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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 20 DE MARZO DE 2004
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Ernesto Cardenal: Sus memorias

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.Poesía, revolución y sacerdocio tres aspectos para definir al poeta nicaragüense

 

Rubén Don*

El primer contacto que tuve con el nombre de Ernesto Cardenal fue hace algún tiempo cuando vagaba por la librería Octavio Paz del Fondo de Cultura Económica (FCE) y descubrí un grueso volumen con parte de su poesía. Estuve por largo rato saltando de un poema a otro, atrapado por muchos de esos versos que dejaban al descubierto la pasión revolucionaria del autor. Creció mi interés cuando descubrí en su ficha biográfica que además de participar en la revolución sandinista de su natal Nicaragua, también tenía una extensa y polémica carrera en el sacerdocio; ambas pasiones combinadas con lo que él llama su vocación nata: la de poeta.

Cabe señalar que se trataba del último tomo de aquel libro, impreso en una de esas bellas ediciones de pasta dura que suele poner a la disposición de su público. Ahora creo que aquella tarde tomé una mala decisión: dudé mucho en adquirir el ejemplar, atrapado por ese clásico debate de pensamientos que se da en las librerías que va del si es para mí ha de esperarme, a la idea de que a la próxima sí me la llevo. Inclusive, como una travesura escondí la antología debajo de una pila de libros de otro autor. Nunca regresé por él. Aún me pregunto si sigue ahí.

De vuelta en México, esta vez para participar en el Encuentro Internacional de Intelectuales en Defensa de la Humanidad, el Fondo de Cultura Económica aprovecha la ocasión para el lanzamiento de los tomos de las memorias de Cardenal: Vida perdida y Las ínsulas extrañas. Ambos son largos compendios en donde el autor recoge las muchas experiencias de su infancia y juventud, así como ese camino que lo llevó al sacerdocio.

No se mira más cansado que en febrero, cuando también visitó México, pero si con esa impaciencia de la que se dispone después de una larga vida como la que sólo Cardenal ha vivido a sus 78 años.



—En febrero de este año que usted vino a México, al Palacio de Bellas Artes, decía que ya estaba dedicado completamente a escribir sus memorias. Mencionó que no había leído mucha poesía Latinoamericana y que incluso había renunciado a ella, ¿hasta dónde se pueden tomar en serio estas palabras de Ernesto Cardenal, cuando usted es uno de los poetas más importantes de Latinoamérica?

—No me dedico a la literatura latinoamericana porque tengo otras fuentes para mi poesía. Sobre todo la poesía norteamericana. Y últimamente no estoy leyendo ninguna porque no lo necesito. Entonces estoy leyendo para escribir poemas, no leyendo poesía, sino leyendo temas que después pasan a ser poesía. Y últimamente he estado escribiendo las memorias.



—Entonces no era cierto que hubiera renunciado a escribir poesía…

—No, no… estoy escribiendo también poesía ahora que ya terminé este último tercer tomo de las memorias.



—¿Qué recuerdos le quedan de su participación en la política, a través del movimiento sandinista, a propósito de que se convirtiera en su mayor fuente de inspiración?

—Yo no participé en política, yo participé en una revolución, apoyé una revolución y esa revolución falló. El último tomo de mis memorias se llama La revolución perdida y se dedica ese libro a hablar de las luchas teóricas de la revolución hasta el triunfo, y después de los años de gobierno de la revolución que fueron bellísimos, y por último la triste derrota que fue debido a la corrupción de los principales líderes de la revolución.



—En esos años usted no sólo escribió poesía, sino que la democratizó en su calidad de Ministro de Cultura del gobierno sandinista; llevó la poseía a todas partes, las calles, los campos... ¿cree que valió la pena democratizar la poesía de esa manera? ¿Dio eso el resultado que usted esperaba?

—Todo lo que hizo el Ministerio de Cultura fue democratización de la cultura. Era poesía, pero también era literatura en general, y de la pintura, y de la escultura, y de la artesanía, la música, el teatro, la danza, en fin… Y especialmente lo fue con la poesía, con la fundación de los talleres de poesía que hubo en todo el país. Llegaron a ser hasta setenta talleres en donde se enseñaban las técnicas para escribir buena poesía.



—¿Usted diría que todo eso contribuyó al desarrollo intelectual de Nicaragua y a equiparar su país literariamente con los demás del continente?

—Principalmente para los poetas. Pero contribuyó el Ministerio de Cultura en todas las áreas. Y en cuanto a poesía contribuyó a los interesados en escribir poesía o aficionados a la poesía, no necesariamente poetas profesionales.



—Ahora, me gustaría preguntarle acerca de esas muchachas que conoció en su juventud y a las que usted escribió algunos poemas que luego aparecieron incluidos en sus libros.

No me toques ese tema. En el primer tomo de las memorias, que lo lean. No voy a volver a repetir lo que ya escribí.



—Bien... ¿qué ha sido para una persona como Ernesto Cardenal la poesía, la revolución y el sacerdocio?

—Han sido tres vocaciones que yo he tenido. La primera fue la poesía, es la vocación con que nací. Después a los 21 años tuve una vocación religiosa, yo me hice entrar a un monasterio trapense para estar a solas con Dios, impulsado por el amor a Dios; ese amor a Dios me llevó al amor al pueblo, o sea una conversión a la revolución que he llamado mi segunda conversión. Estas tres vocaciones han sido para mí una prueba de la vida.



—Si usted tuviera que renunciar a alguna de esas tres vocaciones, ¿cuál sacrificaría?

—No, a ninguna.



—¿De dónde sale el título del primer tomo de sus memorias... Vida perdida? ¿Siente usted que perdió algo durante todos estos años vividos?

—El título es por la frase de Cristo en el evangelio que dice: “El que quiere conservar su vida, la perderá, y el que pierde su vida, por equis causa, la gana”. Y entonces yo considero que ya he perdido mi vida.



—¿Le hubiera gustado vivir una vida distinta?

—Pues teóricamente sí pero no renuncio a la vocación que abracé.

ERNESTO CARDENAL

Poeta nicaragüense, estudió filosofía y literatura en las universidades de México y Columbia (Nueva York). Tras su experiencia en un monasterio trapense de Kentucky, Estados Unidos, se ordenó sacerdote (1965) y creó en su país la abadía de Solentiname, poderoso foco de la revolución de la vida cultural y religiosa americana. Combatió contra la dictadura del general Anastasio Somoza, siendo nombrado en 1979 ministro de Cultura por el régimen sandinista. Entre sus obras destacan Epigramas (1961), Oración por Marilyn Monroe y otros poemas (1965), que contiene algunos de los poemas más intensos de Cardenal, El estrecho dudoso (1966) y Homenaje a los indios americanos (1969), donde se observa una influencia clara de la poesía de la Generación Beat. Cardenal une el lenguaje místico con el épico, los problemas del proletariado de su pueblo con la magia de lo cotidiano; la ironía con la intensidad de la vida moderna.

*Redactor de Librusa  
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