¿Cómo hubieses querido llamarte?
Elmer Ramírez
Cómo hubieses querido llamarte, ésa es la pregunta de rigor para quienes al ser llamados por sus dos nombres cuestionan uno de los dos o tratan de omitirlo. Ya sea por ser demasiado comunes o por características culturales, como es el caso de personas cuya gracia es Natividad, Mamerto, Sinforoso o Gumercinda, y si a éstos le agregáramos a todos ellos de los Ángeles, la reacción es obvia.
¿De quien es el problema? De los padres de familia tal vez, por la coincidencia del día al que corresponden en el famoso Almanaque Bristol o del calendario católico, o al prejuicio convertido casi en vergüenza de quienes lo llevan. Lo más probable es que ambas causas son evidentes y enfáticas.
Algunos desde luego, tratan de imponerse para que se les llame por uno de los nombres, en tanto, sea el más sencillo y pasajero. Pues llamarse como el amigo Diosceclano Estanislao es un poco incómodo según sus propias palabras; actualmente la cedulación favoreció a quienes llevaban un tercer nombre que a la postre aumentaba la encrucijada.
Ahora bien, cambiarse de nombre podría ser lo menos recomendable, pues el barrio, los amigos, la familia misma, el entorno laboral, etc. Le seguirán llamando y con más ahínco con su original nombre de pila.
En cambio, existen otros que llevan con mucho orgullo sus nombres, gozan de los mismos e incluso, se los heredan a los nuevos miembros de la familia como una forma de celebrar por ejemplo, el hecho de llamarse Fortunato Rosario.
Otros prefieren no tocar sus nombres de pila y disfrutar de los apelativos o lo que se conoce como apodo, pues la gente goza a risa partida con la creatividad del pueblo. Bien sabemos que es difícil dar con algunas direcciones. Tal es el caso de José Pérez, cuando todos lo conocen como “Chepe Mono”.
Al fin y al cabo, hay que asumir el papel protagónico de nuestros nombres sean éstos amenos o presa de chistes maliciosos. Y corregir desde luego el problema cultural de los dos nombres que casi siempre llevamos, en vista que desde niños sólo se acostumbra a nombrarse con uno.
El doctor Sergio Ramírez, escritor connotado, en algunas de sus magistrales charlas ha señalado que una de las particularidades del ser humano necesarias para vivir con humor y denotada sonrisa, es que todos nosotros aprendamos a reírnos de nosotros mismos.
En el caso particular pocos me llaman con los dos nombres, y a decir verdad, cuando obtuve la cédula descubrí que el segundo nombre terminaba con m y no con n, es decir, Adam, en vez de Adán. Claro está, si mi padre se hubiese llevado por la costumbre de llamarme o ponerme el nombre que coincidía con la fecha del calendario o del almanaque, yo tendría que ser llamado Pedro Claver o Gorgonio, que precisamente corresponde al día nueve de septiembre, fecha de mi nacimiento.
El autor es docente horario de la UNI.

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