos sexuales. Pero en el camino observó sobre una mesa un casete. Él se consideraba un melómano con buen gusto: un poco de música clásica renacentista, jazz, música oriental, bossa nova, algunos buenos cantautores franceses, españoles y latinoamericanos. Sin embargo, le daba curiosidad una cinta que sólo decía “Temas variados”. ¿Sería de Ernesto? Seguramente: como buen bacanalero brasilero (y con tremendo éxito entre las mujeres, por lo que no dudaba que terminaría saliendo también con Stella), tenía afición por la música bailable. Decidió entonces escuchar la cinta mientras se duchaba, aprovechando que no había nadie más. Puso bastante volumen, y un instante después abrió el chorro, que le erizó la piel con su primer contacto.
Bajo el agua fresca se imaginaba nadando en un lago azul cuando, de repente, oyó los primeros acordes del casete. El volumen estaba altísimo. “¡Varieté de la más mediocre!”, exclamó después de unos instantes. “¡Qué horror, tenía que ser de Ernesto!” Sonaban los acordes de un teclado eléctrico que intentaba simular violines, y una voz de mujer de las más cabareteras cantaba canciones melifluas que pretendían ser provocativas, concluyendo sistemáticamente las frases con unos vibratos de esos cuyas oscilaciones son tan amplias que se salen de tono, desafinando atrozmente respecto al acorde. Esto, para un melómano, es algo comparable a ciertas fricciones de los dientes, que provocan una desagradable contracción espontánea del cuerpo. Tuvo el impulso de ir a apagar inmediatamente, pero ya estaba todo mojado. Ni modo, quizás la segunda pieza fuera menos patética.
Pero la segunda canción inició con una melodía sentimental de las más arrastradas, y una letra plagada de lugares comunes, a tal punto que con la primera palabra de una frase, se adivinaba fácilmente la última. Hubiera ido corriendo a detener el casete, ¡pero ahora estaba completamente enjabonado!
Mientras avanzaba la música, si así se la podía llamar, inundando horriblemente la casa y saliendo por todas las ventanas, él empezó a sentir una angustia inesperada: pronto llegaría a la casa Stella. Sabía que no tenía muchas posibilidades con ella, pero de todos modos, le avergonzaría muchísimo que lo encontrara escuchando esa música. La verdad es que Stella lo tenía con la cabeza dada vuelta. No sólo era atractiva en el sentido amplio de la palabra, sino que además, era originaria de Florencia, la cuna de la excelencia artística italiana.
Los temas variados seguían desfilando sin piedad. Tenía que apurarse en salir de la ducha y detener el casete. Estaba a punto de salir enrollado en la toalla, cuando ocurrió lo peor: oyó que se abría y se cerraba la puerta de entrada de la casa. Expectante, aguzó el oído y oyó los pasos de Stella (podía distinguirlos perfectamente de los odiosos pasos de Ernesto). “¡No puede ser, ya llegó!”, pensó, sofocado. Escuchó un poco más y pudo identificar, además, que estaba sola.
Ya era demasiado tarde, nada se podía hacer. La música seguía atronando toda la casa. Dentro de unos instantes se encontraría en la cocina con Stella, y podía imaginar la frase lapidaria que le lanzaría: “¿Renovaste tu discoteca?” Por supuesto que era fácil explicarle que la cinta era de Ernesto. Pero, ¿cómo se entendería que la estuviera escuchando él, a todo volumen mientras se duchaba, y solo? Eso es exactamente lo que hace cualquier persona que quiere disfrutar de su música preferida, cantando a pleno pulmón bajo el agua.
Resignado, se decidió por fin a salir del baño. Su habitación estaba a un paso. Asomó la cabeza y vio que ella no estaba en las proximidades. Se quedaría encerrado en su habitación hasta que llegara el funesto Ernesto, y así æconjeturóæ introduciría alguna duda sobre quién había puesto la cinta. En dos saltos se precipitó dentro de su cuarto, para encontrar a Stella sentada sobre su cama, esperándolo. Más tarde le murmuraría al oído, “qué suerte que te gustó el casete que te grabé...”.
Y afuera seguía sonando la melodiosa voz de la cantante, que jamás olvidaría.
*Periodista. 
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