Rosa Regás una abuela de verano
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 | Rosa Regás (Barcelona, España, 1933), ganadora del Premio Planeta de Novela 2001, lleva aportando una inmensa
actividad intelectual en sus más de 20 publicaciones. Con el inocente título de su último trabajo: Diario de una abuela de verano, amenaza con el subtítulo “el paso del tiempo”, pero una vez dentro del “diario” la autora introduce al lector en un ensayo sobre la condición humana |
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Carmelo Lattassa (Efe-reportajes)
Una lánguida reflexión sobre la forma de reconocer la vejez en la propia apariencia es la idea central sobre la que gira el último trabajo de esta autora, Licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad de Barcelona, que ha pasado también por el mundo editorial fundando la editorial La Gaya Ciencia, sello en el que aparecían libros de literatura, política, economía, filosofía, poesía y arquitectura, y Ediciones Bausán que estaba dedicada a literatura infantil. La escritora también ha dirigido varias publicaciones, entre ellas la revista Arquitecturas Bis.
Con su habitual delicadeza de pluma, en Diario de una abuela de verano asoma al lector a un retrato futuro, o tal vez presente según la edad de quien la consuma, pero que no deja de ser una leve tapadera para una obra vital.
—¿Qué es lo más molesto a la hora de descubrir la edad en la que vamos entrando?
—Lo peor nos acosa cuando nos miramos en el espejo. Es entonces cuando nos asustamos. No en los espejos de nuestro cuarto de baño. Éstos, tal vez por lo mucho que nos conocen, son benevolentes. Están a favor nuestro. Nos van suministrando el proceso de cambio con la lentitud suficiente para que nos hagamos al deterioro de nuestras facciones y a la pérdida de firmeza de nuestra piel. No, esos espejos son nuestros amigos. Los traidores y enemigos son los de los ascensores a los que subimos por primera vez y los de los escaparates que nos devuelven, en la calle y a pleno sol, nuestra imagen al pasar.
COMPARTIR CON LOS NUESTROS
Rosa Regás, mira al mundo, pero lo mira a través de sus hijos y de sus nietos, elaborando un microcosmos que puede reproducirse en la vida de la mayoría, estableciendo un camino de ida y vuelta entre las creencias personales, los acontecimientos de la vida, y el universo de la familia.
—¿Qué pretende con esta obra?
—Me gustaría que se entendiera el libro como una apertura para el sentido lúdico de la vida. Para el disfrute de los sentidos, de las cosas simples, y de una de las actividades que nos han hecho humanos a lo largo de los tiempos: compartir con los nuestros.
—Pero la malsana realidad, la cotidiana dureza, también existen...
—Sí. Por ello no dejo de contar que el mundo está lleno de situaciones injustas y peligrosas y escribo sobre el lado oscuro de la Iglesia Católica, sobre el machismo, acerca de la guerra de Irak, del maltrato a las mujeres, del terrorismo...
—¿Con qué fin?
—Para proponer una declaración de intenciones a través de la reflexión y de argumentos, con los que transmitir a mis nietos los valores universales. El mundo es una casa y sus habitantes somos todos: los nietos, los hijos, los amigos y la mirada atenta de una abuela de verano.
—¿Por qué contar una historia desde el punto de vista de la abuela?
—Porque para mí ha llegado ese momento. Además llevaba muchos años preparándome este trabajo. Tenía hechas muchas notas y notaba ya ganas de volcarlas. Yo llevo 13 años dedicando el mes de julio a mis nietos, porque no tengo tiempo el resto del año. Desde el año 1992 venía tomando notas de preguntas que los niños hacen o cosas que los pequeños preguntan, como por ejemplo, ¿por qué alguien se ha muerto? ¿qué es la muerte? o ¿qué es la violencia? Cuando analicé la cantidad de notas que había acumulado me pareció que podía ser un libro
—¿En realidad es un diario?
—En cierta medida sí, sobre todo porque me desnudé de manera abierta y pude sobreponerme al hecho de sentir la vergüenza de hablar en primera persona.
—¿Qué hay de autobiografía en él?
—No es exactamente un relato de hechos, sino más bien una reflexión de una serie de acontecimientos y problemas del mundo de hoy, vistos con la excusa de los niños. Ellos son quienes, a través de una situación, una pregunta, o la necesidad de que intervenga la abuela, hacen que exponga una reflexión.
EL PASO DEL TIEMPO
—¿Puede contarnos algún caso?
—Por ejemplo, frente a una pelea, les digo: si seguís peleando de esa manera, cuando seáis grandes ¡os mataréis! Entonces eso les sobrecoge y, a partir de ahí, surge la reflexión sobre la violencia. Entonces escribo del planteamiento de si se nace con ella o si se aprende y, de ahí, al hambre, la muerte... y tantas y tantas cosas. De hecho, el libro es una reflexión sobre el paso del tiempo pero con el punto de partida de los niños.
— ¿Cuál es la base de la obra?
— Esencialmente el paso del tiempo. Es la fuerza presente en todo el libro y en todo momento.
— ¿Cómo aceptamos los humanos esta transformación?
— Al principio el trabajo nos impide que nos enloquezca el paso del tiempo. Pero cuando uno consigue la calma y tranquilidad, es cuando más se nota. Eso, y ver el crecimiento de los niños y que, de alguna manera, sin querer, te van echando. Es la ley natural. Esto se enlaza con algo cada vez más incomprensible y descorazonador como es el hecho de la segura muerte.
—¿Podría contarnos alguna anécdota que le haya acontecido en la elaboración de esta obra?
—Sí. En cierta ocasión a los niños se les murieron unos peces. Al preguntarme por ellos les dije que los había echado al campo y entonces me dijeron: “¿Dónde está lo que hace que estén allí los peces?” Claro, en esta situación hay que ponerse en plan de padre progresista contándoles lo de los ciclos. Pero a mí, que no soy creyente, me pusieron en la tesitura de tener que explicarles la cuestión de Dios.
— En su obra también hace una reflexión sobre las religiones...
—Sí, mis nietos van a colegios públicos y algunas veces asisten a un hecho que para ellos es exótico, que alguno de sus compañeros haga la primera comunión. Ésa es la excusa para explicarles los diferentes tipos de religión que existen.
—¿Cuál cree que es la más importante enseñanza que podemos hacer los adultos a los niños?
—La conciencia de que los bienes naturales del mundo son perecederos. El caso del agua por ejemplo. Un niño del primer mundo abre el grifo del lavabo de su casa y deja correr el agua sin pensar en nada. Hay que enseñarle desde bien pequeño que la falta de agua es un problema mundial muy grave.
—¿Alguna vez le han hecho perder los nervios?
— Sí, pero de manera excepcional, porque ellos ya saben lo que hay que hacer en cada momento. Por ejemplo, saben que no se llora, salvo que se tenga sangre. También saben que no se debe dejar nada en el plato. Esto es un homenaje que hago a mi propia infancia. Para finalizar una anécdota: uno de mis nietos come mucho. Siempre tiene hambre. Así que cuando les expliqué el tema de que existen muchos niños en el mundo con hambre, va y me dice: “¡Cómo yo!”
Ganadora del Premio Ciudad de Barcelona 1999 con la novela Luna lunera, Rosa Regás ha publicado también numerosos artículos. El libro de viajes Viaje a la luz del Cham (1995), de relatos Pobre corazón (996), así como cuentos en antologías.
El 18 de octubre del 2001 ganó el Premio Planeta con la novela La canción de Dorotea, construida, según explicó, a partir del deseo que tienen las protagonistas de ser otra persona.
En la actualidad, Regás colabora en publicaciones periódicas, en programas de radio y en revistas de viaje y de opinión, y ha formado parte de los jurados Premio Príncipe de Asturias de Artes y de las Letras, Premio de Novela Café Gijón, Nadal de Novela, Internacional de Novela Alfaguara, y Premio Ortega y Gasset de Periodismo. 
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