SáBADO 6 DE MARZO DEL 2004 / EDICION No. 23383 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




¿Taxi?

Julio Blanco Castillo

Hace un par de días abordé un taxi que en rea- lidad era un calache rodante. La travesía fue una odisea de 15 minutos de angustia y terror. Pero, como diría un forense, vamos por partes.

La base metálica del tuco de asiento en que me senté estaba quebrada y el montón de esponja podrida y resortes sarrosos se balanceaban como imitando burdamente una de las magníficas piruetas en el Cirque du Soleil.

El tuco de puerta de mi lado estaba desencajada y en dos ocasiones se abrió mientras el “taxi” iba en marcha. Afortunadamente pude cerrarla a tiempo, antes de que mi humanidad hiciera una visita repentina y fatal al pavimento.

El armatoste en el que me transportaba emitía una impresionante variedad de ruidos que pedían como con dolor que se les sacara de las calles.

Lo único que no sonaba era la bocina, de lo que me di cuenta porque en cada semáforo el chofer —quien seguramente no había visto un paste y un jabón en varios días— vociferaba obscenidades contra el conductor del vehículo que estaba delante de nosotros. Todos esos “h de p” —me dijo— caminan como operados.

Finalmente llegué a mi destino y di gracias a Dios por haberme permitido bajar con vida de aquella macabra chatarra ambulante.

Pero pienso que aún de las peores experiencias pueden surgir cosas positivas, porque gracias a ese encuentro cercano con la muerte me siento más cerca de Dios y puedo ver con claridad la grandeza de su misericordia.

Catedrático en UCEM
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