VIERNES 11 DE JUNIO DEL 2004 / EDICION No. 23477 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




Zona libre
Esos pequeños detalles

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Alberto L. Alemán
Editor de la Sección Internacional de LA PRENSA

Cuando escribo esto, tengo muy frescas las imágenes de la formal ceremonia de la firma del Tratado de Libre Comercio de Centroamérica con Estados Unidos, o Cafta.

Palabras que suenan bien, sonrisas, grandes promesas y visiones de un futuro brillante que nos acercará el libre comercio.

Nuestro Gobierno nos promete “un puente hacia el futuro” y una fabulosa panacea para los males que nos aquejan.

Creo que hace falta un debate más serio en los medios y en la sociedad sobre el tratado. Digo, si es que llega a cobrar vida, porque los nubarrones que se ciernen sobre él en el Congreso de EE.UU. invitan a moderar el optimismo.

No pretendo desde aquí entregarme a una compleja reflexión, sino echar más bien la mirada a mi alrededor y compartir lo que veo por allí.

Cuando vamos a un restaurante o a un bar, impacta muchas veces la falta de cordialidad, amabilidad y rapidez del servicio. Falta una sonrisa acogedora, una voz agradable que nos dé la bienvenida. Una actitud que nos haga creer que el cliente es el rey.

Y esa ausencia de amabilidad la hallamos también en oficinas públicas, tiendas comerciales privadas y otros lugares.

Se me viene a la mente una anécdota de un viaje a San Salvador en 1999. Cubría para La Prensa la campaña electoral. Cierto día, fuimos a almorzar a un restaurante Campero, mis compañeros de equipo y yo. Nos atendió una guía amable y prestamente nos buscó un lugar en una de las cuatro salas del local –muy grande en comparación con los de Managua.

Si algo abunda en el área de servicios en El Salvador, es eso: la amabilidad y el buen trato hacia el cliente.

Admirado, nuestro chofer, Ramón Ordeñana, comentó lo rápido que nos atendieron, lo amable de las muchachas.

“Mirá, hombre, si aquí hasta radio andan (portaban radio-micrófonos inalámbricos para comunicarse entre sí los encargados de cada sala). La otra vez me fui a un restaurante con mi mujer (en Managua), y hasta como a los quince minutos saca la cabeza una mujer y le dice a otra: ‘Hey, vos dunda, andá atendé a la gente’”, nos contaba Ramón.

La historia me sigue dando risa. Lo triste es que las cosas no ha cambiado radicalmente desde entonces.

Hace unos meses adquirí un auto, de un modelo nuevo, pequeño. La casa, Deshon y Cia. me había prometido traerme un carro con bolsas de aire para febrero, tras dos meses de espera. Estuve de acuerdo.

A finales de ese mes, el carro que encargué simplemente no había venido. Me enteré porque yo mismo llamé a preguntar. Ellos nunca me lo dijeron. Se me dijo que vendría “probablemente” en 15 días o un mes más , y eso que no había confirmación en el siguiente embarque. Hasta hoy, no escuché del gerente una disculpa.

Como tenía ya mis planes, tomé un modelo igual, sin bolsas de aire, porque ya no quería seguir esperando algo incierto.

Hace unos días fui al taller de la compañía a hacer una consulta. Al saludarme, uno de los agentes vendedores, reconociéndome, me dijo: “Don Alberto, su carro aquel, vino hace como 15 días”.

“Ajá, vaya”, fue mi simple respuesta.

Y en ese estado de cosas entramos al siglo 21 y vamos de cabeza al Cafta.
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