Daniel Ortega contra la libertad de expresión
Mauricio Mendieta Herdocia
En su discurso en ocasión del 75 aniversario del asesinato del general Sandino, Daniel Ortega —con una retórica que me hizo recordar y por momentos vivir la triste década de los ochenta, cuando su gobierno tenía el poder absoluto con un control total sobre el país y los ciudadanos en general, y sobre los medios de información en particular— acusó e insultó con su grotesca y característica vulgaridad a diferentes sectores de la vida nacional, y en especial al diario LA PRENSA, de haber emprendido, según él, una campaña de desprestigio contra el Frente Sandinista aprovechando la muerte del señor Carlos Guadamuz.
Es comprensible que Daniel Ortega no entienda y no quiera comprender las opiniones diferentes a las de él o a las de ellos, porque sencillamente estuvieron acostumbrados durante diez años y nueve meses a escuchar únicamente las opiniones favorables, adulaciones y expresiones fanáticas a su favor, apoyados en la permanente, férrea y a veces ridícula censura de prensa que ejercieron sobre los diferentes medios de difusión. Tampoco parece entender el señor Ortega lo que es el periodismo investigativo. Ni que por las investigaciones de este tipo de periodismo ha sido posible denunciar y enjuiciar a varios personajes políticos y funcionarios públicos por actos de corrupción y enriquecimiento ilícito.
Ortega ha querido, con algunas actitudes y comportamientos, proyectar una nueva imagen y aparentar y hacer creer a la población que ha cambiado, que se ha renovado y hasta que se ha convertido a la fe cristiana. Se ha vestido en campaña electoral, imitando a doña Violeta, con camisa blanca; se quitó el bigote, luego se lo volvió a dejar, pero recortado. De rosado chicha fue su última campaña electoral y hasta cambió los colores de las siglas FSLN. Sin embargo, con su discurso intimidatorio, prepotente y además desfasado se ha puesto en evidencia una vez más que no ha cambiado y sigue siendo el mismo de los años ochenta, demostrando con su prédica que si llegara nuevamente al poder trataría de hacer lo mismo que hizo en aquella época.
La democracia representativa y participativa, aún con los defectos que pueda tener, continúa siendo el sistema político perfectible que más se adapta a la idiosincrasia nacional. Ortega necesita urgentemente ir a la escuela de la democracia, que no es más que una escuela de crítica y tolerancia. “Sin libertad la democracia es despotismo, y sin democracia la libertad es una quimera”.
La libertad de expresión que tanto reclamó la población nicaragüense y por la que fue asesinado Pedro Joaquín Chamorro, y la que hoy gozamos sin ninguna restricción todos los nicaragüenses, es la libertad fundamental y pivote central de todas las otras libertades públicas. Por lo tanto debemos no solamente defenderla, sino cuidarla, con la convicción de que la misma es esencial en el avance y consolidación de nuestra frágil e incipiente democracia. La emisión de las ideas tanto por la prensa como por las personas debe ser tan libre como es la facultad del hombre de pensar libremente.
Es importante evitar el libertinaje de aquéllos que so pretexto de hacer uso del derecho que les asiste por la libertad de prensa existente, injurien y calumnien a cualquier ciudadano y mancillen el honor de una persona. Para evitar en lo posible este agravio es importante establecer o modificar la ley existente para que aquella persona a la cual se le compruebe que ha calumniado o injuriado, sea castigada de forma rigurosa y con penalidades económicas importantes.
Es urgente en Nicaragua rescatar la política del caudillismo que tanto daño le ha hecho y le sigue haciendo a Nicaragua y a nuestra joven democracia, y también rescatarla de la actual clase política que en su gran mayoría vela por sus propios intereses, especialmente económicos, sin importarle las necesidades más apremiantes de la clase más empobrecida de este país.
El autor es médico.

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