Algunas meditaciones sobre el daño
Edmundo Dávila Castellón edca10@latinmail.com
Las maldades, agresiones e injusticias de un ser humano a otro, ya sea por odio, envidia, venganza o gratuidad, no han podido ser superadas a través de los siglos, ni por el temor a las leyes humanas ni divinas, menos por la bondad o el buen corazón. Tenemos el ejemplo primigenio de Caín, que mató a su hermano Abel con una quijada de burro, en los albores de la existencia humana.
Los hombres malos o desalmados proceden a la sombra o con impunidad, a hacer daño grave a otros por simple instinto criminal, por carencia de educación formal o religiosa, falta de padres o tutores, niñez desdichada, etc., aunque hay algunas excepciones. La flor de loto crece en los pantanos y grandes hombres de la historia conocieron la más denigrante pobreza, la orfandad, el abandono y la humillación y sin embargo supieron vencer todos los obstáculos y sufrimientos a través del esfuerzo, del claro conocimiento de su misión en la vida, de la rectitud y del espíritu de superación.
Hay miles de causas que tratan de explicar la delincuencia, el crimen, el libertinaje, etc., pero los especialistas en estos temas, aunque suelen atisbar las causas que originan el daño y la violencia a los demás, la mayoría víctimas inocentes, todavía no encuentran la fórmula para contener los perniciosos efectos de la avalancha del mal.
Hasta ahora no se ha llegado a nada claro ni definitivo acerca de la naturaleza del hombre. “El niño nace bueno, la sociedad lo corrompe”, decía Rousseau; sin embargo nuestro Rubén Darío, en su bellísimo poema Los motivos del lobo, en que describe magistralmente la perversidad del mundo, expresa: “... el hombre nace con mala levadura, mas el alma simple de la bestia es pura...”
Los daños graves entre los hombres, como el asesinato, la violación, el robo, la calumnia, etc., son los que en forma más evidente claman por justicia y los que más enardecen a las víctimas, a sus deudos y a la sociedad entera, cuando no son castigados legalmente como se merecen.
A mi juicio existen tres tipos de daño, dependiendo del sujeto que lo recibe: daño a los demás, que provoca dolor y perjuicio grave a un semejante, individual o colectivamente; daño a sí mismo, cualquier acción que vaya en contra de la integridad física o moral, la dignidad, la salud y el bienestar del individuo mismo. Aquí caben los vicios, los excesos de todo tipo, las pasiones y desenfrenos que no trascienden significativamente a los demás, siendo el suicidio el máximo daño infligido a la propia persona; daño a la naturaleza, globalmente comprende la destrucción parcial o total de la flora, de la fauna y del medio ambiente de una región o patrimonio mundial, siendo los más comunes la deforestación clandestina, el uso de contaminantes de cualquier tipo en el agua, el suelo y el aire.
Todo esto se hace transgrediendo leyes que prohíben tales depredaciones por intereses mezquinos personales, egoísmo y odioso afán de lucro, burlándose los violadores del espíritu comunitario y de la sociedad, sin importarles en absoluto la vida, la salud y los sagrados derechos de los demás. En este caso, el daño a la naturaleza o al ecosistema se extiende a las futuras generaciones y casi siempre es irreparable, engendrando en el depredador una grave culpa y una inmensa deuda impagable con la comunidad en que viven y vivirán seres de todos los reinos naturales.
“No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”. ¡Cuánto daño, dolor y sufrimiento se hubiera evitado la humanidad si desde sus orígenes hubiera podido cumplir con este sabio y sencillo precepto de Confucio! El Divino Maestro, Jesús, unos 500 años después expresó la regla de oro: “Haz a los hombres como quieres que hagan contigo”. Confucio exhorta a sus semejantes a no hacer el daño. Jesús enseña al hombre a hacer el bien.
Nicaragua y el mundo necesitan de hombres buenos, no dañinos. Los mandamientos de la ley de Dios, las leyes del karma, de la vida y del Universo, del Cielo y del infierno, impelen todos a la bondad y a no hacerle daño a nadie. No se puede venir a este mundo con licencia para hacer lo que a uno le plazca y menos a cometer maldades. Para tratar de ser feliz, el hombre no tiene otro camino que vivir en paz, amor y armonía con sus semejantes.
El autor es ingeniero civil.

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