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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 12 DE JUNIO DE 2004
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Jazz más experimental

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Andrés Enrique/(Músico)

A pesar de sus orígenes oscuros y marginales, el jazz ha absorbido influencias de otras músicas dando lugar a una rápida sucesión de movimientos y vanguardias para terminar convirtiéndose en una forma de arte con seguidores en todo el mundo: “La música clásica del siglo XX”. Sin embargo, muchos perciben que la vitalidad creativa de esta forma de arte en el momento actual parece distar mucho de la continua renovación que se daba en décadas pasadas; la percepción de que el jazz ha entrado en una fase de decadencia tanto de público como de vigor creativo llega a producir cierta preocupación. En este breve artículo me propongo exponer ciertas ideas sobre la evolución y el estado actual de la música jazz, centrándome de forma principal en la cuestión de su futuro. Pero primero, me parece oportuno hacer un poco de historia.

LOS INICIOS

El jazz nace como un estilo musical híbrido creado por negros cuyos antepasados habían sido llevados como esclavos a Estados Unidos y que, desprovistos por la fuerza de sus instrumentos ancestrales, tomaron prestados instrumentos y formas musicales europeos. Desde muy temprano el jazz absorbió contribuciones de otras culturas, tanto de estilos musicales nacidos en otras latitudes de la diáspora africana —por ejemplo, los ritmos afrocaribeños— como de culturas completamente externas como la música culta europea. En todo caso, de las etapas primitivas del jazz sabemos muy poco; al ser algo restringido a las comunidades negras urbanas del sur de Estados Unidos y estar frecuentemente relacionado con ambientes marginales, apenas hay documentación de sus comienzos, hasta el punto de que ni siquiera se sabe con certeza de dónde viene la palabra jazz. Paradójicamente, la primera grabación de jazz de la que queda constancia —data de 1917— es obra de un grupo compuesto exclusivamente por blancos. La razón es que los negros de la época no tenían acceso a medios de difusión y comercialización, lo cual les excluía de participar en la industria discográfica.

Solamente cuando la emigración masiva de negros hacia las ciudades industriales del norte dio lugar a un mercado, es decir, cuando un número significativo de negros pasó a tener cierto poder adquisitivo la música negra ocupó el interés de las casas discográficas, abriendo el mercado a grupos de blues y jazz. Y es que la historia del jazz está inevitablemente ligada a la situación de discriminación y marginación que ha sufrido el pueblo negro. Como resultado, ha sido algo bastante común a lo largo de la historia el que artistas blancos hayan acaparado la atención del mercado mientras los artistas originales negros en los que se inspiraron, o en algunos casos, a los que plagiaron sin más, hayan permanecido en la sombra. Por ejemplo, durante los años treinta y cuarenta (cuando el jazz se convirtió en la música pop de la época, dando lugar a grandes bailes, teatro y frecuentes transmisiones radiofónicas), hay numerosos testimonios denunciando cómo orquestas como Glenn Miller o Tommy Dorsey, o la pluma de los compositores de revistas musicales como Cole Porter o Gershwin, descaradamente plagiaban lo que oían tocar a artistas negros. Mientras tanto, los músicos negros tenían que hacer frente a situaciones de injusticia y de discriminación racial. Se daba la paradoja de que en lugares como el Cotton Club donde tocaban orquestas completamente compuestas por negros como las de Duke Ellington y Cab Calloway, sólo se permitía la entrada a espectadores blancos.

EL JAZZ MODERNO

A partir del nacimiento del be-bop a mediados de los cuarenta, el jazz deja de ser una música bailable o de mero entretenimiento, marcando el inicio de lo que convencionalmente se ha dado en llamar jazz moderno. La sección rítmica, liberada de su función de marcar el compás para los que bailan, adopta conceptos rítmicos más libres, lo cual unido a la incorporación de elementos armónicos de la música culta europea constituye la base para la sucesión de vanguardias que desembocan en el movimiento conocido como free jazz durante los años sesenta.

Con la llegada de los años setenta y la irrupción masiva del rock en los mercados se da un claro declive, tanto de público como de creatividad, en la música de jazz. En esta época artistas como Freddie Hubbard o Herbie Hancock se ven obligados a grabar música funk, los instrumentos eléctricos y la influencia rockera desplazan al jazz acústico en la tradición de Parker y Coltrane, y las revistas especializadas publican artículos con títulos como “¿Está muerto el jazz?”. Atrás quedaron épocas pasadas, en las que varias generaciones de genios convivían y en las que en unas pocas manzanas de distancia los clubes de Nueva York en una noche cualquiera ofrecían actuaciones de gigantes de la talla del cuarteto de Miles Davis, Louis Armstrong, Art Tatum y la orquesta de Duke Ellington. Esta continua innovación y derroche de genialidad del pasado contrasta con cierta pérdida de dirección perceptible en el jazz actual: hoy día la gran mayoría de los artistas se dedica a recrear estilos pasados, como si las vías de innovación se hubieran agotado.

El gran público que siguió el jazz hasta finales de los cincuenta se desvió progresivamente hacia el pop y el rock pasando el jazz a ser música minoritaria. Festivales que durante décadas se han dedicado de lleno a promocionar lo mejor del jazz hoy día dedican más de la mitad de sus sesiones a versiones más comerciales o a estilos musicales cuya conexión con el jazz es a veces más que dudosa: new age, smooth Jazz, R&B, o artistas a la Kenny G son hoy día invitados obligados de los grandes “festivales de jazz”. Este sentimiento de crisis que unos perciben como algo pasajero y otros, más pesimistas, como algo que ya va durando demasiado, se ha convertido en tema habitual de conversación y debate entre músicos, dueños de clubes, promotores y aficionados en general.

A este panorama me gustaría añadir dos aspectos que, en mi opinión, no han recibido la atención que merecen y que afectan seriamente a la supervivencia del jazz. En primer lugar, a pesar de que la comunidad negra de Estados Unidos es la creadora del jazz y la que ha contribuido con los principales innovadores, los jóvenes negros de hoy, en su abrumadora mayoría muestran un desinterés y desconocimiento total de lo que es el jazz. No es que para ser un músico de jazz uno tenga que ser necesariamente negro, el jazz es hoy una forma de arte universal en la que todos pueden participar. Pero el que los creadores originales lo abandonen supone una pérdida irreparable no sólo para la tradición cultural de los negros norteamericanos, que al fin y al cabo son los que pierden uno de sus principales bienes culturales, sino para el estado de salud de esta forma de arte en general. Para poner un ejemplo, uno no tiene que ser catalán para aprender a bailar la sardana, cualquiera que tenga talento y ponga interés puede hacerlo, pero si un día los catalanes dejan de bailarla, es decir, si la sardana deja de ser parte de la cultura catalana, sin duda la sardana no será lo mismo.

Un segundo problema, en el cual pretendo extenderme en este artículo, es que los mecanismos tradicionales de transmisión del jazz han sido en gran medida reemplazados por enseñanza en un ámbito académico. Hoy día en EE.UU. y otros países prácticamente todas las universidades y conservatorios importantes tienen un departamento de jazz, o el departamento de música ofrece algún tipo de instrucción.

Así fue como se impulsó la enseñanza del jazz en las universidades norteamericanas. Para muchos negros, ver el jazz (de alguna manera “su música”) enseñado en la universidad suponía un acto de justicia, un ennoblecimiento de su arte y la garantía de que el jazz mismo como forma de arte se transmitiría a las generaciones futuras. Sin embargo, después de casi 30 años de enseñanza de jazz institucionalizada no parece que los músicos de ahora, formados en la escuela, sean mejores que los de entonces, creados en la calle.

Un claro ejemplo de la manera en que la institucionalización del jazz desvirtúa elementos esenciales de esta forma de arte se puede ver en los llamados fake books, de los cuales el real book es sin duda la versión mas famosa. Los fake books son libros con colecciones de las canciones que constituyen el repertorio jazzístico más usual. Hoy día estos libros proveen la fuente de repertorio de la inmensa mayoría de estudiantes y jóvenes músicos, hasta el punto de que no es extraño ver a músicos usándolos en el escenario o a profesores que los usan en sus clases. En la tradición jazzística, la música escrita nunca ha constituido una forma viable de transmisión. Para empezar, el jazz carece de un sistema de notación musical propio; la notación que se usa, que se ha tomado prestada de la música culta europea, no es sino una aproximación. Hay una serie de elementos cruciales (intensidad, swing, etc.) que son muy difícilmente explicables y sólo se adquieren a través de la experiencia directa, escuchando o, mejor aún, tocando con músicos más experimentados. Por supuesto, la gran mayoría de los principiantes no tiene la oportunidad de tocar con los grandes maestros; no obstante es obvio que tocar con grabaciones, no leyendo libros, es el sustituto ideal. Un problema añadido es que estos libros, aparte de contener numerosos errores, suponen una importante limitación para la innovación intrínseca del jazz. En una interpretación de jazz no existe una armonía definida sino que lo habitual es que el intérprete use sustituciones de acordes; desgraciadamente el estudiante que aprende de un libro se ve limitado a una armonización de las muchas que son posibles.

En el caso del jazz, la escuela ideal sería la que reprodujera el modelo de transmisión original, basado en transmisión oral e imitación, tal como se producía en la comunidad jazzística original. Ésta será la única manera en que la intromisión de la enseñanza institucionalizada, en vez de perjudicar, ayude a la transmisión del jazz. Por el contrario, mientras continuemos con situaciones absurdas en que los estudiantes leen una composición de Miles en un libro en vez de poner el disco y escuchar al mismísimo Miles en persona, produciremos músicos que no saben escuchar, y la continuidad del jazz para las generaciones futuras sin duda se pondrá en peligro.  
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