Sobre La Pasión de Cristo: “Así fue”
Humberto Belli Pereira*
La película La Pasión de Cristo, dirigida por el actor Mel Gibson, ha sido considerada por algunos como la mejor reconstrucción histórica de lo que realmente ocurrió durante la pasión o muerte de Jesús. Se dice que tras verla el Papa comentó: “Así fue”. Gibson, motivado por su celo en reproducir los hechos de la Pasión con la mayor fidelidad posible, dirigió una exhaustiva investigación histórica y dispuso que en la película los personajes en lugar de inglés hablasen arameo y latín, lenguajes de Cristo y Pilatos, respectivamente.
Evidentemente, es imposible reproducir con total realismo los detalles de un hecho acaecido hace dos mil años y narrado en forma muy escueta en los Evangelios. Quienes buscan recrear la Pasión no tienen más remedio que usar en ciertas secciones la imaginación y recurrir a informaciones históricas sobre la época que no se mencionan o que están sobreentendidas en la narrativa bíblica. Sobre algunos temas puede lograrse mayor precisión o aproximación que en otros. Por ejemplo, aún los expertos pueden disentir sobre si el madero que Cristo llevaba camino del Gólgota era la cruz tradicional o una sola viga que después ensamblaban a un palo vertical. Otro objeto de controversia es si los clavos penetraron las manos o las muñecas de Jesús. Pero hay otros temas, como la flagelación, en los cuales los testimonios históricos son muy coincidentes.
En el caso de la flagelación, que es una de las escenas más fuertes y largas de la película, Gibson se guió por las mejores exégesis de la época y por el testimonio del famoso manto de Turín. El recordado y docto padre Santiago Anitua, que nos dejó hace poco, narraba en su libro Viernes de Sangre que el verbo flagelar, al que aluden los evangelistas, hacía referencia no a la pena de azotes, que por ejemplo recibirían más tarde algunos discípulos, sino al flagello, un tipo de tormento que seguía un procedimiento bastante uniforme y que está narrado, en otros contextos, por muchos historiadores antiguos, entre ellos Horacio y Cicerón.
Sobre este suplicio nos dice: “Los documentos de la época hablan siempre de lictores o verdugos en plural. Este número tenía su significado. Los azotes caían de ambos lados de las víctimas y podían desollarla por parejo. Cuando los azotadores eran expertos, dejaban sin piel al reo desde los hombros hasta las pantorrillas. Todo el dorso del azotado era una masa húmeda de sangre, plasma y músculos palpitantes. No se rompía ningún hueso, pero la cicatriz era como una inmensa quemadura que jamás desaparecía.”
El manto de Turín, el cual parece haber sido la sábana que se utilizó para embalsamar el cuerpo de Jesús, y cuyos trazos de sangre permiten reconstruir muchos detalles de su fisonomía inerme, corrobora la descripción anterior. Un especialista, refiere Anitua, “ha contado hasta 120 golpes de látigo de tres correas. Los golpes cubren toda la superficie de la espalda, desde los hombros hasta las pantorrillas. Y raramente caen dos sobre el mismo lugar. Los azotadores eran, pues, expertos y podían escoger cuidadosamente el lugar para descargar el azote”.
El realismo de esta película le ha valido tanto elogios como críticas. Hay quienes consideran de mal gusto la representación tan gráfica y descarnada de lo que sufrió Jesús. La industria cinematográfica americana la clasificó como R: Restricta. En realidad, la película es violenta y sangrienta, porque la realidad que buscaba reproducir no lo fue menos. Una versión más “suave” o potable, de la Pasión de Cristo, hubiera sido quizás más a tono con una época que prefiere las versiones “lite” y experiencias religiosas que no sacudan nuestra zona de confort. Pero el precio habría sido disminuir, diluir o disimular, la brutalidad plena de lo que aconteció. Y esto es lo que Gibson no quiso. Como él mismo lo ha dicho, él no hizo este filme con propósitos comerciales, sino para compartir con las audiencias su oportunidad de encarar el sufrimiento de Cristo, de “contemplar la pasión para sanar sus heridas.”
Uno no va a esta película a entretenerse, sino a rezar. Es como participar en un Vía Crucis, la tradición tan católica de seguir de cerca a Jesús recordando o reviviendo lo que Èl padeció durante sus últimas y más duras horas. La creencia en el poder transformador de contemplar los sufrimientos de Cristo ha sido una constante en la historia de la Iglesia. Santa Teresa de Ávila atribuía la profundidad de su conversión a la contemplación de una imagen muy realista de Cristo lacerado. Y así incontables santos más. Esta oportunidad de contemplar y sanar es ahora nuestra gracias a un filme excepcionalmente inspirado.
* El autor es rector del Ave Maria College of the Americas. President@avemaria.edu.ni

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