La palabra de Lázaro Carreter
 |
|
 | A propósito del fallecimiento del acádemico español |
|
Lázaro Carreter. |
| |
Pablo Gámez*
“En el ámbito futbolístico se ha desarrollado hace poco con virulencia agresiva una metáfora que juzgo incurable. La oímos a diario (esta temporada, literalmente a diario): el equipo se estira, el delantero le gana la espalda (?) a la defensa, está solo ante el portero en uno contra uno, el gol se ruge ya por la multitud, pero el crack chuta y manda la pelota a hacer gambetas al banderín. Y en ese instante, indefectiblemente, el comentarista-filósofo que suele acompañar en las retransmisiones al narrador, emite su solvente excogitación: el Zaragoza (lo nombro porque lo quiero y porque es diestro en esa pifia), “está perdonando mucho”. Luego, el exegeta asevera grave: “El equipo que perdona mucho acaba perdiendo”. Y enseguida, sentenciará más hondo aún: “El fútbol es así”.
Es probable que toda la comunidad hablante adopte pronto el verbo perdonar con ese significado intransitivo: “En el fútbol, desperdiciar repetidamente un equipo las ocasiones de meter gol”; antes se decía simplemente fallar. La nueva acepción, por el momento, sólo pertenece a la jerga balompédica, pero como el fútbol sale hasta por el tubo del dentífrico, el vocablo será muy pronto de conocimiento general. Y de este modo, un tropo inventado como graciosa creación personal por un ignoto artista de la crónica deportiva, ha cundido hasta rebosar por toda la extensión de las ondas y del papel.
Ello constituye buena prueba de que el desenfado de muchos de tales comentaristas, puede convertir en triunfo el dislate. Porque perdonar significa, en el habla común, “alzar la pena, eximir o liberar de una obligación” a alguien. Y el arquero no tenía obligación de dejarse meter gol: no había que eximirlo; al contrario. Por otra parte, quien perdona lo hace adrede y cobra fama de misericordioso, pero las gradas embravecidas suelen llamar imbécil al futbolista o al equipo que, “queriendo arrasar al contrario —¡todo menos perdonarlo!—, marra el tanto teniéndolo a huevo”.
Estos párrafos reflejan inequívocamente ese ingenio, ese humor y esa malicia que Fernando Lázaro Carreter destiló en su combate diario contra toda esa tribu de asaltapalabras que trata la lengua a hachazo limpio, cual de un alcornoque enfermo se tratara.
Esta tarea, un tanto prometeica y un mucho sisífica, de denunciar y asetear esos despropósitos y esas tropelías a los que se ve sometido el idioma por boca y puño de periodistas, políticos o el simple ciudadano desprevenido —o, más bien, despreocupado—, tuvo sus primeras escaramuzas allá por el año 1975, en el ya desaparecido periódico informaciones.
Lázaro Carreter siguió tirándonos cariñosamente de las orejas por el uso ignorante y, por qué no decirlo, pedante que de nuestro idioma hacemos. Cabe recordar que El dardo en la palabra reunió por primera vez, y más por instigaciones ajenas que por voluntad propia —según escribió el propio Lázaro Carreter— todos esos neologismos, barbarismos, extranjerismos y otros ismos de mal agüero que han venido acompañando al castellano durante todos estos últimos años.
Decía Fernando Lázaro Carreter: “No tengo nada contra los periodistas, podría hablar de cómo marran al hablar los ferroviarios, o los agentes de bolsa, pero sucede que a los periodistas se les oye más, y a veces los errores son tan torpes que mueven a la risa. O a la indignación. Porque en ningún momento tan dramático como el del accidente de tren de Pamplona es admisible que un periodista diga: “Han muerto al menos 22 viajantes”. “¿O es que eran todos vendedores de Sabadell?”. Y es precisamente aquí, en las turbias aguas periodísticas, donde Lázaro Carreter se puso las botas (entiéndase en el doble sentido de la expresión) para pescar gazapos como “que tal o cual actor o director ha sido nominado para un Óscar”; “Raphael ha estrenado el último de sus rutinarios recitales”; “La pedagogía de la televisión escolar hace énfasis en la importancia del esfuerzo de cada alumno”. Lázaro Carreter también consideró a los políticos merecedores de sus “dardos”, y no sólo, claro está, por su abundante y parda gramática. Sus dimes y diretes se incorporan con ingenuidad al vocabulario de bolsillo del ciudadano repanchigado en el sillón, sin pararse en modos o maneras lingüísticas mínimas. “Hay en la oposición nada menos que diecinueve partidos que se reclaman de un socialismo democrático inspirado en Carlos Marx”; “el partido PTH se ha coaligado con el partido HTP”; “Lo han decidido los ministros que han participado a la conferencia de Londres”, son algunos de los felices hallazgos atrapados al vuelo que en esa otra gramática de todo político terminan asomando.
Junto al análisis de los titubeos y la inseguridad en el manejo del idioma de determinados grupos, como los arriba citados, y cuya divulgación acaba influyendo de manera centrífuga en el uso general, Lázaro Carreter dedicó una parte importante de sus artículos a los neologismos y los extranjerismos, lo cual es hoy más que nunca comprensible, ya que la sociedad multicultural y abierta que vivimos importa a velocidad de microondas términos nuevos que reflejan modos de vivir nuevos. Fax, airbag, big bang, o whisky son términos que, en la mayor parte de los casos, desgraciadamente, nos son impuestos desde afuera, y cuyo intento de españolización con los correspondientes “facsímil”, “cojín de aire”, “gran pum” o “güisqui” no ha logrado acogida en la lengua escrita o hablada.
Bien diferente resulta, en el sentido que nos ocupa, el uso de vocablos como pressing, play-off, stage, sponsor, after-shave, derby o in, cuando en castellano son a todas luces superfluos —por muy distinguidos que puedan sonar en ciertos ambientes y más en un país donde desde la época de Felipe II el saber idiomas ni con sangre entra— y no suponen otra cosa que ganas de aguar, por no utilizar ese verbo en el que todos estamos pensando, la fiesta. Y ni decir tiene que el gran número de anglicismos que diariamente aterriza por bemoles sobre las pistas del español, como los rocosos a nivel de, en base a, en relación a, no merece el perdón del dios de las palabras.
Quizás sea este el momento idóneo para recordar la célebre Carta al lector de Playboy o tratado mínimo de estética de Don Rigoberto, en la que leemos que “Toda persona que escribe ‘nuclearse’, ‘planteo’, ‘concientizar’, ‘visualizar’, ‘societal’ y sobre todo ‘telúrico’ es un hijo (una hija) de puta”. No me gustaría ser tan minucioso ni tan malpensado como Don Rigoberto, sus razones tendrá. Sencillamente creo que Lázaro Carreter dejó siempre la pelota rebotando en el campo de los lectores, al más genuino estilo de Borges: “entreteniendo, conmoviendo, siempre persuadiendo”.
*Redactor de Argot–In 
|