Cosas Veredes Sancho Amigo
Recuerdos y objeciones religiosas del poeta “Pablito” Centeno Gómez
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“Me pusieron Pedro Pablo en memoria de un tío que estaba recién muerto, con el tiempo sentí que llevar los nombres de los dos apóstoles más notables de Cristo era demasiado fuerte e inmerecido, decidí quedarme sólo con el del converso, y quedé llamándome Pablo para toda mi vida” |
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El poeta Pablo Centeno Gómez
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Mario Fulvio Espinosa
Así cuenta el poeta Pablo Centeno Gómez el primer detalle mágico de su primera niñez, la que pasó saltando libre y sin atajos por las costas del Gran Lago, escalando peñas o corriendo entre los senderos floridos de la Isla Fernanda de Solentiname, bajo el cuido amoroso de sus padres, la profesora Leonarda Gómez y el abogado Julio Centeno Santos.
Nació Pedro Pablo Centeno Gómez el 19 de diciembre de un año ya olvidado. En su currículum infantil figura haber pasado horas enteras escuchando los relatos extraordinarios de los pescadores, las narraciones beatíficas de las mujeres isleñas, adornada esta magia con los cuentos y canciones de cuna de su madre.
Sentado en su poltrona de reglas, el poeta entrecierra aún más sus ojos rasgados para aspirar, junto con el humo del cigarrillo, las volutas volubles de su pasado. “Casi siempre vivimos en espacios muy abiertos –dice con palabras lentas–, primero en el Archipiélago de Solentiname donde mi papá era dueño de algunas islas y también de un segmento de Mancarrón que después fue adquirido por el padre Ernesto Cardenal para su proyecto de comunidad ideal”.
“Nuestros padres nos inculcaron un sentido de amor por el ambiente que era como un conjuro de lo oculto a tono con la gran soledad que significa la naturaleza en lugares poco poblados como una isla, donde nosotros teníamos la única casa en quién sabe cuantas manzanas a la redonda.
“Yo viví ahí parte de mi niñez y pude ver de cerca el amor que mis padres tenían por la naturaleza, sobre todo mi mamá que ponía todo su esmero en el cultivo de un pequeño jardín y de una hortaliza a la orilla de la finca. Teníamos muchos animales silvestres y domésticos. Los mimados eran un gato y un ocelote. Allí era prohibido usar tiradoras, maltratar a los animalitos de Dios, eso resulta muy sorprendente en Nicaragua donde los niños de ahora se entrenan en ejercicios violentos con la finalidad de destruir toda clase de seres inferiores”.
EL BARCO FANTASMA Y LA ISLA FERNANDA
No con mucha precisión Pablito –como le llaman con cariño sus numerosos amigos–, evoca aquel tiempo que vivieron en la Isla Fernanda. Al frente está la Isla Juana y mucho más allá “La Atravesada”. “Cuando los curtidos pescadores se reunían por las tardes en la costa, se turnaban para contar las cosas del día y otros hechos mágicos.
“Entre esas lejanías se decía que en las noches oscuras, al filo de la medianoche o en las primeras horas de la madrugada, iba entre la niebla un barco a la deriva tripulado por personajes siniestros que al parecer eran ánimas en pena que pertenecieron en otro tiempo a cuerpos de marineros que fueron asesinados masivamente o perecieron en algún naufragio.
“Para mí y mi hermano menor aquella narración derivó en problema, como no había letrina dentro de la casa, teníamos que buscar la que estaba en el patio para hacer nuestras necesidades, pero cada salida significaba una dosis de valor para vencer el miedo de ver pasar frente a nosotros aquella nave fantasma.
“Mi mamá sufría un poco con ese aislamiento, ella fue en esa época la primera maestra de adultos de Solentiname y a mí me gustaba estar parando la oreja para oír las historias que ella contaba, las que no dejaban de intimidarme y sorprenderme. Otras narraciones de miedo eran las que los campesinos intercambiaban cuando estaban reunidos en los desgranes de maíz.
UNA CANCIÓN MATERNA INOLVIDABLE
“Como te decía, mi madre pasaba completamente sola porque mi padre estaba en San Carlos o en Managua en los asuntos de su profesión o de sus negocios. En esos momentos ella se acercaba mucho más a nosotros y nos arrullaba con canciones fabulosas, por ejemplo hay una lindísima que ella entonaba –basada en un texto de Víctor Hugo.
Esos versos llevan el título de “La Paloma” y nos enseñaban que matar un animal era atentar contra un hogar y contra enseñanzas filiales, aquello lo generalizamos, y convertimos la convivencia con los animales en algo fundamental.
— ¿Podemos decir que el sentir poético tuyo se genera desde aquella situación sentimental que te liga a tu lugar?
— Naturalmente, por una parte la influencia del medio, del paisaje, del trópico incandescente, y por otra la parte educativa de mis padres. A mi papá le encantaba mucho la poesía, incluso él incursionó en la escritura de algunos poemas que no publicó nunca, cuando vivía en Granada fue muy amigo de José Coronel Urtecho, Pablo Antonio Cuadra y Manolo Cuadra. Había estudiado en el Salesiano de Granada cuando el padre Misieri y él me inculcó el gran fervor que sentía por Darío: recuerdo que en cierta ocasión yo representé a Río San Juan en un concurso que patrocinaba la municipalidad de Managua. Tuve que aprender poemas que entraban en el repertorio de esa época, como la “Sonatina”, “El clavicordio de la abuela”, “Los motivos del lobo”, la “Marcha Triunfal”, a mí me encantaba todo eso, tenía una buenísima memoria pero me desconcertaba y me dejaba como en un trance poético el no saber descifrar el significado de algunas palabras utilizadas por Rubén, aquello operaba como la magia del desconcierto. Por ejemplo en otro certamen en que representé a Granada, oía declamar “La canción de los pinos” a mi profesor, don Carlos Cuadra Pasos, cuando decía “Y la Luna argentaba...” yo me preguntaba qué sería eso y miraba a aquel señor, que era alto, hacer movimientos con la mano, como un trémolo, y asociando la palabra al gesto creía que era estremecerse, temblar”.
DE SOLENTINAME HASTA LA PORCIUNCULA
—Donde hiciste tus estudios de primaria y secundaria
— Parte de la primaria la hice en San Carlos con toda la precaridad que existe en la infraestructura escolar, pero mi madre era maestra y me ayudaba mucho con las lecciones, incluso con lecturas extra curriculares, le estoy hablando de segundo o de tercer grado. Ya después pasé al internado del Colegio Salesiano de Granada donde había, de parte de los salesianos, un fervor casi siempre presente hacia lo literario, hacia lo religioso.
Estas enseñanzas me influenciaron muchísimo, don Bosco para mí ha sido un pedagogo de primer orden, sobre todo en su apertura hacia las clases populares. Eso me entusiasmó a tal punto que en mi adolescencia yo quería ser sacerdote salesiano. Después tuve la oportunidad, a través de mis padres, de establecer lazos de amistad con monseñor Julián Barni que no era obispo entonces sino padre franciscano. A posteriori ya terminado mi bachillerato me lo volví a encontrar ya como obispo de Juigalpa, en ese tiempo establecimos lazos con el Convento Franciscano de Santa María de los Ángeles, en Italia, me propuso que me fuera para allá y yo acepté al igual que varios compañeros que ansiaban ser sacerdotes.
El Convento Franciscano de Santa María de los Ángeles está a tres kilómetros de Asís, la ciudad natal de San Francisco, cerca del lugar donde el santo edificó la Porciuncula, o sea una iglesita rústica donde se otorgan indulgencias plenarias a los visitantes que ahí se confiesan y comulgan, por esos dos hechos les son perdonados los pecados.
Pronto me di cuenta que la vocación franciscana que yo tenía no correspondía, en primer lugar a ciertas ideas mías y a mi amor por la libertad y la aventura. También buscaba la pobreza primitiva ejemplar de San Francisco y no la encontré, los frailes se han comercializado mucho, tienen comodidades que constituyen un total divorcio con las ideas del Fundador, en sus celdas tienen televisión, andan en vehículos de lujo lo que a mí me pareció absurdo y contradictorio.
Salí del convento donde pasé alrededor de unos cinco meses, pero estaba muy chavalo, no tenía la mayoría de edad para permanecer en Italia, tenía problemas para entrar a la Universidad porque aún no cumplía los 21 años, entonces hice todo lo que pude para que alguien se hiciera responsable mío y para que me concedieran una exoneración de la Ley de la Escolaridad que me permitieran entrar al Alma Mater. Logré la exoneración porque tenía muy buenas notas y hasta obtuve una beca, y como lo más cercano al sacerdocio me parecía que era la Medicina por su espíritu de servicio y la posibilidad de ir del cuerpo al alma, me matriculé en Medicina sin medir las deficiencias que llevaba en Física, Química, en todo eso que ahí tenía que ver, además de una aversión por la sangre que aún no me explico. Tuve que desistir.
EN EL CURSO SOBRE CHARLES BUDELAIRE
Anduve errante buscando y regresé a Nicaragua, aquí por una especie de suficiencia, en el año 68 entré al Cuarto Año de Francés, de inmediato me dieron una beca, me fui a las Antillas, a Guadalupe, de ahí pasé a un programa de extensión en la Universidad de Burdeos con casi 150 becados de toda América Latina. Eran seminarios sobre literatura francesa, y precisamente el que yo recibí era sobre Budelaire, eso fue para mí un redescubrimiento porque ya había conocido la literatura francesa en el Convento Franciscano de Diriamba un poco antes de bachillerarme. Me pareció una maravilla aquella sonoridad, aquella belleza de los poemas oídos directamente del francés. Volví fascinado por esa literatura, inmediatamente se me ofreció un viaje a Francia por parte de la Embajada, acepté, me fui a París en el setenta. Era un curso para ser profesor de Francés que yo seguí regularmente, pero mis vivos deseos de estudiar algo más ligado a los problemas sociales me llevó a terminar la Pedagogía y a continuar con la Sociología que seguí en dos universidades diferentes.
—¿No te arrepentís ahora de no haber seguido esa vocación de sacerdote salesiano?
— En absoluto, porque yo ansiaba seguir el ejemplo de San Francisco de Asís, una figura más en armonía con su medio, más crítico con su tiempo, con la iglesia oficial, con la aparatosidad de lo supérfluo y por su entrega a la comunidad.
—Hablemos del amor. ¿Intervino ese niño en la toma de decisiones de Pablo Centeno?
— Creo que el amor es algo ineludible, es en esencia la necesidad de compartir, el mío en sus inicios fue de amores muy increíbles, desde un seminario donde vos ves a una niña que va a comulgar y vos sabés que su madre es una de las benefactoras del local, y ella es tan bonita y tan pícara que es la musa, la inspiración a escondidas de todos los seminaristas. Fueron cosas ideales, ensoñaciones platónicas, era totalmente inconcebible hacerlo de otra manera a no ser de haber procurado la ruptura con lo que yo estaba buscando, la formación religiosa.
Cuando me fui para Italia ya la cosa cambió, ahí tuve oportunidad de establecer noviazgos no muy largos, a mi regreso de Italia, aquí en la universidad, fui muy suelto, bastante libre, nunca pensé en un hogar en el estilo tradicional de ligarme para toda la vida,
En Europa fueron amoríos que duraron un promedio de dos años no más, también afectados por mi manera de moverme en apoyo político a los exiliados latinoamericanos, a gente del Magreb, yo estaba en varios comités parisinos de apoyo a esa gente. Eso hacía muy inestable mi conducta amorosa.
— ¿De tu jubilación próxima que me puedes decir?
— Jubilarme era necesario sobre todo al cumplir en diciembre los sesenta años. Creo que voy a tener más tiempo para dedicarlo a la escritura, a trabajar dentro de lo literario, incluso escribir historia, en fin el terreno en que puedo incursionar es infinito. Por otro lado, tengo el deseo de concluir una pequeña obra sobre don Camilo Zapata, ese personaje nicaragüense tan vital, tan extraordinario, tan fraterno, y luego dedicarme un poco a algunos ensayos literarios y a mi propia poesía.
LA CASITA DE PABLO
“Considero que la vivienda es un lugar para el reposo o para la estadía momentánea, en la perspectiva de que estamos marchando siempre hacia otra cosa. Si no es una cosa permanente no por eso debe ser poco grata, por eso introduje plantas que son miembros de mi familia y que dan color, frescura y alegría a la casa”, dice el poeta Pablo Centeno.
LAS JORNADAS DARIANAS
El poeta Pablo Centeno ha coordinado por muchos años las Jornadas Darianas del Departamento de Extensión Cultural de la UNAN-Managua
En estas jornadas han sido honradas, entre otras personalidades, don José Jirón, Pablo Antonio Cuadra, Ernesto Cardenal, Carlos Mejía Godoy, Lisandro Chávez, Ana Ilce Gómez, Guillermo Rothschuh Tablada, Sergio Ramírez, Julio César Sandoval, Carlos Tunnermann y el padre Ángel Torrellas.
Este año ese honor recaerá en Douglas Stuart, Humberto López, Mario Fulvio Espinosa, Nassere Habed, María Berríos, Gloria Bacon, Socorro Bonilla, Wilfredo Álvarez, Bayardo Ortiz y Marina Cárdenas.

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