VIERNES 11 DE JUNIO DEL 2004 / EDICION No. 23477 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




El miedo de Bluefields

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Deborah Robb Taylor

Hay miedo en Bluefields, es verdad. Pero los que temen represalias de narcos son una minoría. Lo que se cree en la ciudad es que quien quiera que haya masacrado a los policías lo más probable es que ya se esfumó y que hay que tener cuidado con la Policía, porque en su frustración detiene y abusa de cualquiera. “Tenés que entender que estamos dolidos, pero actuamos dentro de la ley”, me aseguró el capitán Rolando Coulson.

Pero de éste dice el taxista Francisco Fernández Morales: “Ese hombre no tiene corazón”. El taxista pasó injustamente detenido ocho días por ser quien llevó a la escena del crimen al capitán Alvarado, de la Capitanía de Puertos de Bluefields, esa fatídica mañana. El subcomisionado Barrantes dice que Fernández quedó preso porque le encontraron una orden de captura, y así que hasta que probó su libertad fue puesto en libertad. El taxista estaría todavía preso si sus hijos no hubieran tomado el dinero de la cuota del vehículo para pagar abogado y recuperar de Managua la orden judicial que hace años evacuó la demanda de una vecina resentida. Tamaño del prejuicio: 4,500 córdobas sin incluir ingresos no devengados. “Quiero que vea el costo de la injusticia”, me urge el taxista, y así me presenta a la hija bebé, menor de un año que padece una seria deformación craneal. Según el padre tiene elefantitis. No sé lo que tiene, pero aprecio la indignación de un hombre trabajador al que se le retira por ochos días —sin un mínimo pedido de disculpas— el derecho a ganarse la vida y encima lo dejan con deuda.

Hay muchos en Bluefields que temen caer presos y no tener dinero con qué hacer justicia, que es la comodidad más cara en la ciudad. Roberto Hodgson, del Cuerpo de Paz, es de los que apoyan el activismo policial en las redadas nocturnas y considera problemático el hecho que la gente no tenga costumbre de portar documentos de identidad. Los rumores de abuso policial abundan y aún cuando se tiene que admitir que Bluefields es la capital del “cuecho”, la tradición local no es inventar, es aumentar. Por el momento, el balance parece ser que se aceptan la grosería a cambio del aumento de “empoliciamiento”, porque como dice una vecina de Old Bank, por los menos los drogadictos que roban hasta la ropa del tendedero ya no andan sueltos. Pero ellos (agentes de seguridad) “no llegaron a cuidarme a mí”, dice la señora, “llegaron buscando venganza y cuando se van los ‘crackman’ saldrán de nuevo”.

El comisionado Cordero ha asegurado que el aumento de efectivos en la región es permanente, pero los que están allí ahora en rotaciones mensuales, como siempre, han llegado aparentemente sin suficiente preparación para lidiar con el elemento racial y los epítetos de uniformados contra “negros criminales” hastían. Me dice un antimotinista anónimo, con dos semanas en la ciudad: “Nosotros no somos como los policías de Bluefields y no vamos a dejar a esos negros hacer su relajo. Cuando nos proponemos a conseguir algo, lo conseguimos”.

“Lo que nadie en Bluefields está proponiéndose en serio es lidiar con la prevención y las consecuencias reales del narcotráfico porque requiere mucho dinero”, me dijo un empresario local con expediente policial. Para comenzar el combate a las drogas sugiere el comerciante que se cierre la Secretaría de la Juventud y Deportes, “porque por lo menos así no causa frustración verlos hacer nada”.

Hay que realmente comenzar a hacer escuelas de danza, música y deportes en Bluefields porque el desperdicio de talento es cruel. Busco todavía a alguien que hable con optimismo a este respecto, pero respetando otra infeliz tradición pueblerina los políticos electos en la ciudad andan súper ocupados en sus riñas y diz-que-diz.

Moisés Arana, alcalde, motivó a muchos jóvenes de Bluefields a entrar a los barrios pobres en los años setenta, a servir a los más necesitados según el credo cristiano. Viene haciendo una gestión hasta ahora de gran responsabilidad financiera, pero si no se abre al diálogo y a la colaboración en lo que le resta de mandato se le recordará como prepotente, cuando en el fondo, como la Policía, es sencillamente un hombre muy dolido.

Los que lo critican por movilizar estudiantes en actos de protesta tienen razón, excepto que de Karawala a Bluefields el estudiante es la única fuerza de trabajo que desde la madre de familia hasta el padre de la congregación (pasando por todos los directores de programas estatales y no gubernamentales) comandan sin salario. Lo llaman participación.

Pero Arana tiene razón también cuando habla de falta de coraje. Al final de la historia, el miedo no es de un narcotraficante ni de un policía. Es el miedo del desempleo.

La autora es escritora blufileña
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