MIéRCOLES 17 DE MARZO DEL 2004 / EDICION No. 23394 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




El “fracaso” de la democracia

Casi siempre que se analiza o se opina simplemente acerca de acuciantes problemas socioeconómicos, como el desempleo o la criminalidad social, lo mismo que sobre las crisis políticas institucionales causadas por las luchas de poder y las ambiciones de los políticos, se asegura que se deben al fracaso de la democracia.

Pero lo mismo se dice en otras partes. En realidad, esa percepción no es exclusivamente nicaragüense sino que se trata de una manifestación de la naturaleza humana. Igual que las personas, los pueblos raramente asumen la responsabilidad por sus culpas y errores; por el contrario, casi siempre buscan a quien culpar de lo que es consecuencia de sus propias fallas, debilidades e ineptitudes. Esto es un defecto de carácter individual y social que sólo se corrige o supera por medio de la educación.

En América Latina, específicamente, cada vez más personas dicen sentirse desilusionadas con la democracia, como lo demuestran los sondeos anuales que hace la Corporación Latinobarómetro. El año pasado, por ejemplo, los resultados de un sondeo que la mencionada corporación hizo en 17 países de América Latina, indicaron que el grado de insatisfacción de la gente con la democracia, a nivel regional, subió cuatro por ciento en ese período, al pasar del 68 por ciento en 2002 a 72 por ciento en 2003.

Según los analistas de Latinobarómetro la gente se desilusiona con la democracia porque cree que ésta debe resolver los problemas económicos, sociales y políticos, pero no los resuelve. Y también se desencanta, en casos como el de Nicaragua, por la inestabilidad de las instituciones y la ineptitud y la corrupción de los políticos, particularmente de los que ocupan las posiciones de poder.

En realidad, la democracia es un sistema de gobierno y de vida que por su propia naturaleza ilusiona a la gente, le crea expectativas y le alienta esperanzas, pero por eso mismo le provoca desilusiones al no cumplirse sus ideales. Los ciudadanos creen que la democracia es la solución en sí misma —y no el medio para resolver que en realidad es— y esperan que aquella realice el bien común y establezca el imperio de la razón y la equidad.

La ilusión ha sido una parte constitutiva de la democracia desde que ésta fue creada en la antigua Grecia, pues la gente siempre ha tenido creencias trascendentales, una de las cuales es la aspiración al buen gobierno. Es más, la democracia no podría existir si la gente no tuviera ilusiones ni renovara sus esperanzas de manera incesante, como cuando se cambia a un gobierno por otro esperando que éste sí satisfaga sus aspiraciones.

De modo que lo que fracasa no es la democracia sino quienes la administran de manera ineficiente y abusan de ella. Por ejemplo, la crisis de la Corte Suprema de Justicia y la forma grotesca en que se “resolvió”, o la inestabilidad en la Asamblea Nacional, no se deben a que esas instituciones hubieran fracasado, sino que sus titulares —magistrados y diputados— son ineficientes, o codiciosos, o corruptos, o partidistas, o todo al mismo tiempo.

O sea que la solución de los problemas institucionales, sociales y nacionales no consiste en abolir la democracia y confiar el poder a un caudillo o un cacique autoritario. En ese caso el remedio resulta peor que la enfermedad, como le ocurrió a Venezuela con Chávez. No es la democracia lo que se debe desechar sino a los funcionarios incompetentes y corruptos, para poner al frente de las instituciones a personas eficientes que tengan vocación de servicio y sentido de misión, no alma y ambición de saqueadores.

Pero también es necesario reconocer que los malos funcionarios y peores políticos no salen de la nada, sino que son producto de la misma sociedad. Por eso lo que se debe hacer primordialmente es educar a los ciudadanos para que ejerzan apropiadamente sus derechos y obligaciones cívicas, como votantes, como afiliados de los partidos políticos y como funcionarios cuando son elegidos por el pueblo o designados para ejercer una función pública.

Si los ciudadanos piensan como Arnoldo Alemán o Daniel Ortega, ¿a quiénes sino a éstos van a escoger para que gobiernen y hagan los desastres que han hecho y siguen haciendo aún desde “la llanura”?
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