MIéRCOLES 10 DE MARZO DEL 2004 / EDICION No. 23387 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




La cultura del miedo

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Edmundo Dávila Castellón

El reciente asesinato atroz del periodista Carlos Guadamuz, ha causado gran conmoción y fuertes reacciones de repudio entre la gente buena, honrada y sensible de Nicaragua, generando asimismo vibraciones negativas de temor e incertidumbre entre los periodistas y la población en general. En un país donde impera el desorden, la discordia y el divisionismo ancestral, saturado de situaciones anómalas y amenazantes, es natural que se imponga paralelamente, la “cultura del miedo”.

Pero ampliando un poco el tema de la criminalidad en Nicaragua, no sólo se trata de lamentar la muerte de un conocido periodista, valiente y decidido, sino de reflexionar seriamente sobre una desgracia más, acaecida a otro ciudadano inerme e indefenso, como las que la Policía contabiliza a diario en todo el país.

Baste señalar que desde que pereció trágicamente Guadamuz, el 10 de febrero, han ocurrido a la fecha múltiples asesinatos más, fenómeno al que se presta poca atención, como si la vida no valiera nada en este maldecido país.

Existen dos razones fundamentales que conducen a la enfermiza “cultura del miedo” en Nicaragua:

1. La población no confía en absoluto en la justicia de este país y sabe perfectamente que los maleantes, asesinos, sicarios y ladrones se consideran impunes y por lo tanto no esperan ningún castigo proporcional a su delito. Como prueba de este aserto valga la frase de Villaume: “La esperanza de la impunidad, es para muchos hombres una invitación al crimen”.

2. La increíble facilidad y ambiente propicio para la delincuencia criminal, que tienen los malhechores para atacar violentamente, a cualquier hora y como en despoblado, a personas inocentes y desprotegidas, ultimándolas a mansalva, ya que no temen ninguna fuerza intimidatoria policial que se los impida. La policía siempre llega después, cuando ya no hay remedio, dizque por falta de presupuesto que les imposibilita para prevenir el delito. Si estuviéramos como en Costa Rica, por ejemplo, con dos guardianes del orden en cada cuadra, patrullaje policial, atención inmediata y efectiva de emergencias, etc., se reduciría sustancialmente la criminalidad, pero nada de eso, desgraciadamente, podemos observar en Nicaragua.

El Ministerio de Gobernación no hace nada efectivo por adoptar las medidas preventivas que compete para proteger la vida y la seguridad de los ciudadanos. Más bien recurre a fórmulas negativas, propalando irresponsablemente que “Nicaragua es el país más seguro de Centroamérica”, cuando se registran, fuera de otros delitos graves, un promedio de dos homicidios por día, que luego pasan, con pasmosa frialdad, a engrosar las estadísticas policiales.

En los comienzos de la década de los noventa, una conocida y alta funcionaria política norteamericana calificó a Nicaragua como “tierra de asesinos y ladrones”, que al día de hoy pondría en tela de juicio la seguridad de este país que se ensalza reiteradamente para seducir a los ansiados y escurridizos inversionistas.

La inversión extranjera sólo puede promoverse con la paz social, la estabilidad política, la gobernabilidad y otros factores positivos, de los que carecemos, pero que resultan indispensables para reducir ostensiblemente el llamado índice de “riesgo país”.

Si la seguridad ciudadana fuese el único incentivo para los inversionistas, éstos no expondrían su capital y hace tiempo se hubieran retirado de El Salvador y Guatemala, los vecinos más “inseguros”. Sin embargo, en ambos países existen millares de empresas prósperas y boyantes, siendo los más industrializados de la región centroamericana.

Si a la Policía le faltan recursos humanos y materiales, como aducen, debiera ser ésta la institución a la que se asigne el mayor presupuesto de la nación, aunque se desvíen otras partidas, como se ha hecho en Guatemala.

En cuanto a la “libertad de expresión”, que no sólo es privativa de los periodistas sino también del resto de la sociedad, la precaución o la prudencia obliga a los ciudadanos a ser “reticentes”, callando lo que pudieran decir. Cada quien es libre de escoger entre vivir con la mentira o morir por la verdad. La primera alternativa es más cómoda y segura, siendo difícil calificarla de medrosa o cobarde, ya que muchos arguyen, en su aparente apatía política, que “de valientes están llenos los panteones”.

Desde el inicio de la cacareada y siempre anhelada “transición”, y ante tantos problemas y calamidades sociales, crímenes políticos y comunes desde entonces, los nicaragüenses aún se encuentran lejos de pensar y actuar normalmente, es decir, sin temores, frustraciones e incertidumbres Erich Fromm convence con El miedo a la libertad, pero en Nicaragua se vive con miedo y sin libertad.

Estas precarias condiciones humanas nos hacen dudar si realmente la “democracia” de Nicaragua vale la pena vivirla.

El autor es ingeniero civil.
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