Especial
Recuerdo de Tiananmen: El lago sin nombre
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Diane Wei Lang, una de las estudiantes chinas que participó en las protestas que culminaron con los brutales sucesos de la plaza de
Tiananmen, en Pekín, acaba de publicar un libro autobiográfico en el que recuerda la tragedia, al cumplirse 15 años, y en el que cuenta la verdadera vida en China. |
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La plaza pekinesa de Tiananmen custodiada por militares que reprimieron a estudiantes y civiles.
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Antonio Dopacio EFE-REPORTAJES
Diane Wei Lang nació en Pekín en 1966 y pasó su infancia en un campo de trabajo adonde su familia fue enviada por las autoridades chinas. Eran los tiempos de la Revolución Cultural y una etapa oscura de la vida del país más populoso del planeta.
Cuando consiguió ingresar en la universidad, sus horizontes se ampliaron y valores como libertad y democracia le alumbraron el camino. Participó en las protestas estudiantiles que fueron sofocadas brutalmente en la plaza de Tiananmen en 1989, a raíz de las cuales tuvo que huir a Estados Unidos. Ahora publica sus memorias de niña y de joven, que llevan por título El lago sin nombre, en las que ofrece una panorámica de cómo era la China de hace unos años y cómo un grupo de estudiantes e intelectuales clamaron por la modernización de su país. Eso les costó a algunos la vida y a otros el exilio. Hoy, afortunadamente, China está incorporándose a la sociedad moderna.
Diane es alegre, positiva, de aspecto juvenil pero con unos ojos negros firmes y muy penetrantes. En ella hay dulzura y se trasluce cierta preocupación, quizá el recuerdo de lo que aconteció hace 15 años no ha conseguido apagarlo de la mirada.
LA DIFÍCIL RECONCILIACIÓN
Diane, ¿mira usted atrás con ira?
A medida que va pasando el tiempo menos. Cuando ocurrieron los hechos estaba llena de ira y enfado. Algunos de mis amigos fueron heridos y pudimos ver cientos de cadáveres, sangre y muerte bañando la plaza pekinesa y sus inmediaciones. Es muy difícil reconciliarse con ese recuerdo. Los estudiantes no estaban armados y, además, las intenciones hacia el país eran positivas. Con el paso de los años veo que los cambios han transformado China, que la gente está más contenta, que sus vidas son mejores y que tienen mayor libertad en todos los sentidos. En resumen, creo que, con el tiempo, todas las heridas se curan.
¿Cuál es la finalidad de escribir este libro, contar unos hechos, disipar sus fantasmas interiores, denunciar una situación como la que se vivió en aquellos tiempos para que permanezca en la memoria colectiva o, tal vez, una mezcla de todo?
Quería hacer un homenaje y recuerdo a las víctimas y también sacar fuera de mí esos fantasmas interiores que este tipo de acontecimientos deja como pozo. También necesitaba dar a conocer la historia de cómo la política afectaba la vida de las personas. Me interesa también remarcar que la tragedia de la plaza de Tiananmen no ha sido el único hecho trágico que han debido soportar los ciudadanos chinos. Por ejemplo, los sucesos de la Revolución Cultural que afectó, sobre todo, a la generación de mis padres. En China vivíamos bajo un sistema sociopolítico en el que no se daba ninguna opción al individuo, la única que tenía era estar a merced de lo que dijera el sistema y, en ese tipo de regímenes, esa existencia, a mí me parece de por sí ya trágica.
En una sociedad tan restrictiva como la que describe en su infancia, ¿cuándo se da cuenta de que no funciona? Porque en aquella época tendrían poco contacto con el exterior.
Hasta 1978, cuando cumplí los 12 años, no era consciente de nada porque mi país permanecía total y férreamente cerrado al exterior. No había contacto con Occidente. En los años ochenta, la generación de jóvenes estudiantes de aquella época comenzaron a estudiar las ideologías de otros países modernos. Lo hacían con tal entusiasmo que dedicábamos mucha parte de nuestro tiempo libre debatiendo y discutiendo sobre la libertad, los derechos humanos o las elecciones individuales porque nos parecía fantástico. Siempre pensamos que el comunismo no funcionaba en China porque era un país con enormes dosis de pobreza, de tristeza y de tragedia.
POR AMOR A CHINA
¿Cómo cree que es considerado desde su país su libro y su actitud de contar vivencias que dejan un poco al aire las vergüenzas de un régimen que, al menos en teoría, aún pervive?
No lo sé, porque no se ha traducido aún al mandarín. Me temo que no acabará publicándose allí porque los sucesos de Tiananmen, durante los últimos 15 años, ha sido un tema prohibido en los medios de comunicación chinos.
¿Qué le han comentado sus padres sobre este relato que tanto atañe a esa generación?
Mis padres viven en China, pero no saben leer inglés ni español y, aunque tengan ejemplares de mi libro, realmente no saben lo que he escrito.
Uno de los aspectos más impactantes del libro es el que hace referencia a una especie de pasaporte que imposibilitaba a una persona cambiar de domicilio de una región a otra, aunque contrajera matrimonio, ¿sigue existiendo este tipo de restricciones en la moderna China?
Afortunadamente esa restricción fue abolida el pasado año.
¿Tiene previsto dedicarse a la literatura en el futuro?
Sí, de hecho estoy preparando una novela ubicada en la China moderna, que trata sobre cómo los ciudadanos están viendo los nuevos cambios y cómo conviven con las viejas tradiciones y valores orientales.
¿Cuál es el sentimiento que la aborda al recordar los 15 años que se cumplen de los acontecimientos en la plaza de Pekín?
Estoy encantada que el libro se haya publicado en español, eso me hace recordar lo que allí sucedió y me convulsiona. Lo que hemos esperado durante estos años es que, de una vez por todas, el Gobierno chino reconozca que el movimiento estudiantil era un movimiento patriótico y que lo que reclamaban los estudiantes estaba hecho con las mejores intenciones, por amor a nuestro país y por amor a unos bellos ideales como la libertad y la democracia. Nos gustaría que fuera reconocido públicamente.
Los estudiantes, a la cabeza de los cambios
¿Qué papel desempeñaron los intelectuales y estudiantes en el giro a la modernidad que se ha obrado en China?
Este pensamiento y entusiasmo se reducía a las personas que tenían estudios universitarios y los estudiantes, así como un grupo reducido de intelectuales porque, como se sabe, aunque en China había más de mil millones de personas, sólo un uno por ciento de la población tiene la oportunidad de ir a la universidad. Los chinos de las zonas rurales no conocen ni entienden tampoco conceptos como libertad o democracia.
¿Qué papel ha desempeñado este uno por ciento en la modernización de China?
A lo largo de la historia moderna de China, los estudiantes han desempeñado un papel muy importante a la hora de cambiar el sistema político de este país. En 1989, los estudiantes se ocuparon de que participaran en este movimiento los ciudadanos, los trabajadores de fábricas e, incluso, los soldados, porque querían que el movimiento democrático estudiantil incluyera a más gente, con la esperanza de que así se pudieran operar cambios más importantes en China.
Usted, tras su exilio, ha podido volver a su país, ¿qué le impactó más de su transformación positiva?
Volví la primera vez a los siete años y ya se notaban los cambios de la modernidad. La ciudad de Pekín se había transformado en una ciudad cosmopolita con nuevas autopistas, había nuevos edificios de oficinas y viviendas y algunos de mis amigos hasta podían permitirse comprar coches.
Cuando me fui de mi país, justo después de la masacre de Tiananmen eran tiempos muy oscuros. Recuerdo cuando estaba en una heladería en el centro de la ciudad y podíamos ver a los soldados en la puerta con ametralladoras. Cuando regresé en 1996, encontré paz y esperanza, sobre todo entre los jóvenes.
Diane, en la actualidad es profesora de ciencias empresariales tras haber conseguido un doctorado en administración de empresas en la Carnegie Mellon University de Pennsylvania, ciudad en la que vive con su marido y sus dos hijos.
Como experta en empresa, ¿cuál cree ha sido la clave para ver otra China salida del comunismo sin que se hayan producido grandes convulsiones?
En realidad, también me considero socióloga y psicóloga y creo que la clave de la transformación de China ha sido la fuerza económica. La fuerte progresión en la economía es lo que está permitiendo que se produzcan todos estos cambios, incluidos los políticos, sociales y los relacionados con la libertad, en todas sus vertientes. China ahora pertenece, de hecho, a la comunidad internacional y ha sido a través del comercio como lo ha conseguido. Las empresas y las prácticas sociales occidentales se basan en la libertad de los derechos individuales. Eso ha sabido adoptarlo el país y sus dirigentes. En ese sentido, China está cambiando.

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