Parias internacionales
En la reunión que sostuvieron la semana pasada en Sea Island, Estados Unidos, los jefes de Estado y de Gobierno de los ocho países más ricos del mundo (G8), aprobaron un acuerdo que atañe a Nicaragua.
En efecto, el G8 (Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón, Reino Unido y Rusia) decidió dar asistencia a Nicaragua (y a Perú, República de Georgia y Nigeria), “para alcanzar mayores estándares de transparencia en la gestión de las finanzas públicas, contratos públicos, la designación de concesiones públicas y la obtención de licencias; y para desarrollar planes de acción para lograr resultados cuantificables en la lucha contra la corrupción”.
Sin duda que Nicaragua fue escogida por el G8 para formar parte de ese “selecto” grupo de cuatro países que recibirán asistencia especial para la lucha contra la corrupción y por la transparencia, en primer lugar porque es considerado por la comunidad internacional como uno de los países más corruptos, pero también porque al mismo tiempo es uno de los que más esfuerzos visibles y verificables ha estado haciendo en los últimos tiempos para combatir y erradicar esa grave y vergonzosa enfermedad política y social.
En realidad, no es cualquier país de los que tienen tradición y fama de corruptos que puede darse el lujo de tener a un ex Presidente en la cárcel y condenado a una pena de 20 años de presidio, a pesar de su cuantiosa riqueza, de que tiene un gran poder político porque acaudilla al segundo mayor partido político de Nicaragua y tiene fichas en puestos claves del Estado, y además cuenta con el respaldo de la alta jerarquía eclesial.
De manera que aunque sólo sea porque el ex presidente Arnoldo Alemán está encarcelado después de haber sido juzgado y condenado —mientras que los demás involucrados en el mismo proceso judicial están libres o les facilitaron las condiciones para fugarse del país, y otros ex funcionarios públicos que también han sido señalados y acusados de participar en actos de corrupción también han quedado en la impunidad, ya no se diga los participantes en la colosal piñata sandinista—, la comunidad internacional le ha reconocido un gran mérito a Nicaragua y la ha incluido en los programas benéficos de la HIPC, la Cuenta del Milenio y ahora la lucha del G8 contra la corrupción.
Sin dudas que la comunidad internacional está enfocando y manejando el problema de la corrupción con más interés que nunca antes. Al parecer hay plena conciencia de lo que dijera recientemente el ex Presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, al comentar el Informe Global de la Corrupción 2004 que presentó el organismo Transparencia Internacional (TI): “Las democracias no pueden seguir tolerando el soborno, el fraude ni la deshonestidad, especialmente si este tipo de prácticas perjudica de manera desproporcionada a los pobres”. A lo que el presidente del mencionado organismo internacional, el señor Peter Eigen, agregó: “La corrupción política socava las esperanzas de prosperidad y estabilidad de los países en vías de desarrollo”.
Por otro lado, en la reciente Asamblea General de la OEA que se celebró en Quito, Ecuador, los representantes de las naciones de las Américas dijeron solemnemente que: “Nos comprometemos a negar acogida a funcionarios corruptos en el sector público y privado, a quienes los corrompen y a los bienes producto de la corrupción, así como a cooperar en su extradición y en la recuperación y restitución de los activos originados en la corrupción a sus legítimos propietarios”.
Todo eso está muy bien. Pero, ¿cómo se trasladarán a la práctica esas hermosas declaraciones y resoluciones? ¿Servirán para hacer los cambios indispensables en los grandes “hoyos negros” de la corrupción, como el Poder Judicial, la Asamblea Nacional y el Consejo Supremo Electoral?
Veremos. Pero si por lo menos todos los gobiernos del G8 le dieran a los corruptos el tratamiento que le ha dado a algunos el Gobierno de Estados Unidos, al cancelarles las visas; es decir, si los convirtieran en parias internacionales confinados a los límites de sus propios países, tal vez las bonitas palabras se podrían convertir en realidad.

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