La película de Mel Gibson, La Pasión de Cristo
Ana del Corazón de Jesús Zavala Cuadra*
La película en sí, no pierde tiempo: empieza “in medias res” como las tragedias griegas.
Un rótulo en pantalla citando a Isaías, que desde el Antiguo Testamento anuncia a Jesús como el Siervo de YHWH, hace que quien está en el teatro, se ubique en la Palabra de Dios y en la propia verdad. No fueron los romanos ni los judíos quienes mataron a Jesús. ¡Fuimos todos!
“Él ha sido herido por nuestras rebeldías… y con sus cardenales hemos sido curados”. Is 53, 5ss
Y la película inicia en la noche del Huerto de los
Olivos. Jesús siente pavor… está en pie y suda en agonía, las manos le tiemblan buscando apoyo. Los discípulos están dormidos. “¿No habéis podido velar una hora conmigo?” Jesús está solo y desea compañía; hondo, muy hondo está triste hasta la muerte. Sigue orando al Padre … “si es posible….” Está solo y siente el deseo natural de librarse de la muerte. Vuelve a sus discípulos pero están dormidos. Dice: “Velad y orad para que no caigáis en la tentación.” Jesús está solo, pero al lado está el Diablo que se arrastra, se acerca y lo toca. ¡Ha llegado la hora!
Se oye un golpe seco, como definitivo. Es un toque que anuncia victoria segura. Jesús, de golpe aplasta la cabeza de la serpiente, levanta la vista y ve un tumulto de hombres con palos y espadas. ¡La victoria es segura! Rechazado por los hombres, pero enviado y triunfando por parte de Dios, Jesús sale al encuentro de la turba. Él da su vida, no se la quitan, Él quiere la redención.
Jesús está dispuesto y es lo que vemos en cada momento de la película: entra en la voluntad de su Padre. Va hasta el final aceptando. Sin rechazo de nada – recibe la traición de un amigo, uno de los suyos; los salivazos en el rostro, los insultos insolentes y afrentas injuriosas; no se resiste ante lo que le hacen: va preso como un malhechor, va empujado como animal, le patean y se ríen de lo que le hacen, celebran el maltrato, hacen fiesta de los golpes… le dan el doble –en número– de latigazos; un hombre cualquiera muere con la mitad de los azotes que Él recibió.
¿Cuál es el signo? Jesús es el Hombre perfecto, el Verbo encarnado.
Jesús es el Cristo, el Señor. ¡Adonai! (así le llama la Verónica en la película al acercarse a Él).
Jesucristo es la plenitud divina en Él incorporada.
Él llena Cielos y Tierra y los recapitula en sí como Cabeza de la Iglesia que es su cuerpo.
“Él es el principio de la creación de Dios”.
Él es el primero y en Él ha venido a la existencia el linaje humano. En Él. Por Él. Para Él.
Por eso en la obra de la redención colabora el linaje humano, incluso los réprobos con el mal en el que se afincan.
En la película, como en los Evangelios, como en el acontecer histórico, el mal se deja ver: tiene el rostro de quien deja que el Diablo se meta y coja a la persona. El Diablo se opone a la redención en toda la película, también en el hoy que vivimos. El Diablo finge y desaparece. El Diablo se deja ver deslizándose, no camina. El Diablo se escurre deleznable mente queriendo engañar, deformando a la persona en su esencia, encajando situaciones que empujan al abismo.
En la película Herodes aparece en su verdad. Herodes era judío, pero era un judío vendido al poder. Un hombre no hombre. Un hombre sin moral. Intenta divertirse con Jesús esperando un milagro. Pero Jesús, no sólo no responde a sus preguntas, sino que no le dirige la mirada.
Se visualiza cómo Judas se arrepiente, enfrenta a los que le habían pagado por vender al Maestro, tira el dinero, pero el Diablo lo cerca hasta enloquecerlo. El Diablo lo juzga y lo acusa. El Diablo lo pone en el lugar donde puede quitarse la vida. ¡La cuerda lo está esperando! Y un animal muerto se está pudriendo.
Judas pudo haber corrido la suerte de Pedro, quien ve su traición de negar tres veces a Jesús. Llora arrepentido. Le duele la traición al Maestro. ¿Qué tenía Pedro que le faltaba a Judas? La fe. La fe que asegura a quien cree que Dios es fiel. La fe permitió a la Verónica caminar en medio de un batallón, caminó segura en medio de una lucha por parte de los soldados que alejaban a quien quería acercarse a Jesús. Ella camina sin tropiezo, llega a Jesús, le tiende un lienzo, Jesús se limpia la cara y la imagen de Jesús queda grabada en la tela. ¡La santa faz!
La Verónica… pecadora… como Pedro, como Judas ¡y como yo y como vos! ¡todos somos pecadores! La fe hace la diferencia. ¡Creo Señor! ¡Creo! ¡Aumenta mi fe!
La fe –bien se sabe en la Iglesia– viene por la predicación.
La fe es la que lleva al discipulado. En la película los que son discípulos se identifican. Jesús mismo les ha instruido preparándolos para esta hora de la pasión.
Juan, el discípulo amado, está en la pasión como estuvo siempre al lado de su Maestro: con los ojos fijos en Él y bebiendo sus enseñanzas. En la película hay escenas de la vida publica de Jesús que se intercalan mientras se vive la pasión. Juan está siempre al lado y se ve como no deseando distraerse de nada de lo que el Maestro enseña. Es como una esponja absorbiendo todo. Así también camina al Calvario, la mirada fija en Jesús. Claramente no piensa en su persona. Piensa en la redención. Piensa en la misión a la que él ha sido llamado. Es el contemplativo por excelencia.
La Magdalena fue preparada por Jesús desde la experiencia de su pecado: Jesús la salvó de morir a pedradas. Bien lo recuerda y comprende que Jesús le adelantó la hora entrando en lo que significa ser Siervo de YHWH. Camina al lado de la Señora acompañando a Jesús, con dolor, pero entendiendo la obra de la redención.
Ella, la Madre de Jesús, se levanta a lo largo de la película como discípula de su Hijo y Corredentora. Ella está en pie. Lo sigue paso a paso. Ella recuerda momentos vividos en la infancia de Jesús. Recuerdos que deseara poner por obra en la pasión. El Diablo ronda, la mirada de la Señora y la mirada del Diablo se encuentran. Un momento escalofriante. Ella va en silencio. Claudia, la esposa de Pilatos le ofrece una toalla y ella la ocupa para absorber la sangre de Cristo derramada en el suelo. A Juan, ella le pide que le ayude para adelantarse y encontrarse con Jesús. Ella corre y le dice: “¡Aquí estoy!” Avanza hasta el Calvario y está al pie de la cruz. Todo su intento es acompañar a su Hijo con la mirada. Junto a la cruz sigue diciéndole: “¡Aquí estoy!” Es cuando Él le dice: “Allí tienes a tu hijo”.
¡Dios te salve, Reina y Madre de misericordia!
¡Ruega por nosotros!
Simón de Cirene –en lo personal– me llamó poderosamente la atención y me llenó de esperanza. Camino de la cruz, él fue obligado a cargar la cruz con Jesús. No quería y se quejó diciendo que por qué iba a cargar la cruz de un condenado. (años más tarde sus hijos Alejandro y Rufo, fueron conocidos de la comunidad romana de los primeros cristianos). No le vale su protesta, tiene que ayudar a Jesús. Más cerca no podía ir. Camina y lo observa. Llega un momento en que grita a los soldados que paren de hacer el mal. Lo ignoran y el sigue cargando la cruz con Jesús. Más tarde los soldados temen que Jesús muera en el camino. Obligan a Simón de Cirene que la lleve él solo. Lo hace. Jesús va al lado y le pasa el brazo casi como apoyándose en Simón de Cirene. Los latigazos golpean a Simón de Cirene. Caen al suelo los dos. Se levantan y él anima a Jesús diciéndole que falta poco, que ya están cerca. Al decir esto, enfocan el lugar del Calvario. Simón de Cirene, en su caminar, ha llegado lejos en poco tiempo: se hizo discípulo de Jesús.
Subiendo la cuesta al Calvario, se intercala la escena de Jesús en el monte, enseñando las Bienaventuranzas a la muchedumbre. También hay enfoques de retrovisión que unen la Última Cena –el pan y el vino– con la crucifixión -el cuerpo y la sangre de Cristo. Es la Pascua. Es el paso del Señor.
Al final un gota de agua cae y salpica desde lo alto. La gracia del bautismo abierta a todos los hombres por la redención en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
¡Así sea!
* La autora es religiosa nicaragüense.

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