Frank Sinatra: en el tiempo
Joaquín Absalón Pastora/(Crítico musical)
Hace un lustro murió Frank Sinatra. Tres generaciones recuerdan al superior discípulo del “bell canto italiano” cuya voz viajó a las regiones de la reminiscencia. Resistente es la credencial que él extendió “a su manera” pieza de autoría polémica que pasea su caprichosa melancolía por los recodos donde el himno se escribió para la naturaleza de su voz.
Su partida rompió en mil pedazos las cuerdas de la época que no pudieron ser opacadas por las reacciones de quienes lo sindicaron —en el otro lado de su personalidad artística— como miembro de un clan en el cual ejerció pleno liderazgo. Su guzla fue tan penetrante que en el inventario de las acciones punibles no sufrió mengua alguna en la decisión del público de ser valorada como la prototípica del epocal bolerismo romántico. Su canción pese a la losa de un lustro, se transmite del abuelo al nieto con la continuidad de contar con la contrapartida segura de un trío plural en disquisiciones pero uno cuando gira alrededor de la armonía mesiánica de una sola voz, de un solo tejedor de linos inolvidables. Son las generaciones del cuarenta, del sesenta, del ochenta y del dos mil. Veinte años en cada una para aproximarse a la redondez venerable de un siglo.
La fila advierte, reconocidos o presentidos sus criterios, el derroche de este divo incapaz de mezclarse con otros —los hubo— de su contundencia vocal. Los crooner tipo Bing Crosby lo rondaron sin llegar a ser competencia que lo bajara de la pirámide. Fueron menores los ímpetus de los contemporáneos, en el reino exigente del tiempo.
Sinatra fue cumplidor con el arte y la estrategia de la renovación buscando cómo no perderse en los laberintos donde la mayoría pasa por el olvido y estar siempre en boga. En el péndulo de las etapas surgían los brotes de la novedad tendientes a curar la terquedad de la monotonía. Así supo enfrentarse a la sed de vivir, de retirarse y de volver para ser complaciente con sus fans. Era fácil para él viajar al ayer estremecido con su garganta, usando el recurso de la matización, de la cadencia vocal en seguidilla de notas endentadas.
Sinatra será el último en la tramoya otoñal del siglo. Tuvo el privilegio de convivir con tres épocas distintas, tres moldes, tres temperamentos porque el ánimo de recrear no permite parqueos en el mismo bosque donde los pájaros cantores dan un enfoque nuevo, donde hay ceremonia para recibir y despedir a la primavera, donde la habilidad canora esculpe dos notas al mismo tiempo para que haya fiesta en los oídos.
Sinatra fue desafío y agradecimiento, “pájaro de alto vuelo” que cantó a las soberanías aunque haya sido su canto dedicado a Estados Unidos, sostenido en la rama donde fue ave gringa, dulzaina sentimental ante la boca abierta de los lirios. Quizás “las noches de lluvia” perdieron a su mejor paraguas.
Trascendente es que se le siga “lloriqueando” y eso se debe a que supo bailar el son que le era atingente sin menospreciar en el renuevo su raíz.
El relevo nunca vio a Sinatra como anciano, como “extraño en la noche” o como un loador superfluo cuando confesó haber “dejado su corazón en San Francisco”. Supo no caer en las redes de la electricidad insabora, de la agitación epiléptica. Por eso muere actualizado, por eso las animosidades verdes y maduras se han puesto a escribir los primeros textos sobre su especialidad: el género romántico.
La experiencia le aconsejó quedar bien con los dos extremos inmortales: “el bien y el mal”. 
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