MIéRCOLES 3 DE MARZO DEL 2004 / EDICION No. 23380 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




A la memoria de mi amigo Clemente Guido Chávez

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“No desaparece lo que muere sólo lo que se olvida”. Tú eres inolvidable para mí, tus colegas y para la memoria de tu pueblo...

La última vez que vi a Clemente...

Nos reunimos en la casa solariega en el barrio Campo Bruce...

La cita esta vez era donde Tamacún (así lo llamábamos cariñosamente a nuestro compañero, allá en el Ramírez Goyena), al hoy sacerdote Fernando Morales- La casa de Clemente, siempre fue punto de reunión- allí llegamos puntuales el doctor Sergio García Quintero, Pedro Barberena y yo... partimos rumbo... El padre había regresado de México y quería vernos...

Recuerdo con tanta exactitud el ruido ronco del vehículo, rondando sobre el pavimento, luego entramos en un camino de tierra, en un atajo, entramos a un vivero de plantas exóticas y adquirió algunas especies... Luego proseguimos nuestro viaje, llegamos donde el padre, ahí estaba ya el doctor Luis Quinto B., compañero también.

Y empezamos a recordar y a desandar el trajinar de nuestras adolescencias, nuestras luchas de adultos... Y tantas horas después nos despedimos del padre. No sin antes pronunciar el estribillo ¿ésta será nuestra última reunión? —era por cada uno de nosotros—.

Y partimos con nostalgia... Pasando por Masaya, donde entramos a un comedor popular e ingerimos unos refrescos, y empezamos a decir cosas.

Clemente dijo: yo creo que no volveré a escuchar otra obra y dirigiéndose a mí, dijo: “Tú eres la más sana ¡ya! ¡tú nos vas a enterrar a todos! Y hoy te dejo la misión de organizar estas reuniones”. Misión que creo no cumpliré.

Cuando supe del accidente, fui al hospital Bautista a verlo, yo sabía que esto sería en vano, y le hice una misiva para que la leyera su esposa doña Graciela, cuando se la entregué ya sin poder contener las lágrimas sabía entonces que era el último mensaje que recibiría de mí...

En aquel entonces, los dos fuimos los número uno, y si a él le preguntaban quién era el mejor, él respondía Lilliam Lugo Castillo. Y si a mí me preguntaban, yo decía Clemente Guido Chávez. Siempre sostuvimos un gran afecto y respeto, aún ya en nuestras vidas de adultos...

Y continuamos en nuestra conversación acerca de nuestras inquietudes y nos vino a la mente un evento de sus primeras incursiones en la literatura. Nos despedíamos del Ramírez Goyena, ya éramos bachilleres.

Él escribió para mí en mi libro de recuerdos, un poemita titulado: La vida, el cual decía así:

¿Quieres, niña impaciente? por la curiosidad conmovida que te relate fielmente, lo que es la vida?

La vida es un gran camino por donde marcha el destino del plebeyo y del Emir, ella puede todo contener pero cuando se ha de quebrar. nadie, nadie lo puede evitar, Entonces ... ¡oh amiga mía!

Pertenece a otro mundo mucho más grande y profundo donde se estrella mi fantasía...

El viento cálido del este viene a nosotros y golpea nuestra imaginación y viene la premonición. Y pronunció —lentamente— nuestra próxima reunión será en la playa, ahí tengo una camisa veraniega y pasaremos un buen rato ante la inmensidad del mar. Había en sus ojos una expresión de lejanía, de ausencia. Pero esta reunión será de “traje”, es decir cada quien acarrea algo y explotamos en francas carcajadas, él siempre tuvo un bis humorístico y en especial muy sonriente y campechano. Y así es como yo quiero recordarlo siempre...

Hasta luego, hermano mío...

Lilliam Lugo Castillo
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A la memoria de mi amigo Clemente Guido Chávez