La tiranía del miedo
Se dice que una de las peores consecuencias del miedo es que paraliza a la persona, a la comunidad, a la población, a toda una sociedad. Y por eso mismo, el miedo impide que las personas de manera individual o colectiva puedan decidir y mucho menos poner en práctica, las medidas que podrían resolver el problema que les causa el temor.
Además, cuando se trata del miedo colectivo —ante un déspota, una acción criminal de gran magnitud o una banda de delincuentes de extrema peligrosidad—, la incapacidad de razonar y actuar en defensa propia produce la impresión de que el causante del temor es el dueño de la situación.
Eso precisamente, o algo muy parecido, es lo que está ocurriendo actualmente en Bluefields, capital de la Región Autónoma del Atlántico Sur (RAAS), desde el horrendo asesinato colectivo de los policías, el 4 de mayo del año en curso. Y ocurre sobre todo porque los asesinos ni siquiera han podido ser identificados —lo del ex policía que “confesó” haber cometido el crimen él solo, nadie lo cree, parece una farsa—, y ante la posibilidad de que queden en la impunidad la gente se deja dominar por el miedo, sin percatarse de que esto es peor.
“El silencio, la apatía, la indiferencia y la cobardía socavaron a los pobladores de Bluefields, Región Autónoma del Atlántico Sur (RAAS)”, se dijo en la información que publicó LA PRENSA el sábado 5 de junio, sobre la marcha popular contra la criminalidad y las drogas que se realizó el día anterior en Bluefields, y en la que sólo participaron colegiales, algunos miembros de la Policía Nacional y funcionarios de la municipalidad blufileña.
Esta situación de miedo generalizado se debe a que los autores del horrendo asesinato colectivo de los policías, en su propio cuartel de la ciudad de Bluefields, continúan en libertad. Pero, además, hay que señalar que la población costeña está siendo atacada no sólo por el tráfico y consumo de drogas, sino también por otros graves males como la prostitución, el sida, el abuso infantil, la corrupción gubernamental, etc. Y al mismo tiempo se siente totalmente desamparada por las autoridades autonómicas y los poderes supremos de la nación.
Por supuesto que la narco-criminalidad es la peor de todas esas plagas. Se sabe que las autoridades policiales tienen identificados 230 expendios de drogas en la región, cifra que es preciso multiplicar al menos por 10 para sumar la cantidad real de expendios, o sea más de 2,000. Sin embargo la fuerza pública de toda la RAAS está compuesta por apenas 145 efectivos de la Policía Nacional. En la ciudad de Bluefields se conoce que existen unos 166 expendios de droga (que en realidad son mucho más, si se considera que la mayoría de los expendios no son ubicados oficialmente), pero los agentes de la Policía Nacional son únicamente 80.
En estas circunstancias es comprensible que el miedo se haya apoderado de la población blufileña y costeña en general, pues el horrendo asesinato colectivo del 4 de mayo demostró la extrema peligrosidad de los criminales de la droga y su disposición a tomar represalias contra quienes actúen contra ellos.
Pero esta situación es peor si se toma en cuenta que flota en el ambiente una gran desconfianza hacia la Policía, desde que algunos jefes policiales en la RAAS fueron denunciados y acusados el año pasado como cómplices en el tráfico de drogas, de manera súbita y extraña fueron exonerados de cargos. Y así echaron a perder una magnífica labor de la Inspectoría General de la Policía y el trabajo también excelente de investigación periodística que hizo LA PRENSA.
Pero, dejándose dominar por el miedo y sólo desconfiando de la autoridad policial y despreciando a los políticos corruptos, los blufileños y los costeños en general no van a resolver nada. Lo que se necesita es una acción valiente y enérgica de toda la comunidad, que debe ser apoyada firmemente por los poderes públicos nacionales. En realidad, es tiempo de que los gobernantes comiencen a darse cuenta que los costeños son tan nicaragüenses como los managuas, los granadinos o los leoneses, y que se les debe atender como lo merecen y se necesita imperiosamente.

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