Sobre el enigma del objeto
Johannes Kranz
Imagínense a un arrocero de Malacatoya, un día cualquiera al atardecer, de regreso a su casa. Atraviesa el río, toma un breve descanso y se lava el polvo de los pies. Abstraído en sus preocupaciones cotidianas, apenas puede enterarse de su entorno. Encuentra un “chunche”, lo ve rápidamente, lo guarda en su bolsillo y continúa su camino, cargando con su cansancio de la vida. En su casa come los frijoles y se va a dormir. Encuentra el “chunche” en el bolsillo. ¡Ah!, dice, “el chunche éste, cómo le llaman: antigüedad, tal vez lo pueda vender. Bueno...”
Este pequeño relato, aunque por sí mismo nada de asombroso, puede tal vez dar un poco del sabor de la vida en Malacatoya, un sentimiento peculiar que parece un vacío, y puede, tal vez también, abrir una ventana. Por supuesto, el huracán Mitch en 1998 destruyó bastante en esta zona, y la vida después no ha sido demasiado buena. Sin embargo no es que la gente de esta región ha sufrido hambre. Tienen lo básico para morir viejos. Parece que es más que todo otra ausencia, un vacío cultural, un vacío de la historia del pasado, un vacío de perspectiva en el futuro. Parece también que ese vacío es un estado esencial de la vida, no solamente en Malacatoya: es representativo de muchas zonas, regiones, si no países postcoloniales enteros.
A primera vista la ausencia se muestra en aspectos superficiales de la vida: pobreza material, desempleo, enfermedades, escasos recursos humanos, desilusión política, para mencionar lo obvio. Pero más básicamente es el vacío de una identidad cultural. Hablando de este concepto no coincide con que sea una cultura definida o una identidad prescriptiva. Se define más que todo el espacio en que puede desarrollarse una nueva identidad cultural.
En el fondo el problema de estas “zonas vacías” tiene sus raíces en un plano más amplio, un plano histórico-cultural:
Hoy, la mayoría de los países del llamado “Tercer Mundo” se encuentran en una situación peculiar de desorden cultural. Su autoconcepción y autoestima típicamente se parece a un collage reciclado de varios vertederos de otras civilizaciones: elementos recién importados, fragmentos opacos o erizados de ideas y costumbres adaptadas que florecen en los suelos fértiles de la pobreza y la desesperación. Desde un punto de vista de gran escala, las causas de este desorden parecen obvias: desconectada de sus raíces, la mayoría de la gente en estas zonas ha llenado el vacío con residuos ideológicos, acompañado por economías fregadas. A un nivel cultural, los países del “Tercer Mundo” metafóricamente terminan siendo ni lo uno ni lo otro: enajenados de tradiciones existentes desde hace mucho tiempo por un lado, adaptaron por el otro, gustosamente, cualquier elemento que les promete esperanza. Observando su modo de vivir, se nota una desconcertante mezcla entre la Edad Media y “High Tech”, un contraste fuerte no solamente entre lo obsceno capital y una pobreza abundante, pero también entre un pasado olvidado y un futuro inseguro: carros ostentosos, GPS y cyber net, al lado de gente pobre, indigentes encogidos en sus casas de plástico y zinc.
En tales condiciones históricas y sociales parece imposible reclamar un aprecio de “valores arqueológicos”, tanto ética como económicamente. O sea, en tales condiciones casi no hay ni siquiera el interés en actividades arqueológicas. El vacío de identidad cultural junto con la pobreza económica han creado una falta característica del reconocimiento entre la población como también entre las autoridades ejecutivas. Ahora, el hombre de la calle usualmente no demuestra interés en la idea de preservar o rescatar los vestigios del pasado, y en cambio, el sector de la alta sociedad puede estar interesado en actividades arqueológicas, pero solamente en la medida que creen que se puede comercializar turísticamente el pasado y convertirlo en lucro.
Con razón puede parecer que este análisis presenta una imagen exagerada y generalizada, pero pienso que de todas maneras es la verdad, en el sentido que puede ayudar a clarificar unas de las raíces claves de la situación socio-cultural en general, y en especial de los problemas que resultan de esto para la mayoría de proyectos arqueológicos en Nicaragua.
En el siguiente aspecto quiero presentar una propuesta de cómo confrontar el dilema esbozado, por medio de un proyecto educativo y de preservación. En Malacatoya, Nicaragua, esta propuesta bosqueja una solución modelo que podría ser implementada en contextos similares en todo el mundo, y en particular en sociedades de pocos recursos para el rescate del patrimonio cultural.
En Malacatoya, Nicaragua, la fundación Casa de los Tres Mundos y la comunidad de los Ángeles/Malacatoya, en un esfuerzo conjunto, han logrado construir un centro habitacional de 135 viviendas para más que 800 personas damnificadas del huracán Mitch. Al mismo tiempo se construyó un parque de esculturas que representa un museo vivo con nuevos medios no convencionales. La presentación de piezas de exposición de grandes dimensiones y de contacto directo hace de éstas una historia viva para apreciarlas visualmente y sentirlas con el tacto. Artistas locales realizaron estas copias de piezas precolombinas encontradas y resguardadas, con la finalidad de regresarles parte de la historia e identidad a las personas que habitarán en la nueva ciudadela construida.
El autor es filósofo austríaco, cooperante de la Fundación
Casa de los Tres Mundos, Granada.

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