VIERNES 11 DE JUNIO DEL 2004 / EDICION No. 23477 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




De viaje
El misterio de las Cuevas de Tunowalam

Foto  

 

Texto y foto de Orlando Valenzuela
magazine@laprensa.com.ni

Un viaje a las cuevas de Tunowalam, ubicadas en la base de las montañas rocosas que vigilan el río Bocay, es una experiencia reservada para exploradores aventureros, dispuestos a vencer el miedo a la mordida de la mortal serpiente barba amarilla, las súbitas caídas de los raudales, el húmedo aleteo sobre la cabeza de los murciélagos-vampiros que abundan en las profundidades oscuras y los mitos sobre la existencia del mismísimo diablo en las entrañas de la caverna.

La aventura empezó en Ayapal, exactamente donde termina la carretera y empieza la pista acuática del río Bocay. Henry Taylor, nuestro guía de origen miskito nunca olvida llevar un buen capote, un par de altas y fuertes botas y en esta ocasión, un casco de minero con un equipo de lámparas de baterías adaptadas a él.

El viaje lo realizamos en un pipante de motor de unas trece varas de largo, suficiente para transportar unos cuarenta quintales de frijoles o maíz y hasta unas quince personas cómodamente sentadas.

Durante casi una hora, el viaje se torna apacible, sobre todo por la serenidad de la corriente, indicativo de la profundidad del caudal en este lugar. Alrededor, la exhuberancia de la naturaleza atrapa el interés de todos los viajeros entusiasmados de ver las bandadas de garzas grises y blancas levantar vuelo al paso del pipante. Casi sin percatarnos, nos acercamos al impetuoso raudal de Kayasca, donde durante el breve verano los navegantes tienen que bajarse del bote para pasar a “tuto” por las riberas del río todos los sacos y bultos que llevan, mientras el motorista y sus ayudantes bajan a pulso el bote entre los riscos para que no se quiebre la embarcación y el motor.

Luego de pasar por uno de los canales del raudal, seguimos nuestro viaje en medio de un amenazante cielo nublado que nos regalaba una deliciosa sombra. Unos cinco kilómetros más abajo y llegamos a la bocana del río Tunowalam, donde dejamos el bote y empezamos a caminar rumbo a las misteriosas cuevas.
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