Regreso al país natal
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Destete del mueble alimento, 1934. Salvador Dalí. |
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Ariel Montoya
Yo, Raymundo José Flores Fonseca, oriundo de Las Jagüitas de Managua, engendrado por veredas pobladas de chocoyos y gorriones y cercos de piñuelas y polvosas frondas de mango, me quito y alzo el sombrero blanco de la nueva era y ratifico mi destino y certidumbre de soldado. Soldado soy, soldado he sido, soldado de la paz y la concordia, orgulloso de los torrentes indígenas de mi sangre y del perfil de este rostro chorotega que ha visto Bagdad, Mosul, Karkuk, Karbala, los minaretes en espiral de Samara, las ruinas desoladas de la antigua Babilonia y sus dorados ladrillos milenarios de destellos desafiantes, las mezquitas de torres almenadas y las anchas avenidas y calles con nombres de guerreros y profetas y gritos de lengua desconocida... Allí estuve yo para llevar la paz, el más preciado don. Allí estuve, en el país una vez llamado Mesopotamia. Entre el Éufrates y el Tigris, entre presas y pozos, murallas y desiertos y túneles secretos. Allí estuve. Caminando miles de kilómetros, deshaciendo minas, neutralizando explosivos, salvando preciosas vidas de niños, mujeres y ancianos, hondos rostros heridos de hombres como nosotros: humanos, tiernos, doloridos, atenidos a la luz de la esperanza. Allí viví el calor ardiente del día y la noche fría. El paso lento de la Luna a la hora del descanso pensando siempre en mi novia con olor a hierba y a rocío, y sobre todo en vos, Nicaragua, tierra mía que ahora piso y bendigo para que florezca siempre, encima del dolor y el odio, el amor y la paz en el mundo. Yo, Raymundo José, aquí ya, intacto, entre los míos.
Aeropuerto Internacional Managua, 1 de marzo del 2004. 
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