JUEVES 4 DE MARZO DEL 2004 / EDICION No. 23381 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




Realidad económica del trabajo infantil

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John Blundell
AIPE

LONDRES.- El té que tomamos y los zapatos deportivos de goma que usamos nos llegan gracias al trabajo de mujeres y niños en Sri Lanka, Laos, Filipinas y de otras naciones pobres.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT), vinculada a las Naciones Unidas, acaba de publicar un informe sobre los horrores del trabajo infantil, enumerando las medidas que se deben tomar para reprimirlo. Indica que uno de cada seis niños entre los seis y 17 años trabaja. El trabajo infantil parece ser un buen barómetro de la pobreza. La OIT indica también que los niños sin educación aportarán menos a la economía.

Yo no pongo en duda las buenas intenciones de esos argumentos, pero le doy una baja calificación a los conocimientos económicos que demuestra tener la OIT. Reprimir el trabajo infantil sólo lograría aumentar la pobreza.

La OIT propone vagamente que los padres deben recibir el equivalente al valor mercado de sus hijos, de manera que éstos vayan a la escuela y el padre reciba los salarios que sus hijos ganarían. No está claro de dónde saldrían tales fondos, pero presumo que de los impuestos (que los padres pagan)

Viviendo en una nación industrializada y rica es fácil criticar el trabajo infantil, pero si usted vive en una nación muy pobre, donde el mercado ha sido reprimido o deformado por leyes y regulaciones, entonces su único activo es su propia capacidad de trabajar y la de sus hijos.

A menudo encuentro gente que cree que los niños no hacían otra cosa que jugar hasta que los capitalistas malos los metieron a trabajar en las fábricas de telas y en las minas durante la Revolución Industrial. La realidad histórica es que el trabajo infantil era parte integral de las economías rurales.

Fue el auge del capitalismo lo que permitió extender los años de tiempo libre y poder dedicarlos a la educación. El trabajo en las nuevas fábricas se consideraba mucho mejor que la dura labor agrícola y las telas de algodón eran mejor negocio que vender papas.

El trabajo infantil no es una invención moderna de la “globalización”. En la agricultura siempre se utilizó el trabajo de niños. Las vacaciones de verano no eran para que los niños se fueran a Disney World sino para que ayudaran a recoger las cosechas.

El duro trabajo en las fábricas de Manila o Nairobi es una oportunidad para la gente. Confeccionar ropa y fabricar zapatos deportivos para ser vendidos en las tiendas de Londres y Nueva York les conviene mucho más a los pobres del mundo que la hipócrita patraña de la ayuda internacional. Como bien lo dijo Lord Peter Bauer: “La ayuda externa es un excelente método para transferir dinero de los pobres de los países ricos a los ricos de los países pobres”.

En EE.UU. los candidatos presidenciales han estado despotricando contra el trabajo infantil, como algo provocado por la globalización. Los políticos ingleses temen el aumento de aquéllos que buscan asilo, nuevo eufemismo para referirse a la inmigración. ¿No será más bien que esa gente trata de emigrar de sus países para solucionar los problemas económicos que sufren?

Lo mejor que los europeos podemos hacer por el bienestar de la gente pobre del mundo es eliminar la política agrícola de la Unión Europea. La riqueza fluiría por todo el planeta si abrimos nuestros mercados a la importación de alimentos. Desde luego que no propongo que los niños hagan trabajos peligrosos o degradantes, pero sí creo que todas las escuelas debieran permitir que los alumnos ampliaran sus conocimientos y experiencias participando en actividades comerciales locales. El trabajo debiera ser parte integral del crecimiento.

En la medida que las economías de Asia y América Latina se aceleran, se reduce el número de niños que trabajan porque los padres prefieren comprarles una educación. Ellos saben que un joven educado ganará más y podrá contribuir más al mantenimiento de la familia. El interés de cada quien es una mejor guía que las buenas intenciones de quienes ocupan las oficinas de la OIT en Ginebra.

La próxima vez que compre algo muy barato vea dónde fue fabricado. La gente que lo produjo está en mejor situación económica desde que esa fábrica se instaló en su comunidad.

Es un falso y nocivo argumento afirmar que los niños que trabajan impiden que los mayores reciban un salario completo. Se trata de un argumento similar al que mantenía a las mujeres atadas a los trabajos domésticos. La ventaja del Tercer Mundo es su relativa baratura y suprimirla no los ayuda.

El trabajo infantil desaparecerá en la medida que la globalización y los mercados libres difundan la prosperidad.

El autor es director general del Institute of Economic Affairs, Londres.

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