MIéRCOLES 9 DE JUNIO DEL 2004 / EDICION No. 23475 / ACTUALIZADA 12:23 am





EL HUMOR DE




Reforma universitaria, necesidad imperativa

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Humberto Belli Pereira*

Mi artículo del viernes 3 de junio en el que cuestionaba el carácter universitario de nuestras universidades, molestó al rector de la UNAN-León, el doctor Ernesto Medina.

La tesis de mi artículo era sencilla: una universidad, para ser considerada como tal, debe reunir una serie de requisitos. Uno de éstos —no el único pero el más importante— es la calidad de su profesorado. En las universidades modernas —las anteriores al siglo XIX son otra historia— el título mínimo que suele exigirse a sus profesores es el de Máster, buscándose que la mayoría de sus docentes sean doctores o Ph.D. En las universidades del CNU, y en la mayoría de las universidades privadas nicaragüenses, la mayoría de los profesores son licenciados —egresados, en su mayoría, de ellas mismas—, por lo tanto, desde un punto de vista estrictamente técnico, dichas instituciones no reúnen uno de los requisitos más importantes que internacionalmente se exigen a instituciones abocadas a la delicada tarea de expedir títulos profesionales.

Este planteamiento no fue refutado ni cuestionado por el doctor Medina. En su lugar se queja de que los datos que tomé de su estudio, no están actualizados. Quizás el doctor Medina olvida que es difícil obtener datos frescos del CNU sobre temas importantes. Aún siendo rector, su estudio, publicado en el 2001, tuvo que utilizar datos de 1997, lo cual implica casi cinco años de rezago.

Los datos más recientes del doctor Medina no alteran el hecho básico de que la proporción más alta del profesorado continúa compuesta de licenciados, además de que adolecen de una limitación muy grave: no se sabe cuántos de los doctores o másteres que aparecen en las nóminas del CNU lo son de tiempo completo. La información que se necesita, y que ojalá que el doctor Medina esté en capacidad de suministrar, es el número de horas de clase impartidas por licenciados versus las impartidas por másteres y doctores.

Tampoco se conoce el nombre de las universidades de las que proceden esos títulos superiores. El CNU debería publicar anualmente la lista completa de sus catedráticos con sus correspondientes títulos, procedencia y carga académica.

Estos señalamientos no llevan el ánimo de descalificar a las universidades públicas. Brotan de la frustración de ver semejante cantidad de dinero que se invierte en ellas —el país gasta por estudiante casi lo mismo que México, que tiene cinco veces más ingreso por habitante— sin producir los resultados esperados. La calidad de su enseñanza es terriblemente mediocre, la cantidad de alumnos desertores intolerablemente alta y la proporción de sus graduados desempleados, dolorosamente inaceptable.

¿Qué puede hacerse al respecto? Gastar más en ellas sin reformarlas no resuelve el problema. Esto se ha venido haciendo en forma acelerada desde 1990 sin que se puedan documentar resultados. (Las universidades ni siquiera asumen la responsabilidad de analizar su desempeño y publicar sus resultados). Sólo reformando profundamente la forma en que funcionan las universidades se podrá mejorar los resultados. Porque allí está la raíz del problema: en que las universidades del CNU funcionan como monopolios al abrigo de la competencia y son dominadas por una oligarquía burocrática y obsoleta que, en palabras del doctor Arríen, tiene un gran “temor a los cambios”. Conste, que entre las excepciones a esta regla se encuentra el doctor Medina. Bajo su liderazgo la UNAN de León ha introducido reformas e innovaciones aún desconocidas en el resto del sistema. Por eso me desconcertó verlo defendiendo el viejo modelo populista de universidades que crecen de acuerdo al número de estudiantes que golpean sus puertas anchas, baratas y de poco rigor.

Las universidades no tienen el personal suficiente calificado para impartir educación universitaria; no tienen suficientes textos en sus bibliotecas ni reactivos en sus laboratorios; pero siguen creciendo al cinco, ocho o más por ciento anual, abriendo más y más aulas para miles de estudiantes en carreras como derecho, para citar una, y otras donde se mezclan estudiantes motivados con muchos que no lo son, y que a la hora de graduarse no encuentran qué hacer.

Es imperativo hacer un alto en el camino. Las universidades deben preguntarse si su oferta de graduados en las distintas disciplinas tiene las calificaciones y la demanda que está pidiendo el país. Deben plantearse cómo encauzar más estudiantes hacia carreras técnicas cortas y menos hacia las clásicas; cómo reducir drásticamente la deserción (León ha avanzado mucho en este camino); cómo pasar de una gratuidad indiscriminada a un sistema de préstamos y subsidios focalizados en los más pobres y talentosos; cómo, finalmente, y en coincidencia con el doctor Medina, asegurar, a través de un sistema de acreditación, que sólo instituciones de calidad “merezcan la noble y honrosa designación de universidades”.

* El autor es rector de Ave María College of the Americas.
president@avemaria.edu.ni
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