DOMINGO 6 DE JUNIO DEL 2004 / EDICION No. 23472 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




Desde Washington
“Oscar”, un poder político sin utilizar

Foto  

 

Marcela Sánchez
washingtonpost.com

¿Qué puede hacer un líder latinoamericano para evitar que la región siga perdiendo peso en la política exterior estadounidense?

Un ex funcionario latinoamericano tiene una sugerencia. Cree que los líderes de la región podrían influir más en la política estadounidense si conocieran mejor al grupo minoritario más grande y de más rápido crecimiento en Estados Unidos. Dicho funcionario, el ex Presidente boliviano Jorge Quiroga, quiere que la próxima vez que dichos líderes visiten este país “saluden a Oscar”.

Oscar es cualquier expatriado latinoamericano o su descendiente. La comunidad que Oscar representa está creciendo en un número absoluto de votantes estimado en cerca de siete millones para las elecciones de noviembre, según la Asociación Nacional de Funcionarios Electos o Designados. Eso es un millón más que en el 2000 y dos millones más que en 1996.

Algunos creen que Oscar es materia disponible y que aquéllos que quieren que América Latina juegue un papel más prominente en la política exterior estadounidense simplemente tienen que extenderle una mano. Una encuesta reciente de Zogby International encontró que nueve de cada 10 de los hispanos inscritos para votar piensan que la política estadounidense hacia América Latina es importante.

La sabiduría popular parece sugerir lo contrario. Como argumenta Harry P. Pachón, del Tomas Rivera Policy Institute, los asuntos domésticos (educación, salud, economía) en vez de los internacionales (política estadounidense de comercio o antidrogas hacia América Latina) son primordiales para los votantes latinos.

Pero tal vez no es tan fácil encasillar a los hispanos. La minoría con mayor crecimiento en este país constantemente reta las convenciones y las definiciones. De hecho, muchos hispanos todavía no se han resuelto sobre qué partido refleja mejor las prioridades nacionales e internacionales y, en muchos casos, qué forma tomarán dichas prioridades. En abril, casi dos de cada cinco votantes hispanos encuestados por Bendixen and Associates en cuatro estados claves para esta elección presidencial dijeron que aún no han decidido por quién votar en noviembre.

Tanto Demócratas como Republicanos se han dado cuenta de ello y están gastando cantidades inusitadas para ganarse el corazón y la mente de los latinos. Y si la idea de Quiroga va a ser puesta a prueba alguna vez, los políticos latinoamericanos deberán hacer lo mismo, tanto para motivar a los hispano-americanos en las urnas como para darle forma a las prioridades que los lleven a votar.

Apenas la semana pasada, nadie menos que el Representante Comercial de Estados Unidos, Robert Zoellick, emitió lo que podría constituir una invitación abierta a que los dominicanos comiencen a ejercer influencia en la política estadounidense hacia América Latina. Si los líderes dominicanos, y particularmente sus compatriotas en Nueva York, aceptan el reto, los demócratas en el Congreso que pudieron oponerse al acuerdo de libre comercio con Centro América tendrán más dificultad en hacerlo ahora que el Cafta incluye a la República Dominicana.

Resulta claro que convertir los intereses latinos en votos que cambien la política no se dará fácilmente. Los líderes latinoamericanos tienen la difícil tarea de identificar asuntos que tanto la élite como las bases de las diásporas apoyen con igual entusiasmo.

Los cubanos, indiscutiblemente el grupo más influyente en tratar de influenciar la política estadounidense hacia América Latina, puede que no sean muchos fuera de Florida y ciertamente el régimen de Fidel Castro no está interesado en movilizarlos, pero han tenido la pasión de unirse alrededor de un solo asunto: llevar la libertad y la democracia a Cuba.

Tampoco les ha caído mal que la política de Estados Unidos hacia Cuba, cuyas raíces se encuentran en la agenda anti comunista de la Guerra Fría, se alinee con las prioridades cubano-americanas. Pero otros latinos que también tenían sus resquemores con los gobiernos de sus lugares de origen en el pasado, tuvieron poca influencia porque sus prioridades no encajaron con las de Washington.

Por décadas, las preocupaciones de los mexicano-americanos estuvieron en conflicto tanto con las prioridades oficiales del Partido Revolucionario Institucional de México (PRI) y las del Gobierno en Washington. Los setenta años de hegemonía del PRI fueron testimonio, en muchos aspectos, de los intereses del Gobierno en Washington de mantener estabilidad y lazos comerciales con México que fueron más grandes que los deseos mexicano-americanos de preferir el cambio.

Con el PRI finalmente fuera, el liderazgo del país azteca está empezando a aprovechar a los mexicano-americanos en beneficio de mexicanos a ambos lados de la frontera. El Presidente Vicente Fox y su Instituto de los Mexicanos en el Exterior, con un año de existencia, está logrando avances promoviendo la doble ciudadanía y movilizando a los mexicano-americanos a favor de asuntos específicos de comercio y desarrollo.

Si se considera que dos terceras partes de todos los hispanos son de origen mexicano, uno puede ver que no solamente los números son suficientes para darle forma, o nueva forma, a la política exterior estadounidense. Se requiere —por lo menos para echar las cosas a andar— darle un saludo a Oscar.
.


---
 

 

Derechos Reservados 2002. La información contenida en este medio de comunicación, no puede ser reproducida ni publicada, parcial o totalmente, en ningún otro medio de comunicación privado o público, sin el consentimiento por escrito de LA PRENSA S.A
 

 

Luto por Reagan

Opositores marchan en Caracas

“Oscar”, un poder político sin utilizar

Recuerdo de Tiananmen: El lago sin nombre

Aumenta infertilidad masculina

Abuela da a luz a su propia nieta