Crónica
La guerra de rutina
Juan Ruiz Sierra magazine@laprensa.com.ni
El conflicto del seis por ciento es como un monótono deporte en el que el Gobierno y las universidades estiran los extremos de una frágil cuerda de la que penden vidas humanas, bienes públicos e infinidad de intereses políticos y económicos
El pasado martes 18 de mayo, a eso de la una de la tarde, la Avenida Universitaria parecía un mercadillo. Los vendedores ambulantes se paseaban entre las cerca de 200 personas que habían cortado el tráfico y tomado la calzada. “¡Agua, agua, agua!”, gritaba un hombre que cargaba en la cabeza una enorme y chorreante bolsa. “Chicha de maíz, nacatamal, atolillo, perrerrequeeee”, entonaba otra mujer. La oferta era clásica e innovadora al mismo tiempo. Junto a los productos de toda la vida había algunos especialmente traídos para lo ocasión, como los pañuelos que suelen colocarse en la cara los jóvenes que reclaman una mayor financiación para las universidades.
Las movilizaciones estudiantiles están atrayendo a los comerciantes informales. También hay otros que, más previsores, comienzan a sondear el mercado meses antes del estallido de violencia. El año pasado, en los pasillos de la Universidad Centroamericana (UCA), aparecieron unos carteles que decían: “Se hacen pasamontañas. Interesados llamar al...”. Para los vendedores no parece haber diferencias entre una fiesta patronal y unos disturbios con barricadas, morteros, bombas lacrimógenas y heridos de por medio.
Desde que, en 1990, el derrotado pero en funciones Gobierno sandinista introdujo en la Constitución una norma que otorga el seis por ciento del Presupuesto General de la República a las universidades, los enfrentamientos entre estudiantes y policías se han ido repitiendo con la puntualidad de cualquier celebración folclórica. Siempre la misma rutina: las universidades piden el cumplimiento del precepto; el Gobierno ofrece una cantidad menor, alegando que no cuenta con suficientes recursos; los estudiantes salen a la calle, construyen barricadas y se enfrentan a la Policía; hay decenas de heridos y quizá algún oficial o alumno muerto; universidades y Gobierno llegan a un acuerdo. Al año siguiente, en una especie de lógica perversa, más de lo mismo.

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