Cosas veredes Sancho amigo
Greytown y los vuelos locos del aviador Tomás Briones
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Corrían los años cuarenta y entre los bisoños pilotos nicaragüenses se comentaba con admiración la hazaña de Jimmy Ángel, que siguiendo el curso del río Churún, en Venezuela, había descubierto en 1937 el salto continuo más alto del mundo, logrando aterrizar en la cumbre del farallón donde las aguas se precipitan a un abismo de mil metros, entre arco iris, nubes y vapores que le dan cortejo en su caída |
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Tomás Briones Arauz expele densas volutas de humo de su habano, en su natal Estelí.
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Mario Fulvio Espinosa
En Nicaragua estaba en su furor “la Fiebre del algodón”, de la cual emergió una nueva clase de potentados del agro que vinieron a ser dueños de las tierras planas de la costa del Pacífico. Estos nuevos cresos instalaron desmotadoras y plantas productoras de aceite, fundaron escuelas de aviación y llenaron los cielos de aviones “Stearman”, “Piper” y “Cessna” manejados por jóvenes ambiciosos que querían ganar en el menor tiempo posible los jugosos sueldos que devengaban los veteranos pilotos fumigadores.
Uno de estos pilotos bisoños fue Tomás Felipe Briones Arauz, feroz admirador de Jimmy Ángel, a quien sus compañeros llamaron “El Loco Briones” por su valor casi suicida para resolver los problemas más graves en materia de vuelos rasantes, “aterrizajes y despegues en un pañuelo” y menospreciar el reto de volar en las peores condiciones meteorológicas.
Hoy, a sus 72 años, Tomás Briones recapacita en su natal Estelí, y entre las densas volutas de humo que salen del habano que chupa y fuma, recuerda aquellos tiempos de locura y gloria, cuando era costumbre entre los pilotos fumigadores reunirse en un bar para contarse y saborear las hazañas del día, porque no había la certeza de que al siguiente se tuviera un hálito de vida para poder hacerlo.
Piloto en edad precoz, Tomás trataba de superar sus proezas cada día, dándole vueltas a una millonaria ruleta rusa que casi no entendía de medias tintas, o se ganaba la “billetiza” o se perdía la vida. Muchos amigos de Tomás y del que esto escribe, sucumbieron en la empresa, pero el dolor de su ausencia era más bien acicate para los que quedaron surcando los cielos de los peligrosos campos bananeros y algodoneros.
UN PILOTO “CALAVERA” EN GREYTOWN
“Te voy a contar –me dice– un pasaje de mi vida que tiene que ver con la Costa Atlántica, zona en la cual viví y volé durante nueve años. En ese tiempo –años cincuenta– yo era un piloto joven que a lo más que llegaba era a las cien horas de vuelo. Me había enrolado en la Fuerza Aérea donde fui muy bebedor, muy paseantino, muy mujerero. Todo eso contribuyó para que un día los jefes me dijeran: ‘Te vas penalizado para Greytown’. Está bien, les respondí, porque al que manda no se le suplica”.
“Yo ni idea tenía por dónde quedaba el tal Greytown, agarro mi avión y pongo rumbo a Bluefields, ahí echo gasolina y se me ocurre preguntarle a mister George Brown, que era el controlador de Bluefields: ¿Cómo está para ir a aterrizar a Greytown? Bueno, me dice, hace cien años había aeropuerto... ¿Y usted dónde piensa aterrizar ahí? Pues yo en cualquier parte, le digo.
“Te cuento que me mandaron a Greytown porque yo era muy atrevido en el asunto de meter el avión en cualquier parte. Salí, pues, de Bluefields como a las cinco y pico de la tarde, me acompañaba Marcial López, que era mi instructor y el que me iba a dejar ahí. No era ni de día ni de noche, entonces me dice Marcial: “Vamos a aterrizar aquí hace el “approach”, pero de pronto vimos una tortuga que se tira. Aquí es río, le digo, pero el río estaba cubierto de zacate y nos hubiéramos hundido, entonces aceleramos y salimos para arriba, en la salida para arriba de pronto vemos una luz, una bujía. Mirá, le digo a Marcial, ahí está el pueblo. “Bueno, me dice, vamos a aterrizar”. Pero lo más que había de pista eran trescientas o cuatrocientas varas y unos árboles de cuarenta metros que son los que tapan el cementerio que dejaron los franceses en ese lugar.
“Entramos a un ángulo de 45 grados, pero ya no pude matar el ángulo y pegamos en un riel donde corrían los trenes o tranvías hará ahora más de cien años, se arrancó una rueda y salimos disparados debajo de unos cocos... Y el montón de gente mirando, pues no estaban acostumbradas a ver aviones, entonces les grito: Nadie se arrime aquí, entonces llegó el alcalde Andrews Beyfour y dice: “Oh, yo ser alcalde aquí”. Dele viaje, pues, le contesté. Damos aviso a Managua que tal y tal cosa había pasado, que hay que traer una rueda y que hay que traer una hélice, pero nadie vino. Total que yo reparé el avión porque también era mecánico de aviación.
EL CEMENTERIO Y VESTIGIOS DEL CANAL
“El clavo después era que miraba la pista muy chiquita para despegar, entonces comenzamos a botar árboles, derribamos también la iglesia morava y la anglicana que habían sido construidas con maderas traídas de Europa, pero ya las casas estaban tan viejas, tan podridas, que sólo les pegamos un meneón y se fueron cayendo solas. Ya tenemos 700 metros de pista, que es como decir la pista de un portaavión. Hombré esas casas eran lindas, había una con escalones de mármol, aquí nació Alfredo Pellas, ¡Alaaaa! Dije yo, hasta me pongo chirizo. Fuimos a ver la casa adentro, preciosa, porque era de una madera especial traída de Europa, allí no había madera criolla y le digo a Marcial: “Hombré, este palo de pino no lo vamos a botar porque tiene como cuarenta pulgadas de diámetro, Hombré no, me dice, botemos los otros palos, así nos fuimos en plena selva hasta que, sin darnos cuenta, llegamos al cementerio que había sido de los extranjeros, entonces me dice Marcial: “Aquí estaban haciendo el canal”, porque había una gran zanja.
“En el cementerio había varias tumbas, las de Peter de Souza, un tal Smith, Delagneau, Peter Sonniere, Travel, Oliu y todo eso. Las tumbas son de mármol y los angelitos de bronce, tal que yo quité uno de los más chiquitos y me lo traje. Habían como unos veinte, treinta mausoleos a la orilla del canal. Estaban en la montaña, entre las malezas, ese era el cementerio de la gente que llegó a hacer el canal ahí. Todavía miramos dos dragas viejísimas, antiguas, ya sarrosas, en la bahía. El canal está lleno de agua hasta donde llegaron los constructores, tendría por lo menos unas cien varas de ancho.
CON UNA TORCUATA DENTRO DEL AVIÓN
— Pero, ¿cómo era Grey- twon en ese tiempo?
— En ese pueblo sólo había una calle nada más, que tendría unas quinientas varas de longitud, desde donde teníamos la pista, al lado eran los andenes de cemento. Ah, bueno, ahí había abandonadas muchas cajas de seguridad de tres a cuatro metros cuadrados, estaban tiradas en las calles, había otras más pequeñas, cañones de todo tamaño, hasta de una vara por un diámetro de diez pulgadas, le digo al alcalde Beyfour: Hombré, por qué no me regalas ese cañón (uno chiquito), y él me dijo: “Okey, oste llevar, poro silence plis”
“La cuestión es que yo me levanté una noche en la madrugada a enfocar, y le digo a un miskito amigo, Rito García, que vivía a la orilla del mar solito en una casita: Hombré Ritó, que son esas luces rojas que se ven ahí? “Uste vene a ver va a ver que va ser”, me respondió. Bueno, nos vamos, resulta que al andén salían los lagartos en la noche a calentarse, salían del caño de agua que hay entre el mar y el pueblo. Habían de todo tamaño, de uno a cuatro metros, y es que los lagartos tienen luces rojas, luces rojas que da el lagarto, y ahí estaban los animales.
En otra ocasión, estoy en un excusado viejo, que tenía tal vez, ponele, cien años. Estoy sentado ahí y de repente cuando veo para atrás así, en la pared de madera, veo una enorme torcuata, la culebra más peligrosa del mundo, que hasta parecía que tenía un moño de pelo en el lomo, entonces vengo yo y saco la pistola que andaba aquí, me doy vuelta y le pego el tiro pero sólo la pellizco aquí, la noquéo pues, y yo con mis pantalones abajo de la rodilla, me tiro a dar la vuelta de canela con las nalgas peladas, la vuelta de canela me hace caer a la calle, sí hom, esa culebra era roja y negra.
— ¿Era como la del cardenal, sandinista?
— Creo que sí. Entonces vengo yo y ese día tenía que salir para Bluefields. Voy a llevarle esta culebra a mister Brown, pensé. Pero cuando voy volando acompañado del tal Rito, como a cinco mil pies, que voy sobre unos cocales de Harry Brautighan, que eran como de 45 millas sobre la costa, empieza la animala a moverse, pero la llevo a un brazo del avión. Y se empieza a mover y ya llevaba de copiloto al nativo ahí, y la culebra logra arrastrarse y se mete en la cabina, y el copiloto, el tal Rito, decía: “Yo tirarme de aquí, de aquí del avión, yo tirarme pa matarme”. Se quería tirar al agua. No, le decía yo, calmate, calmate, que ya vamos a llegar, pero yo también voy cagado del miedo porque, ideay, si me traga a mi también, así venimos casi sin movernos, llegamos a Bluefields y con la gente que estaba ahí, la sacamos a la tal torcuata.
EL TRIÁNGULO MORTAL DE SAN JUAN DEL NORTE
— ¿Qué tipo de avión estabas utilizando?
— Era un Cessna. Después vino un muchacho de Estelí al que dejé como mi repuesto y le digo: Aquí hay que andar con mucho cuidado en esta zona, tené cuidado, porque una vez me quede dormido y cuando vi es que iba patas para arriba entre las nubes. Ahí quedaron pilotos de la Segunda Guerra como Jhon Gates, unos pilotos de Silvio Argüello, otro DC6 y un DC4 de la Fuerza Aérea Argentina con treinta cadetes y varios aviones quedaron ahí en ese triángulo de San Juan del Norte. Entonces viene este muchacho, lo dejo ahí, se queda ahí, y esta vez va el embajador de los Estados Unidos con la esposa, va el cónsul con su esposa y se mataron todos. Eso sería como en los años sesenta. Hasta los cuatro días los encontraron, es que es una zona peligrosísima, el tiempo cambia rápidamente, vos sabés eso porque has trabajado en eso, el tiempo cambia y hay que andar siempre con el ojo abierto.
— ¿Te quedaste definitivamente en Bluefields?
— Ahí me quedé y empezamos a hacer la pista de la ciudad con Efraín Saballos y el general Camilo González, a esos yo los llevaba para allá, después llevaba la dinamita y el fulminante. Fijate que una vez en Corn Island está perforado aquello, llevábamos las candelas de dinamita en un jeep Land Rover en el que caminaba con González y Saballos, viene el miskito y le pega fuego a la mecha, que era como de cinco metros, entonces nosotros corremos a montarnos al jeep pero el miskito había dejado las llaves del vehículo ahí donde le pegó fuego a la mecha, y sale aquel hombre en carrera para atrás y vuelve, y el jeep “cliqui clique, clique”, que no arrancaba el hijo de p... Pero arranca de pronto y cuando hemos corrido unos doscientos metros tembló la tierra “¡pun gum!”, y sentimos el pencazo. Pasada la explosión volvimos y vemos que había rocas hasta de tres toneladas, piedras azules, porque la isla es de pura piedra azul.
NOVIAS DE CORN ISLAND
“En Corn Island tuve como novias a las mujeres más lindas del lugar. Bueno voy a pecar... Tenía una novia preciosísima que se llamaba Gilma Sequeira, tuve una gringa muy guapa, la Emily Houston, y tuve a la Janet Brautighan.
“Ahora ya no salgo a ningún lado, de aquí a mi casa, de mi casa aquí. Quería irme a la Costa Atlántica, donde tengo muchos amigos. Tengo 72 años, pero me siento como que tuviera cuarenta, no bebo, fumo poco, me acuesto a las ocho de la noche, ya se me quitó lo calavera.
EL CHINO Y EL VALIJÍN
Tomás Briones estuvo volando en Bluefields por mucho tiempo y cuenta cuando, en una ocasión, cayó al mar. “Fue un Martes Santo, dejá que te cuente: Despego en la costa que ahí estaba, vengo con Jorge Juridini y un chino.
Veníamos a traer unas medicinas a Bluefields, pero en lo que vamos despegando se apaga el motor porque la hélice pegó contra un pedazo de palo de los que saca el mar a la costa. Sale el avión desviado y vamos a pegar contra un despeñadero, yo me tiré al mar, inflo mi salvavidas y Juridini también, pero el chino no llevaba salvavidas, entonces yo me quito el mío y se lo doy. El chino flotaba pero no se movía del lugar donde estaba.
Nosotros salimos a nado a la costa y llega Marvin Ryan a salvarlo, y qué pasó, que el chino tenía trabado el pie en un valijín y el valijín contenía cien mil pesos, cuando lo sacan viene el chino y le da diez pesos de propina al que llegó a salvarlo...
Ja, ja, ja, esas sí fueron aventuras grandes.
TODO UN SIBARITA
“Todo lo que ganaba lo derrochaba en carros de lujo. Me encantaba andar en buenos carros. Le compré uno a Rodríguez Blen. Estaba soltero y con la vida abierta, me quería casar con una hija de Ray Brautighan, pero como me mandaron a Estados Unidos, abandoné ese proyecto.

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