MIéRCOLES 17 DE MARZO DEL 2004 / EDICION No. 23394 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




Nicolás Maquiavelo: ¿era realmente maquiavélico?

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Aquiles Pérez Gutiérrez
aquilesprz@hotmail.com

“Cualidades que el Príncipe debe poseer (…): parecer clemente, leal, humano, íntegro, devoto, y serlo, pero tener el ánimo predispuesto, de tal manera que si es necesario no serlo, pueda y sepa adoptar la cualidad contraria”.
Nicolás Maquiavelo (1469-1527)

Es interesante la recapitulación que hace Mario Ruiz Castillo sobre la figura del famoso secretario florentino en Maquiavelo y la política, (LA PRENSA, Opinión, marzo 5). La afirmación de que “sin lugar a dudas Nicolás no fue un Maquiavelo en la acepción que hoy día otorgamos a ese adjetivo” es muy certera, pues al estudiar su biografía y sus escritos asimilamos que el menos “maquiavélico” fue él mismo. El hombre prudente debe aprender a diferenciar, a pesar de lo controversial, la realidad “no-maquiavélica” enterrada de Nicolás Maquiavelo.

La historia nos enseña que él fue uno de los poquísimos pensadores dedicado por completo al estudio de la relación poder/hombre. Otro sería Nietzsche. Irónicamente ambos son criticados ásperamente por unos y alabados religiosamente por otros. En el caso de Maquiavelo, la polémica nace cuando se rebela contra el orden de los planteamientos políticos de su época concentrándose en la cruda realidad, ganándose (inmerecidamente) la fama de antiético, a tal punto que ahora maquiavélico es equivalente a maligno. Como apunta Ruiz Castillo, “no puede achacársele a Maquiavelo que los políticos justifiquen cualquier medio para alcanzar sus fines, el autor simplemente relató lo que vio y tuvo por experiencia, ni lo creó ni lo inventó”.

El error popular es entender la ideología maquiavélica como una ética que no reflexiona más que llegar al fin perseguido, por lo que quedan justificados todos los medios utilizados para ello, por censurables que puedan parecer. La afirmación de que el “fin justifica los medios” fue condenada por sus propios contemporáneos, estableciéndose rápidamente una corriente antimaquiavélica en defensa de las bases morales hasta entonces establecidas, corriente que aún perdura hasta nuestros días. Cosa bastante injusta porque: a) lo que procura este autor es sencillamente analizar la política del modo en que los científicos estudian sus ciencias: independientemente; y b) no podemos entender a Maquiavelo sin antes ubicarnos en su propio entorno: Florencia, siglos XV y XVI, una de las ciudades más significativas por su actividad cultural y comercial.

La Edad Media había originado en Europa un sinfín de principados feudales fragmentados que se convertían en factores contraproducentes a la necesidad de centralización del poder que requería las nuevas clases sociales en su búsqueda de expansión comercial. La amplia experiencia recolectada por Maquiavelo en las cortes europeas como delegado del consulado florentino, su contacto con príncipes y su observación de las decisiones gubernamentales, le permitieron una visión excepcional sobre el carácter de los hombres de Estado y el significado de sus oscilaciones políticas. “El Príncipe” es un esfuerzo de comprensión histórica sobre las realidades políticas de la Italia del siglo XV. La ambición de Maquiavelo era única: ver una Italia unificada pues, a diferencia de los países europeos, en Italia no se había edificado el Estado-Nación. Razonaba que el soberano que fuese a desafiar este reto histórico necesitaría de una suma de poder que lo convirtiera en un monarca absoluto. Monarca absoluto “democrático”, pues esa misión sólo era posible si el gobernante arma a los ciudadanos para liberar a su patria de las fuerzas extranjeras. Sólo en una Italia unificada y en un ambiente de paz se le puede ofrecer al pueblo leyes justas. Para Maquiavelo los fines políticos eran inseparables del bien común.

“El fin justifica los medios”, no es una sentencia falta de moral y ética como han intentado definir los críticos de Maquiavelo. Simplemente es una reflexión de sus circunstancias. No intenta justificar crímenes y venganzas, sino identificarlos como parte de la vida política. Los mismos griegos detectaron los problemas del Estado en los problemas del hombre (relación todo-unidad).

Tiene razón Ruiz Castillo al recordarnos que “Maquiavelo pasó a la posteridad, no como debía (sino) recordado como el consejero de déspotas y tiranos de todos los tiempos”. Para comprender lo errado de esta postura histórica debemos cerrar este artículo comparando a Maquiavelo con un médico que descubre una nueva enfermedad. ¿Es el médico culpable de este nuevo virus? ¿O no es más que simple observador cuya tarea es estudiar y difundir cómo funciona? La misma pregunta debe hacerse con Maquiavelo y responderse con justicia, dándole el debido reconocimiento que se merece este gigante del pensamiento político.

El autor es escritor nicaragüense.
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