En el Día de la Mujer
Hoy se celebra el Día Internacional de la Mujer, ocasión propicia para saludar con cariño, admiración y respeto a todas las mujeres de Nicaragua: madres, abuelas, suegras, esposas, compañeras, novias, hermanas, hijas, nietas, primas, cuñadas, sobrinas, amigas, trabajadoras manuales e intelectuales, obreras, campesinas, empleadas, profesionales, dirigentes políticas y activistas sociales, religiosas, laicas y librepensadoras. A todas, en fin.
Pero el 8 de marzo es sólo una de las diversas fechas en que los hombres y la sociedad en general honran a las mujeres. Y ésta es una celebración de carácter político y por cierto de origen comunista, que la ONU universalizó.
Otra celebración no menos importante pero más sentimental, para honrar a la mujer, es el Día de la Madre. Y en el ámbito religioso el Día de la Virgen María, la Madre de Dios y en consecuencia de toda la humanidad, que es símbolo de la pureza femenina y sin duda la más perfecta de todas las mujeres que ha existido y existirá jamás, y cuya celebración enaltece lo espiritual pero honra a cada mujer de carne y hueso.
Lamentablemente no siempre se respeta a la mujer y no todos los hombres la reconocen como símbolo de la generación permanente y factor determinante de la conservación y la reproducción de la especie, ni por su dignidad humana que no es menor aunque tampoco mayor que la del hombre. Y aún hoy, a pesar de todos los avances de la civilización y de la cultura, a muchas mujeres se les sigue haciendo víctimas de la discriminación y de la violencia, inclusive doméstica, conyugal e intrafamiliar.
Se sabe muy bien que la violencia contra la mujer se manifiesta en múltiples formas, como la violación en las calles y dentro de las casas, el acoso sexual en los centros laborales y/o de estudio, la prostitución y los matrimonios forzados, la mutilación genital –en el caso de ciertas sociedades islámicas–, y crímenes con la intención de salvar el supuesto honor machista de un cónyuge, padre o hermano.
Sin embargo, está comprobado al menos por las cifras estadísticas que nunca son suficientemente confiables, que el mayor peligro para la mujer está agazapado o activo en el interior de los hogares, y que la persona que tiene más cerca y de la que por lo general depende económicamente es la que se comporta como su peor enemigo. Al respecto la Organización Mundial de la Salud informó hace algunos años que más del cincuenta por ciento de las muertes violentas de mujeres se deben a las agresiones criminales de sus esposos, compañeros de vida, novios y ex maridos.
Se conoce que la mayor parte de las personas que mueren prematuramente y de manera violenta, son varones. Sin embargo, quienes matan a los hombres son generalmente criminales absolutamente desconocidos para aquellos, mientras que a la mayoría de las mujeres asesinadas los victimarios son sus propios parientes, ya sea el esposo o el marido o compañero en unión de hecho, o su amante, y a veces su padre o su hermano.
Pero no es correcto ver a la mujer sólo como víctima o como un ser doliente. En todo caso es la minoría de las mujeres la que sufre por la violencia exterior y doméstica. En su mayoría las mujeres son respetadas y reciben un trato igual que el de cualquier otro ser humano, a pesar de que los activistas y promotores de la intolerancia de género y sexual aseguran, al parecer por razones políticas, que la mayoría de las mujeres son agredidas de cualquier manera pero sufren en silencio.
La verdad es que, sin menospreciar la magnitud de la discriminación y de la violencia contra la mujer que hay todavía en el mundo, ahora vivimos en una época en que cada vez más y más mujeres ejercen posiciones relevantes en la sociedad y en las esferas de poder, y son muchas más las que ingresan a las universidades y egresan como profesionales.
Por muchas razones la sociedad es cada vez más equitativa y respetuosa de la dignidad de la mujer. Lo cual hay que reconocerlo en ocasiones como ésta de la muy merecida celebración del Día Internacional de la Mujer.

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