Llegó la hora de “romper con el pasado” en Haití para avanzar
Róger F. Noriega
Un capítulo en la historia de Haití ha llegado a su fin, y el pueblo haitiano se prepara a escribir un nuevo capítulo. La dimisión del presidente Aristide marcó el fin de un proceso que en su momento deparó vivas esperanzas de que Haití se librara de la violencia y el despotismo que lo han asolado desde su independencia hace doscientos años.
Lamentablemente, esas esperanzas siguen sin convertirse en realidad. El desafío que ahora enfrenta la comunidad internacional es ayudar al pueblo de Haití a romper por fin el ciclo de desgobierno político que tanto sufrimiento ha causado.
El enfoque de Estados Unidos para fortalecer la democracia en Haití es fomentar el respeto por los procesos constitucionales, el buen gobierno y la cooperación trabajando con nuestros asociados en el hemisferio a través de la OEA y de otros amigos de Haití. Lamentablemente, nuestros esfuerzos en Haití durante el régimen de Aristide resultaron infructuosos.
Simplemente no tuvo él la disposición ni la capacidad de crear un consenso político, de mantener una fuerza policial profesional y despolitizada, de frenar la corrupción galopante y el narcotráfico entre sus secuaces, o de promover una atmósfera de seguridad en la cual sus oponentes políticos no temiesen por sus vidas.
No es de extrañar, pues, que el mes pasado, cuando uno de los grupos más numerosos de sus partidarios se pusieron en su contra y se alzaron en franca rebelión, el Gobierno no tuviera medios eficaces, ya no digamos legítimos, con los cuales responder. El rápido colapso de la autoridad en todo Haití es un crudo testimonio, no de la fuerza de los matones que querían derrocarlo, sino de las fallas del propio Aristide.
Esto dispuso el escenario para su llamamiento de última hora solicitando una intervención militar extranjera. Pero al final, ningún otro país, como tampoco Estados Unidos, estuvo dispuesto a enviar fuerzas para sostener el fracasado status quo en Haití. Para entonces, la mayor parte de la comunidad internacional se dio cuenta de que Aristide había socavado sin remedio la democracia y el desarrollo económico en Haití. Su decisión de dimitir inició así un proceso constitucional que transfirió el poder al presidente de la Corte Suprema. Un nuevo gobierno se va a formar ahora, bajo un Primer Ministro independiente.
Ahora, algunos dirigentes en la región han expresado preocupación de que pudiera pasarle a cualquiera de ellos lo que le ocurrió a Aristide. Sabiendo lo que sé sobre los responsables dirigentes electos del hemisferio, me resulta difícil concebir siquiera tal eventualidad. No sé de ningún otro dirigente que, por más de una década, violara sistemáticamente los derechos de su pueblo, desafiara a la comunidad internacional, consintiera el narcotráfico o tolerara tan ubicua corrupción. Y eso es lo que hizo Aristide, y es por eso que se encuentra como ahora está: sin legitimidad y sin apoyo.
Por parte de Estados Unidos, seguiremos siendo un firme apoyo para la democracia en Haití; es casi seguro que seguiremos siendo su principal fuente de ayuda económica (entre 1995 y 2003, Estados Unidos suministró a Haití más de 850 millones de dólares en asistencia); y seguiremos apoyando créditos internacionales para Haití sobre la base de criterios técnicos. El primero de marzo, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas resolvió hacer un llamamiento a favor de la sucesión constitucional, el proceso político y la promoción de una solución pacífica y duradera a la crisis actual en Haití. Ahora, Estados Unidos encabeza la Fuerza Multinacional Interina (FMI) autorizada por esa resolución. Los objetivos del FMI incluyen estabilizar la situación de seguridad y brindar a los haitianos ayuda humanitaria de emergencia. Los principios del plan de acción de la Comunidad del Caribe (CARICOM) siguen guiando los esfuerzos para formar un gobierno independiente que goce de amplio apoyo popular, y trabajar con ese gobierno para restablecer el estado de derecho y otras instituciones democráticas clave, al mismo tiempo que fomenta medidas para mejorar la difícil situación económica de la población haitiana.
Ha llegado la hora de poner a Haití en primer lugar.
El presidente Bush ha hecho un llamado a “romper con el pasado” en Haití. Y en verdad, Haití tiene que romper con el pasado si ha de seguir avanzando. Eso podrá ocurrir solamente cuando el increíble potencial del pueblo haitiano se desate en afanes productivos. En ninguna parte está escrito que el pueblo haitiano tiene que ser pobre o gobernado por tiranos. Merece dirigentes dignos de su confianza y su respeto, que antepongan el bien común sobre la ganancia personal. El respaldo de Estados Unidos y de la comunidad internacional puede ayudar —y habrá de ayudar— en el prolongado esfuerzo del pueblo haitiano por reconstruir su país.
El autor es Secretario de Estado Adjunto para Asuntos del Hemisferio Occidental.

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