El libro en tiempos de la globalización
 |
|
 | El escritor realiza un análisis de cómo ha sido la relación entre el lector y las
publicaciones y establece una diferencia entre la era virtual y el libro |
|
|
| |
Tomás Eloy Martínez/(Novelista)
En un rincón perdido del Museo Británico, en Londres, hay una minúscula tabla de arcilla en la que están grabados algunos versos sobre el diluvio. Esos versos, que pertenecen al poema babilónico Gilgamesh, fueron escritos en caracteres cuneiformes hace 4 mil 300 años y sólo un puñado de seres humanos —tal vez 200, tal vez mil— podía entonces descifrarlo, porque el resto de la humanidad no sabía leer. En la remota Babilonia nadie soñaba con el libro. Lo único que perpetuaba las historias era la voz humana, la voz del rapsoda que cantaba e improvisaba mientras los demás oían. Las tablas de arcilla sólo servían para el comercio y para el registro de unos pocos hechos magnos: victorias, conquistas, ritos imperiales.
Después de su largo amanecer iletrado, la humanidad descubrió el libro hace apenas 500 años. Ahora, vivir sin él parece inconcebible. Con frecuencia se oye vaticinar que el libro —o el objeto que llamamos libro— será sustituido por el lenguaje virtual de la electrónica. Hay bibliotecas enteras condensadas en la misteriosa superficie lisa de los CD roms que, sin embargo, no significan lo mismo. Las letras, están allí, pero lo que se encuentra en ese laberinto parecería tener una existencia frágil, volátil, como si sólo el objeto concreto llamado libro fuera un signo inequívoco de conocimiento. La información electrónica es el sonido, pero el libro es el instrumento mismo. Ambos son música, pero ante el reino de lo virtual el lector es pasivo, mientras que ante el texto escrito el lector es alguien que transfigura lo que lee, que lo recrea. Ya Jorge Luis Borge, y Platón antes de él, dictaminaron que en el decurso de los tiempos un mismo libro es siempre otro, y que dos lectores inclinados ante las páginas del Quijote están leyendo significados distintos en las mismas palabras.
Durante la segunda mitad del siglo XX se oyó predicar la muerte de casi todo —la muerte de la novela, del cine, del socialismo, de la historia, y hasta el fin de las religiones—; también se vaticinó que los libros serían invisibles. Esa profecía data de 1945, cuando se inventó una monstruosidad llamada Memex, que acumulaba 400 páginas de información virtual. Ahora, sin embargo, las bibliotecas están más concurridas que nunca, y los estudiantes avanzados prefieren fotocopiar los libros clandestinamente antes de congelarlos en las pantallas de las computadoras.
En los archivos nacionales de Washington D.C., los técnicos se agarran la cabeza porque han acumulado demasiada información virtual, y millares de documentos que tienen sólo quince años resultan ilegibles para los programas actuales, mil veces más veloces. La decisión oficial de copiar en papel las fotografías y los textos que realmente interesan, reconoce así la función redentora que las hojas impresas tuvieron siempre en la cultura.
Sería desatinado pensar que la información virtual acabará con el libro. El propio William Gates, dueño de Microsoft, explicó en 1999: “Leer en una pantalla es una experiencia sin duda muy inferior a leer en papel. Aún yo, que tengo a mi disposición las más costosas pantallas, prefiero copiar en la impresora los textos de cuatro o cinco páginas”.
El libro es la fuente de todo conocimiento y de toda investigación. Refleja lo que pasa de manera permanente, porque los otros lenguajes son más fugaces: el de la televisión, el de la radio, el del internet o de los CD roms que deben ser actualizados año tras año, mes tras mes. La información de los libros es perpetua: fija en la memoria de los relatos de la especie humana, los datos que dan cuenta de su evolución y de sus tragedias. Somos lo que los libros dicen que somos, mucho más de lo que se dice de nosotros en las radios o en las películas. Las palabras de los libros son lo que prevalece y lo que se convierte alquímicamente en otra cosa: se vuelve cine o se vuelve música o se vuelve videoclip. Al principio, siempre fue el verbo, siempre fue la palabra.
Todas las grandes culturas se han creado en torno de un libro sacramental: la Biblia, los Evangelios, la Torah, el Corán o Qumram, el Shu y el Yi de Confucio, el Buddhavacana canónico de los budistas. Los libros han sido no sólo la brújula que señala nuestra identidad y nuestra diversidad, sino también el punto de referencia imprescindible para entender lo otro y a los otros.
Como se sabe, Dios, que es anterior al lenguaje, es ante todo lenguaje. Los místicos judíos y los gnósticos combinaban hasta el infinito los sonidos de unas pocas letras para alcanzar su nombre impronunciable y quizás imposible. Los árabes creían que el Corán era anterior a los árabes, un atributo de Dios. Aún antes de que existieran los libros, la fe de los seres humanos se ha organizado en torno a un libro, a un sistema de significados, a un lenguaje sin lenguajes.
Hubo un tiempo no lejano en que los bibliotecarios daban la impresión de conocer cada volumen de su pequeño reino. Casi toda mi formación proviene, más que de los textos universitarios, de lo que leí en la biblioteca Sarmiento de Tacumán durante mi adolescencia. Todas las mañanas devolvía el volumen que había retirado la mañana anterior y la bibliotecaria, una historiadora que se llamaba María Elena Vela, tenía para mí un libro asombrosamente nuevo. Así alcancé el inolvidable conocimiento de Ticídides, los diálogos de Platón, el Edipo Rey de Sófocles, las seis grandes tragedias de Shakespeare, el Quijote, la anatomía de Testut-Latarjet (que recorrí como si fuera una novela), las ficciones de Dumas sobre el siglo XVI, los cuentos de Borges, las escrituras encendidas de Sarmiento.
Los bibliotecarios — y también los libreros— parecían entonces saberlo todo. Las librerías en cadena convirtieron a esos vendedores eruditos en una especie en extinción. Hace algunos meses fui a una sucursal de Borders, en East Brunswick, New Jersey. Es uno de esos bastos supermercados donde rara vez encuentro los libros que quiero comprar, pero donde al menos tienen todos los clásicos en ediciones accesibles. Lo que yo buscaba era un ejemplar de The most excellent and lamentable tragedy of Romeo and Juliet en la versión anotada para escuelas secundarias. Fui a los estantes donde la semana anterior había encontrado para mi hija The tragedy of Richard the Third y a midsummer night´s, del mismo autor, pero fracasé. Vi el libro que buscaba en ediciones de obras completas que no me servía y me dirigí a la mesa de informaciones en procura de ayuda. Había allí dos empleadas negligentes limándose las uñas. Les pedí que se fijaran en la computadora si quedaban copias del libro en algún depósito y les di el título completo. No lo tenían registrado. Les pedí que probaran con el título abreviado, Romeo and Juliet. Volvimos fracasar. Tratemos por el nombre del autor, les dije. Una de las chicas me miró con una suprema indiferencia y me preguntó: “¿el autor? ¿cómo se deletrea su nombre?” Parece un chiste patético. No lo es. En el Fnac de Madrid pregunté una vez por una edición de los sonetos de Quevedo, con un resultado aún más inverosímil. Usted me dio sólo el título de esa novela, dijo el empleado: Los sonetos de Quevedo. Déme ahora el nombre del autor.
No quiero decir que todo tiempo pasado fue mejor. Quiero decir que en esta época de fusiones empresarias, gigantescas bocas de ventas y sustituciones veloces de la mercancía, se toman en cuenta sólo los requerimientos del comprador instantáneo y tal vez ocasional de libros. Sólo las bibliotecas aseguran la supervivencia de las obras maestras desconocidas. En 1960, cuando llegué a Buenos Aires desde mi Tucumán natal, descubrí en una biblioteca municipal de la avenida de Córdoba cuatro extraordinarias obras de ficción, de las que sólo se habían vendido entonces unos pocos cientos de ejemplares: Bestiario, la primera colección de cuentos de Julio Cortázar; Adán Buenosayres, la caudalosa novela de Leopoldo Marechal; La vida breve de Juan Carlos Onetti, y una joya del uruguayo Felisberto Hernández, Nadie encendía las lámparas. Una década después, todas ellas se volverían clásicas.
Cuando América Latina empezó a industrializarse y a alfabetizarse, y se produjeron los vastos éxodos de campesinos a la ciudad, los grandes narradores latinoamericanos pudieron salir al encuentro de un público lector que hasta entonces le había vuelto la espalda. Una de las razones principales del florecimiento de la novela de América Latina en las décadas del sesenta y del setenta es que los narradores empezaron a contar historias con las que la gente podía identificarse, a crear personajes en los que podíamos reconocerse y a emplear un lenguaje en el que se asemejaba al habla de todos los días. Los jóvenes que leían a Cortázar en 1963 ó 1964 creían estar oyéndose a sí mismos, y la literatura parecía entonces al alcance de cualquiera.
Las batallas de estos tiempos de globalización no se libran ya para conquistar nuevos lectores o para crearlos, como hace 30 años, sino para que el mercado no se los deseduque, para que los lectores no pierdan la costumbre de ver el libro como un modo de verse bien a sí mismos. Junto con océanos de información por procesar y de libros por leer, la globalización ha engendrado a la vez abismos de desigualdad que antes eran imposible de imaginar. Una quinta parte de la población del mundo sigue sin tener acceso a ninguna forma de educación, y más de los tres quintos restantes no pueden comprar libros, porque lo que antes era artículo de primera necesidad ahora es un lujo. La comida, la vivienda y la ropa están primero en la lista básica de las familias, y con frecuencia lo que se gana ni siquiera alcanza para eso. Mil 500 millones de personas carecen hoy de agua potable y más de mil millones viven hacinadas en casas miserables, indignas de la condición humana. Mil millones de personas no saben leer ni escribir.
Pero no son las estadísticas las que tienen aquí importancia, sino razones de orden moral y razones de justicia que podrían sublevar a los espíritus más indiferentes, aunque no signifique nada para los espíritus rapaces. Mil 300 millones de personas viven con menos de un dólar por día. ¿Cómo podrían pensar en comprar libros? Y, en el otro extremo del espectro social, las ganancias de los tres hombres más ricos del mundo son superiores al producto nacional sumado de los 43 países más pobres.
La gente lee más, es cierto. Pero los que leen más son, en términos relativos, muchos menos. La globalización, que nos está llevando a la velocidad de la luz por los cielos de la tecnología, también está operando el prodigio de hacernos retroceder en el tiempo. Dentro de poco, al ritmo que llevan las desigualdades sociales, sólo unos pocos letrados o clercs van a seguir leyendo, como en la Edad Media, cuando los libros se copiaban a mano. Podríamos asistir a la paradoja de que una biblioteca entera se condense en un solo CD al que tendría acceso sólo un porcentaje ínfimo de lectores potenciales. Todo el conocimiento humano podría caber en una mano, pero esa mano no sería la de todos los hombres.
La Guerra Fría se dio por terminada el día en que cayó el Muro de Berlín. Y aunque desde entonces se ha consolidado, mal que nos pese, la hegemonía militar de Estados Unidos, los gastos militares siguen multiplicándose en progresión geométrica. En 1998, los gobiernos gastaron 745 mil millones de dólares en armas, municiones y soldados. En 2003, tres veces más. Afganistán, Irak, Palestina, son volcanes en erupción incesante. Si sólo el cinco por ciento de la cifra de 1998, unos 37 a 38 mil millones, se hubiera derivado anualmente a los programas contra la pobreza, toda la población del mundo podría gozar ahora de los servicios sociales básicos: educación, salud, alimentos y agua potable.
La humanidad lleva milenios de experiencia y todavía no ha aprehendido la dilapidación que significan los gastos militares y el sufrimiento inútil que siguen provocando. Son los libros los que denuncian esas atrocidades y permiten tomar conciencia de lo que significan.
(Fragmento) 
|