Danza
Irene siempre
Joaquin Absalon Pastora*
Irene López, guía habilidosa y talentosa de la danza; por ende de la música por ser ésta, vértebra del movimiento facial y corporal, sabe cautivar. La verde frescura y hasta las hojas que van cayendo se solazan con su espectáculo de conjunto lleno de piezas y de sujetos representativos, de convergencia con la trama del humor.
Qué ronda de lo nuestro amado se escapa de sus pies que sacuden y rascan el piso del escenario donde su pedagoga es Terpsícore, la diosa de las rodillas agitadas por el baile y en la era primaria, por el grupo heteróclito. A veces por la jerarquía de la antigüedad, ni cuerdas ni vientos: convocatoria de tambores, de ritmo promoviendo la colocación en simetría, la proporción, el espacio, la coyuntura, la eventualidad del vestuario.
Irene López crea y recrea. Ha tenido la gracia de llenar el Teatro Nacional Rubén Darío cada vez que le ha correspondido ser la intérprete y la maestra de un nuevo cuadrante en su especialidad: el baile folclórico nicaragüense, y no sólo eso, el empeño de investigarlo a fondo. Alpinista riesgosa de las cumbres donde el campesino descendiente de músicos inéditos rasga su guitarra en silencio. Ahí ha descubierto mazurcas, tonadillas, bailetes, y curiosidades.
En entrevistas personalmente realizadas me hacía recuentos específicos de esa gestión sobre la profunda ruralidad que sería ineficaz desmembrar aquí. Fruto de eso es la terapia latente de darle modernidad a la antigüedad ajustada a la tesis de que la danza es el eje de su arte.
Cuando se le hizo el gran homenaje nacional a Camilo Zapata en el Teatro Nacional Rubén Darío, en el cual presentóse el libro sobre su vida escrito por este servidor, me asombró su repentino llamado al maestro. Lo sacó de su asiento y se lo llevó al escenario para dar fe de sus inventos coreográficos. Lo hizo bailar pero al mismo tiempo hizo de pedagoga del fundador del son nica, zapateando con innovaciones propias El solar de Monimbó. Le mostró unos pasos que la concurrencia no pudo apreciar bien, salvo la cercana. Ella le explicaba su razón, su justificación eurítmica.
Irene López ha vuelto a nosotros. Insiste en demostrar —orgullosamente— su capacidad creadora y lo dice porque el trabajo realizado la faculta: “Durante 39 años además de enseñar y divulgar nuestras danzas me he dedicado a la investigación seria y científica de nuestras raíces” (La Prensa Literaria, Sábado 28 de marzo 2,004).
Sí maestra. Ud. lo ha dicho y ha retado. Ella misma lo sostiene y lo sostienen los críticos que la vieron en El Gran Pícaro, al Guegüense, ese personaje referencial de un modo de ser cargado del “retintín” y la “pillería” a la que por la majestad de su imaginación agrega otros ingredientes fundamentada en la obra escrita de intelectuales caracterizados por seguir de cerca de la lejanía ancestral.
Aunque no fuimos testigos de El Gran Pícaro basamos la claridad del mensaje en la antecedencia de la expositora. El Guegüense refrescado por el diálogo, por el gesto en picor, por la opción bienaventurada de reír y la necesidad de hacer la denuncia con el lenguaje serioso del meneo.
Todo lo concebido por Irene está grabado por el naturalismo. Eso es lo primero inevitable de su virtud coreográfica.
*Periodista y critico musical nicaraguense 
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