Reagan: odiado y querido
Joaquín Absalón Pastora
Después del secuestro de la UNO montado por un comando del FSLN el doctor Virgilio Godoy Reyes, acompañado por una pequeña comitiva, viajó a California donde sostuvo un encuentro con el ex Presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan. Los visitantes quedaron impresionados de las energías atléticas mostradas por el cuadragésimo mandamás de la nación del norte, al descender de una parca escalinata de seis gradas sin apoyo de bastón ni de auxiliar humano, para llegar a la sala de atenciones de su oficina de retirado situada en un rascacielos de Bel Air, el mismo lugar donde un comité de amigos le obsequió una mansión apropiada para el remanso de una nueva vida.
El encuentro había sido gestionado por el doctor Andrés Zúñiga. Godoy era Vicepresidente de la República y sus acompañantes, amigos de confianza y miembros distinguidos del Partido Liberal Independiente. Como todo saliente del pedestal presidencial retenido durante ocho años, disfrutaba la exoneración de estar desvinculado de la política y por lo tanto —confesión propia— del entorno del poder, responsabilidad que entrenaba su sucesor George Bush padre, cuya candidatura aupó siempre el líder del Partido Republicano.
Reagan era un productor nato, un ranchero natural y fantástico a la vez, pues su devoción por fecundar la tierra la mostró tanto en el celuloide como en la realidad. Así que era parte de ricos de sombrero ancho que deseaban invertir específicamente en el agro nicaragüense, proyecto que hubiese tenido futuro si no se hubiera agudizado la inestabilidad en Nicaragua.
Siendo Nicaragua agraria y verdosa, la reunión pretendía explorar esas posibilidades. Pero la plática tomó otro rumbo: el de la política generalizada.
Reagan celebraba el desenlace del conflicto nicaragüense señalando que las actitudes de Carter, su antecesor, pusieron en peligro el liderazgo de las “barras y las estrellas” en el mundo, razón por la cual hizo de tenor para cantar en coro con sus correligionarios: “Dios salve a América”. Al entrar en funciones y sin discreción alguna torpedeó la entrega de la parte conclusiva de setenta y cinco millones de dólares concedidos a los sandinistas al entrar éstos al poder en 1979 se asomaban las agonías de la Guerra Fría. Se entraba a los portales de la globalización con cabecilla único. Concluía el pugilato de dos áreas de influencia, Estados Unidos y la Unión Soviética.
Reagan, en quien todavía no se vislumbraban los padecimientos que lo llevaron a la tumba, clásicos de la longevidad, uno de los cuales fue el dolor invisible del olvido, se vanagloriaba de una conquista que cargó de plumas sus aleros de caporal bucólico: haber sido de la Resistencia por lo cual reiteraba sin padecer la pena de ponerse en primera persona: “Yo también fui un contra”. Lo expresaba señalando una estatua que lucía dentro de muchas otras preseas que ahora deben estar en la biblioteca museo donde se le rindió homenaje, cuya réplica obsequio al doctor Virgilio Godoy.
Dentro de las generalidades, el ex Presidente no eludía el tema de la paz recuperada y de los preciosos atuendos consignados por sus efectos. A los presentes civilistas no satisfizo a plenitud la ponencia y menos al doctor Godoy, inscrito en el proceso cauteloso del discernimiento, de nariz alérgica a los eruptos del plomo.
Estados Unidos y la Unión Soviética se inmiscuyeron sin rubor alguno en los asuntos internos de Nicaragua en nombre de dos credos opuestos. Los dos buscaban con la inspiración del dinero y de la idea, el dominio del globo. Pero la caída del muro de Berlín solicitada por el finado contribuyó al final de una odiosa rivalidad. Ganaron los intereses de Occidente de cuya geografía original pretendía escaparse Nicaragua a través de una “revolución” considerada perdida por uno de sus propios autores.
En los poros de Reagan podían leerse las parrafadas contra el comunismo. Por eso fue odiado por los comunistas y por eso fue querido por la tesis contraria. Respóndanme: ¿dónde hay más gente?
Como se están haciendo apelaciones a la Justicia de Dios, éstas deberían aplicarse no sólo a uno por ser difunto sino a todos los culpables que ahora en nombre de un amor invadido de hipótesis y de oportunismos, pretenden excluirse de una aventura desprovista de ideales, provocada por la inaudita prepotencia de unos falsos redentores que a su vez tuvo la respuesta de la otra también inaudita prepotencia del norte. Esos culpables con nombre y apellidos no tienen ninguna credencial moral para pedir —mucho menos a Dios— ni clemencia ni castigo.
El autor es periodista

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