Las lecciones de Haití
Marcela Sánchez
La acusación que hizo Jean-Bertrand Aristide sobre su presunto secuestro a mano armada por “agentes” estadounidenses, pareció una extraña reacción de un hombre que, gracias a esfuerzos estadounidenses, logró escapar con vida.
Tal vez cuando uno se halla sano y salvo al otro lado del Atlántico, sus palabras no cuentan ya con el frío raciocinio que se requiere cuando otros están pidiendo tu cabeza.
Ya sea que usted considere sus acusaciones ridículas o plausibles, el hecho sigue siendo que la situación de Aristide la semana pasada se había hecho insostenible y sin una intervención significativa y directa, sencillamente no había forma de que pudiera permanecer en el poder. Al día siguiente de que Aristide se fuera, los rebeldes entraron a la capital haitiana de Puerto Príncipe triunfalmente.
No hay duda que se permitió que la crisis interna de Haití llegara demasiado lejos. Y para aquellos que ahora buscan culpables, acusar a las administraciones de Bush o de Clinton es la ruta fácil. Fue Estados Unidos, después de todo, el que puso a Aristide de vuelta en el poder en 1994 para enseguida retirarse.
Ningún país en América Latina resulta bien servido por juicios tan simplistas ni por la ya demasiado común reducción del debate a la discusión sobre la agenda escondida de Washington o a su imprudente negligencia. Sería mucho mejor reconocer que en Haití, no fue sólo Washington sino todas las Américas, las que erraron al no tomar verdaderos pasos para preservar la democracia haitiana.
Hace dos años y medio, todos los líderes del hemisferio (excepto Fidel Castro) formularon y firmaron la Carta Democrática Interamericana del 2001 para proteger la democracia no solamente de interrupciones claras sino también de alteraciones. La carta fue inspirada por los eventos en Perú donde el democráticamente electo Alberto Fujimori convirtió al Gobierno en una herramienta para su régimen autoritario.
La carta define a la democracia como mucho más que unas elecciones limpias y libres. Establece que todos los gobiernos tienen una “obligación” de regir en forma transparente y de acuerdo al Estado de Derecho, y de garantizar los derechos básicos tales como la libertad de expresión, la pluralidad política, la separación de poderes y el respeto a los derechos humanos. Cuando un gobierno no puede hacer estas cosas y la democracia no está “funcionando” plenamente, cualquier signatario de la carta puede invocarla y desencadenar acciones hemisféricas como sanciones o la suspensión de la Organización de Estados Americanos.
En muchos aspectos Haití ha sido la manifestación extrema de un gobierno que no cumplía con sus obligaciones. Pandillas y matones han rondado libremente intimidando a los opositores de Aristide, quienes llamaban por una autoridad electoral legítima para realizar elecciones.
Aun así, nadie en las Américas se sintió nunca obligado a activar o prender la luz sobre la carta. Hubo algún esfuerzo de persuadir a Aristide por parte de líderes caribeños y un puñado de otros diplomáticos, pero el peso del hemisferio no se puso sobre esos intentos.
La falta de una acción más colectiva y decisiva está teniendo un grave efecto sobre la democracia de las Américas. Este domingo Haití agregó su nombre a la creciente lista de países hemisféricos cuyos gobiernos fueron derrocados por lo que el analista político argentino Rosendo Fraga llama los golpes de calle –la versión del siglo 21 de los golpes de Estado del siglo pasado.
En los golpes de calle, la gente hastiada del “des” orden democrático sale a las calles para impartir su propia clase de justicia. Por supuesto que esas son manifestaciones democráticas que no debieran ser indeseables. Pero el hecho es que estas democracias florecientes quedan atrapadas en un círculo vicioso que crea procesos e instituciones democráticas y luego los destruye en las calles o en los palacios de gobierno.
En muchos sentidos, la carta reconoce ese destructivo resultado de la inestabilidad. Y al promover transparencia, pluralidad y justicia, la carta esboza los elementos que crean un espacio común de confianza, sin el que las democracias no tienen esperanza de sobrevivir.
Algunos sostienen correctamente que Haití, el país más pobre del hemisferio, enfrenta circunstancias extremas y que los haitianos apenas conocen el significado de la democracia. Pero otras democracias ineficaces son igualmente vulnerables. Desde Ecuador en el 2000, Argentina en el 2001, Venezuela en el 2002, Bolivia el año pasado, a Haití ahora, la gente está expulsando a sus líderes elegidos democráticamente.
Los últimos eventos en la isla caribeña evidencian una penosa realidad: cuando una democracia latinoamericana está en peligro, líderes del hemisferio están todavía renuentes a actuar. El trabajo administrativo está hecho, los organismos internacionales están listos y el hemisferio tiene suficientes recursos e influencia para persuadir a gobiernos a que corrijan su curso. Pero con Haití, nadie mostró el interés suficiente, nadie tomó el tiempo, y, es más, nadie prendió la luz por la democracia – antes de que los marines estadounidenses fueran la única opción.

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