Reagan, el hombre que ganó la Guerra Fría
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“Con la desintegración de la Unión Soviética concluyó el experimento político y social más ambicioso de la era moderna. El mayor drama político del siglo XX: el conflicto entre el Occidente libre y el Este totalitario, terminó con el fracaso de este último. Lo que probablemente sea el evento histórico más importante de nuestras vidas ya está en el pasado”, dice Dinesh Souza, quien fue asesor de política nacional del Gobierno de Ronald Reagan y autor del ensayo Cómo Reagan ganó la Guerra Fría, publicada en National Review, del cual hoy LA PRENSA publica un fragmento. |
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Dinesh D’Souza
Hace más de diez años, frente a la Puerta de Brandenburgo, Ronald Reagan dijo: ‘‘Secretario General Gorbachov, si usted realmente busca la paz, la prosperidad de la Unión Soviética y del este de Europa, si busca la liberalización: ¡Venga aquí! ¡Abra esta puerta! ¡Derribe este muro!”
No pasó mucho tiempo antes de que el muro fuera derribado y el imperio más formidable en la historia del mundo se colapsara tan rápidamente que, según palabras del presidente checo Vaclav Havel, ‘‘no tuvimos tiempo ni para sorprendernos”.
Es natural preguntarse, dado lo extraordinario de estos acontecimientos, qué fue lo que provocó la destrucción del comunismo soviético. Para nuestra sorpresa, sin embargo, se trata de un tema que nadie parece querer discutir. Esa renuencia es particularmente aguda entre los intelectuales. Consideren lo que sucedió el 4 de julio de 1990, cuando Mijail Gorbachov se dirigió a los estudiantes y profesores de la Universidad de Stanford. La Guerra Fría ha terminado, dijo Gorbachov, y la gente aplaudió con evidente alivio. Luego añadió: “Y es mejor no discutir quién la ganó”. En ese momento, la multitud se puso de pie y lo aplaudió delirantemente.
El deseo de Gorbachov, de eludir este tema, era muy comprensible. Pero, ¿por qué estaban los aparentes triunfadores de la Guerra Fría igualmente dispuestos a no celebrar su victoria ni analizar cómo se había conseguido la misma? Quizás la razón fuera porque prácticamente todo el mundo se equivocó en relación con la Unión Soviética.
Es cierto que los halcones anticomunistas comprendían mucho mejor el totalitarismo y la necesidad de armarse para disuadir la agresión soviética. Pero también ellos consideraban al comunismo soviético como un adversario permanente y prácticamente indestructible. Por otra parte, los halcones también se equivocaron en relación con los pasos que había que dar para conseguir el desmantelamiento del imperio soviético. Durante el segundo período de Reagan, cuando éste apoyaba los esfuerzos reformistas de Gorbachov y buscaba acuerdos de reducción de armamentos con él, muchos conservadores denunciaron su aparente cambio de posición. ‘‘Ignorante y patética” fue como Charles Krauthammer calificó la conducta de Reagan. William F.Buckley Jr., por su parte, lo exhortó a reconsiderar su valoración positiva de Gorbachov: ‘‘Saludarlo ahora como si ya el régimen no fuera maligno es como cambiar nuestra posición en relación con Adolfo Hitler”.
LA CAÍDA DEL “OSO”
El fin de la Unión Soviética no encierra ningún misterio: sufría de crónicos problemas económicos y se derrumbó por su propio peso.
Históricamente es común que las naciones tengan malos rendimientos económicos pero nunca han sido las escasez de alimentos o el retraso tecnológico causas suficientes para la destrucción de un gran imperio. Afirmar que Gorbachov fue el arquitecto del colapso de la Unión Soviética no es menos problemático. Cuando la URSS se colapsó, nadie resultó más sorprendido que Gorbachov. Cuando fue barrido del poder no quería creerlo y todavía está indignado y perplejo por haber sacado menos del uno por ciento de los votos en las elecciones de 1996.
Es curioso que el hombre que comprendiera bien las cosas desde el principio fuera, a primera vista, un improbable estadista. Cuando se convirtió en el líder del mundo libre no tenía experiencia en política exterior. Algunos pensaban que era un peligroso guerrerista, otros lo consideraban un hombre agradable aunque un poco torpe. Sin embargo, este “peso ligero” de California resultó tener una comprensión tan profunda del comunismo como Alexander Solyenitsin. Este amateur desarrolló una estrategia tan compleja y contra-intuitiva para tratar con la Unión Soviética que prácticamente nadie a su alrededor la apoyaba o ni siquiera la comprendía. Gracias a una combinación de visión, tenacidad, paciencia y capacidad de improvisación produjo lo que Henry Kissinger considera “la hazaña diplomática más asombrosa de la era moderna”. 0 como dijo Margaret Thatcher: “Ronald Reagan ganó la Guerra Fría sin disparar un tiro”.
En su apreciación del poderío soviético, Reagan era mucho más escéptico que los halcones y que las palomas. En 1981 le dijo a su audiencia en la Universidad de Notredame: “El Occidente no va a contener al comunismo. Va a trascender al comunismo. Lo va a descartar como un extravagante capítulo en la historia cuyas últimas páginas se están escribiendo ahora”.
UN MUNDO SIN LA URSS
Lo más visionario de Reagan fue su rechazo de la premisa de que había que aceptar la inmutabilidad del régimen soviético. Cuando nadie se atrevía a hacerlo, Reagan se atrevió a imaginar un mundo donde el régimen soviético no existiera.
Por supuesto, una cosa fue avizorarlo y otra muy diferente hacerlo realidad. El oso soviético estaba de ánimo belicoso y hambriento cuando Reagan llegó a la Casa Blanca. Reagan no se limitó a reaccionar ante estos alarmantes acontecimientos sino que desarrolló una amplia estrategia contraofensiva: La “Opción Cero” y la Doctrina Reagan, mediante la cual apoyó las guerrillas en Afganistán, Camboya, Angola y Nicaragua. Trabajó con el Vaticano y el ala internacional de la AFL-CIO para mantener funcionando al sindicato polaco Solidaridad, pese a la dura represión de Jaruzelski.
Por supuesto, la Unión Soviética también era hostil a la contraofensiva de Reagan, pero la percepción de su política era mucho más aguda. Izvestia dijo: “Quieren imponernos una carrera armamentista todavía más ruinosa”. El secretario general Yuri Andropov afirmó que el programa de la SDI de Reagan era ‘‘un intento por desarmar a la URSS”.
Estas reacciones son importantes porque permiten establecer el contexto del ascenso al poder de Mijail Gorbachov a principios de 1985. Es cierto que Gorbachov era un nuevo tipo de Secretario General del PCUS pero pocos se han preguntado por qué fue nombrado por la Vieja Guardia. La razón principal fue que el Politburó había reconocido el fracaso de las anteriores estrategias soviéticas.
En otras palabras, Reagan parece haber sido en gran medida responsable de haber producido el nerviosismo que llevó a Moscú a tratar de buscar un nuevo enfoque. Por esta razón, Ilya Zaslavsky, que fue miembro del Congreso de Diputados del Pueblo, dijo posteriormente que el verdadero originador de la perestroika y el glasnot no había sido Gorbachov sino Reagan.
EL “GORBASMO”, O SOCIALISMO DE GORBACHOV
Gorbachov inspiró un gran entusiasmo en la izquierda y en los medios de comunicación occidentales. Se pensaba que Gorbachov reinventaría el socialismo para poder salvarlo.
La razón de este embarazoso “Gorbasmo” estaba en que Gorbachov era precisamente el tipo de dirigente que los intelectuales occidentales admiraban, sobre todo, porque el nuevo líder soviético estaba tratando de hacer realidad la gran esperanza de la intelectualidad occidental del siglo XX: ¡Un comunismo con rostro humano! Un socialismo eficaz!
Los duros del Kremlin, los que le advirtieron que sus reformas provocarían el colapso del sistema tenían razón. En realidad, los halcones de Occidente también fueron vindicados: era verdad que el comunismo no podía cambiar. La única reforma posible era su destrucción.
Gorbachov fue el primero en admitir abiertamente que no se estaban cumpliendo las promesas de Lenin.
Reagan, al igual que Margaret Thatcher, reconoció rápidamente que Gorbachov era diferente. Lo que hizo cambiar su opinión sobre Gorbachov fueron las pequeñas cosas. Descubrió que Gorbachov tenía una gran curiosidad sobre Occidente y que mostraba un particular interés en cualquier cosa que Reagan quisiera contarle sobre Hollywood. También tenía sentido del humor y podía reírse de sí mismo. Por otra parte, lo impresionó que Gorbachov acostumbrara referirse a Dios y a Cristo en sus declaraciones públicas. Cuando le preguntaron qué resultaría de sus reformas, Gorbachov dijo: “Sólo Dios lo sabe”. Esto pudiera ser descartado como un recurso retórico pero Reagan no lo creía así.
“ES UN GENOCIDIO, MIKE”
Sin embargo, cuando estuvieron frente a frente en la mesa de negociacisones de Ginebra en 1985, Reagan trató a Gorbachov como a un áspero negociador y le respondió en una forma que pudiéramos describir como de “cordial dureza: “Lo que ustedes están haciendo en Afganistán es quemando aldeas y matando niños”, le dijo. “Es un genocidio, Mike, y tú eres el que tiene que detenerlo”. Según Kenneth Adelmar, un asesor que estaba presente, Gorbachov miró a Reagan estupefacto. Adelman piensa que nadie le había hablado nunca así.
Gorbachov tomó en serio las observaciones de Reagan. Esto se hizo obvio en la cumbre de Reikiavik en octubre de 1986. Gorbachov asombró al establishment occidental de control de armas aceptando la Opción Cero de Reagan. Con una condición: Estados Unidos tenía que acordar no desplegar defensas antimisiles. Reagan rehusó. La prensa, por supuesto, lo atacó inmediatamente.
Para Reagan, sin embargo, la llamada “Guerra de las Galaxias” era algo más que una ficha de cambio: era una cuestión moral. Según Margaret Thatcher, Reikiavik fue el momento del gran viraje en la Guerra Fría. Gorbachov se dio cuenta de que tenía una opción: continuar una carrera armamentista que no podía ganar y que hundiría la economía soviética o abandonar la lucha por la hegemonía mundial, establecer relaciones pacíficas con Occidente y trabajar para que la economía soviética lograra ser tan próspera como las occidentales. Al parecer, Gorbachov se decidió por este segundo camino después de Reikiavik.
En efecto, en diciembre de 1987, abandonó su “posición no-negociable” de que Reagan renunciara a la SDI y visitó Washington D.C., para firmar el Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF). Las dos superpotencias acordaban, por primera vez, eliminar toda una clase de armas nucleares.
Los halcones, sin embargo, desconfiaban. Pero, el tratado de IFN fue la primera etapa de la rendición de Gorbachov en la Guerra Fría.
Cuando Gorbachov vino a Washington, Reagan sabía que la Guerra Fría había terminado. Gorbachov era una celebridad mediática en Estados Unidos. Cuando la prensa le preguntó a Reagan si se sentía opacado por Gorbachov, Reagan respondió: “Por supuesto que no. No me siento resentido por su popularidad. ¡Por favor! Una vez fui co-estrella con Errol Flynn”.
Reagan comprendía la importancia de dejarle a Gorbachov un espacio de comodidad en el que seguir su programa de reformas.
Simultáneamente, Reagan apoyó los esfuerzos reformistas de Gorbachov y lo presionó constantemente para que avanzara más y más rápido. Esa fue la significación del viaje de Reagan a la Puerta de Brandenburqo el 12 de junio de 1987, en la que exigió que Gorbachov demostrara que hablaba en serio cuando se refería a la apertura echando abajo el Muro de Berlín. El Departamento de Estado le quitaba esa línea al discurso una y otra vez pero Reagan la volvía a poner. A partir de mayo de 1988, las tropas soviéticas empezaron a salir de Afganistán. Poco después, las tropas soviéticas y de sus satélites se estaban retirando de Angola, Etiopía y Camboya. Así comenzó la carrera hacia la libertad en el este de Europa y, ciertamente, el Muro de Berlín fue echado abajo.
Finalmente la revolución llegó hasta la Unión Soviética. Gorbachov, quien había perdido completamente el control de los acontecimientos, se encontró desalojado del poder. La URSS decidió abolirse a sí misma. Inclusive algunos que habían sido escépticos en relación con Reagan se vieron obligados a admitir que su política había sido completamente vindicada. El viejo adversario de Reagan, Henry Kissinger, observó que aunque Bush presidió la desintegración final del imperio soviético, “fue la presidencia de Ronald Reagan la que consiguió el viraje”. Si Gorbachov fue el gatillo, Reagan fue el que lo apretó. Por tercera vez en el siglo, Estados Unidos había peleado y ganado en una guerra mundial. En la Guerra Fría, Reagan resultó ser nuestro Churchill: fue su visión y su liderazgo lo que nos condujo a la victoria.
CHISTES FAVORITOS
¿Cómo sabía Reagan que el comunismo soviético afrontaba un inminente colapso cuando las mentes más astutas de su época no tenían ni la más vaga idea de lo que iba a suceder? Para tratar de responder a esta pregunta lo mejor es empezar por sus chistes. Con el pasar de los años, Reagan acumuló muchos cuentos que atribuia al mismo pueblo soviético. Uno de ellos hablaba de un hombre que va a un mercado y pide un kilo de carne de res, medio kilo de mantequilla y un cuarto de kilo de café. “No tenemos”, le responde el dependiente, y el hombre se va. Otro, que está presenciando la escena, comenta: ‘‘Ese viejo tiene que estar loco”. A lo que el dependiente responde, ‘Sí, pero ¡qué memoria tiene!’’
Otra anécdota favorita es la del hombre que va a una oficina de transporte para pedir un automóvil. Le informan que tiene que depositar todo el dinero inmediatamente pero que hay una lista de espera de 10 años. Sin inmutarse, el hombre paga y llena todos los formularios. Tiene que llevar cada planilla a una oficina del gobierno diferente. Semanas después termina su recorrido y él último funcionario le dice: ‘‘Bueno, todo está listo. Venga este mismo día dentro de 10 años’’. Y el hombre le pregunta ‘‘¿Por la mañana o por la tarde?’’ Sorprendido, el burócrata le dice: ‘‘Estamos hablando de aquí a 10 años, ¿qué diferencia puede haber en que sea por la mañana o por la tarde? Y el hombre le responde: ‘‘Es que el plomero viene por la mañana”.
Reagan podía seguir así durante horas. Sin embargo, lo sorprendente es que sus chistes no giran sobre la malignidad del comunismo sino sobre su incompetencia.
Reagan no necesitó un título en economía para reconocer que cualquier sistema económico basado en una planificación centralizada, que decide cuánto deben producir las fábricas, cuánto debe consumir la gente y cómo se deben distribuir las recompensas sociales, está destinada a un desastroso fracaso. Para Reagan, la Unión Soviética era un ‘‘oso enfermo’’ y la única incertidumbre no era si se moriría sino cuándo.

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